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Virgina




Aquella mujer cada vez que se miraba al espejo, se percataba de lo corrosivos que eran los años. Y rememoraba con nostalgia su otro yo; aquel que era joven y bello. Pensaba en esos tiempos en los que creía que era inmortal: que no existía nada que hiciera mella en su tez de nácar y cuerpo de sílfide; bello y aparentemente etéreo. Quisiera regresar a su época de locuras juveniles; a sus instantes de inocente gloria y desinhibición desenfadada. Y no podía.

Aunque lo detestara, el transcurso de los instantes era inexorable. Con cada tintineo del reloj su ente iba degradándose más: marchitándose cual pétalo de rosa en un ridículo florero. Y por ello, lo acaecido hacía unas escasas horas era inconcebible. Que aquel tipo tan joven, atractivo y dulce le hubiera dicho que la amaba se le antojó un chiste y, como consecuencia, trató de alejarse de él como lo haría un cachorrillo confundido y asustado. 

No obstante, la cosa no se quedo ahí. El chico insistió, hasta llegar a un punto en el que la mujer terminó dudando de sí misma y pensando que, tal vez, el paso del tiempo había sido un tanto benevolente con ella. Y así fue como estuvieron juntos aquella noche, y la siguiente, y la siguiente. Su autoestima fue en aumento y en consonancia con el número de complementos, maquillaje, y productos para la belleza femenina que poblaron su armarito del cuarto de baño. El chico, por su parte, dejó su cepillo de dientes junto al de la mujer, tras sonreír al pensar que estaba más cerca de conocer el número de su cuenta bancaria.





Memento Mori

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El anciano mantuvo su mirada clavada en el gotelé del techo de su habitación. Exhausto e incrédulo no era capaz de asumir lo que le estaba ocurriendo. En su mente aún estaba la imagen de cuando era joven e iba a jugar con sus amigos al parque de enfrente al kiosco, o la del día en que conoció a Laura; ella llevaba un vestido azul marino largo y vaporoso que hacía juego con el tono de sus ojos.

Su vida había transcurrido en a penas un parpadeo. El hombre joven y robusto había marchitado en una persona esmirriada y arrugada.

Mañana haría dos años que su Laura falleció por un soplo en el corazón, y el parque en el que jugó de niño se había demolido dando paso a un conjunto de centros comerciales.

¿Tanto tiempo había pasado? ¿Cómo era posible que su vida se le escapara de semejante manera? El anciano trataba de atrapar los segundos de su existencia con avidez, y éstos se escurrían entre sus dedos como si estuvieran repletos de jabón.

Para el anciano, toda su existencia había acontecido en un segundo. Su niñez y juventud en unos instantes se hicieron ceniza; se consumieron inexorablemente. Anhelaba volver atrás y saborearlos, pero sabía que aquel deseo jamás le será concedido.

Y ahora, ¿qué le quedaba por hacer? Nada. No le restaban fuerzas para emprender sus sueños o expectativas. Durante unos instantes se planteó si había cumplido al menos alguno, pero inmediatamente desistió; estaba demasiado cansado para semejantes reflexiones tan complejas.

Sólo le quedaba el descanso. Cerrar los ojos y contabilizar sus instantes restantes de vida.






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Estoy medio sobada, gomen por los fallos ._. Cuando esté más despejada los corrijo; no debería de haber escrito estando tan cansada pero si no explotaba esta idea después se me iría de la cabeza -.-




 
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