Drusilda



            Drusilda era una de las pocas brujas que quedaban. En un mundo en el que la magia estaba en peligro de extinción, llegó ella con sus piedras de cuarzo, humo de tabaco que no era tabaco y una baraja de Tarot. Sabía leer, además, los posos de té, que aguardaban una sinceridad superior a cualquier cosa.  Le gustaba, en alguna que otra ocasión, fijar su pupila en otras ajenas para luego decir: «¿Qué ocultas?». La gente solía responderle cualquier banalidad con desapego, constatando que la determinación de una bruja creaba inseguridad en los simples mortales.  En un mundo en el que la magia estaba en peligro de extinción, quedaba sólo la esperanza depositada en la medicina y en la química. O en los unos y ceros de la programación. En cualquier cosa que, a fin de cuentas, fuera sencilla de predecir.

            Llevaba siempre puestos vestidos con colores rebosantes de espiritualidad como lo era el morado, el azul o el blanco. Dejaba que los rizos de su pelo negro y largo descansaran rebeldes sobre aquellas prendas que se confeccionaba ella misma; iba al mercado con gran parte de sus ahorros para hacerse con el tejido que más especial le pareciera. Luego, cuando llegaba a casa, los elaboraba con la ayuda de su máquina de coser. La había heredado de su bisabuela y era tan vieja, que se manejaba con un pedal. De hierro, algo oxidado, pintado de negro. La madera de su superficie era de nogal. Hacía ruido cada vez que tejía un punto cosa que, en lugar de generar desagrado, se volvía algo  inspirador.

            Tenía las uñas cortas, llenas de padrastros y siempre estaban pintadas de negro. A pesar de utilizar una crema, que ella misma fabricaba y por la que presumía de ser muy efectiva, tenía las manos secas. Su hogar olía a Alicia: un tabaco que no era tabaco. Ofelia sabía que no llevaba nicotina, aunque se fumaba igual. Hasta cierto punto aquello debería de ser más sano, o eso suponía Ofelia. Olía a lavanda y algo cítrico que recordaba al limón o al pomelo. Su casa tenía aquel aroma en las paredes cosa que, lejos de ser molesto, otorgaba el deje característico de estar en los lares de una bruja.

            Los padres de Drusilda habían muerto por ser gitanos y hacer uso de la ciencia pagana. A ojos de la mayoría estaban haciendo apología a cosas tan peligrosas como lo era medicina natural y el esoterismo; cosas en desuso, que podían llegar a convertirse en una amenaza. Porque el ser humano había olvidado por completo los ritos que tiempo atrás los habían ayudado a convertirse en civilización: las danzas de lluvia, las hogueras purificadoras, la magia dentro de los astros... Así que los padres de Drusilda terminaron en una cárcel que molió sus almas desde los cimientos. Y su vida se consumió como se consumían los cirios blancos que su hija encendía todas las noches, rezando en vano para que regresaran. Porque la magia no podía hacer nada frente a las garras frías de la tecnología, que lo convertía todo en metal; como si aquello fuera capaz de reemplazar la subjetividad de los sueños.

            El médico dijo a Drusilda que sus padres tenían un brote nuevo de zika, como consecuencia de haber bebido agua contaminada en su encierro. Nadie había visto cómo eran las cárceles desde dentro: solo tenían el privilegio los empleados de gobierno. Pero mucha gente murmuraba que aprovechaban a los presos para la experimentación médica. Así que Drusilda pensó que en la batalla entre la magia y la ciencia, había ganado la segunda. Y aquello, desde luego, era coherente: tan solo había que echar un ojo a su ciudad. A cómo se habían erigido los muros de hormigón, las aceras, la línea ferroviaria... Era un mundo racional y frío. Tan frío que dolía el pecho solo con pensarlo.

            Así que Drusilda fumaba Alicia en la seguridad de su hogar en busca de respuestas. Reluciendo con su magia como la última estrella en el filmamento, que renunciaba a perecer frente a la contaminación lumínica de una urbe que ya había engullido a sus hermanas.





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