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Reflejo en el lago



          Denisse, la androide, quería ser de color. Quería que su cabello negro se tiñera de rosa, que su vestido blanco se volviera añil y que su sonrisa falsa adquiriera el bermellón de las cerezas maduras. Sus ojos no podían percibir los colores. Solo atinaba a apreciar una amplia y monótona gama de grises que la consumía hasta el punto del dolor. Aquello era extraño, a ella la habían programado para percibir el arcoiris y, sin embargo, era incapaz de hacerlo.

          ¿Por qué? Se preguntaba todas las madrugadas, cuando tenía ganas de tirarse de los pelos por las ansias de averiguar si el halo de las farolas era más amarillo que naranja. Los datos de su sistema le dijeron que todo antaño fue distinto; que el cielo de los atardeceres tenía un arrebol hermoso que iba a juego con el olor a salitre del puerto.

Acuarela realizada por José Luis Hernández
          
          Fue entonces cuando lloró y se deleitó por aquellas mágicas lágrimas que tanto ahondaban en ella. Su iris se empañó, se humedeció hasta decir basta, y la imagen que percibieron sus pupilas se distorsionó como si fuera un reflejo en el lago. Conmocionada y con el sobresalto de que algo había cambiado en ella se inclinó a tomar aire a su ventana. A través de ella vio el regreso del cromatismo, de una montaña de colores sugerente y difusa. Eran acuarelas: su alrededor se había convertido en un  lienzo con distintos y prometedores matices. Denisse sonrió, feliz al conocer lo que se sentía al decir adiós al gris. Su mecánico corazón emitió un zumbido lento. En aquellos instantes era la androide más feliz del planeta tierra.




Blanco y Negro y Azul




La princesa Soledad miró hacia todos lados, perdida entre la multitud. Su alrededor estaba repleto de hombres grises; monocromáticos, uniformes. Todos vestían la misma ropa, todos llevaban el cabello de la misma manera.


Quiso acercarse a ellos y preguntarles por qué eran así; que le explicaran la razón por la cual habían perdido el color. Cuando fue a tocar el hombro de uno de ellos, éste la ignoró y siguió hablando con su compañero en un idioma lineal y pesado. La princesa Soledad tampoco entendía qué era lo que se decían entre ellos.  Le daba la sensación de que hablaban en otro dialecto, pues aún a pesar de que entendía las palabras por separado, cuando trataba de unirlas, no le veía sentido a la frase que su cabeza hilvanaba.

Lo peor de todo aquello era, para Soledad, que esas personas eran con las que compartía el mundo, e, hiciera lo que hiciera, su vestido azul celeste siempre destacaría entre la multitud acromática. Y sus palabras elocuentes serían inentendibles, y, por ello, acabarían ahogadas en los pozos del silencio.







 
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