Del tamaño de la mano

 


La primera vez que lo vi, creía que iba a ser mi regalo de despedida. Fue durante uno de mis trayectos hacia el hospital; a través del escaparate de una tienda de tatuajes. Llevaba el pelo oscuro y ondulado, con un lado rapado que dejaba ver la línea firme de su cabeza. Todo en él era piel. Carne dorada, lisa. Brazos gruesos, sin miedo a que les diera el sol. Y lleno de tatuajes. Al principio pensé que era una lástima. Él, que podía tener el cuerpo inmaculado, había decidido llenarlo de tinta. Luego entendí que estaba bien. No había un lienzo mejor que una piel tersa; imposible de romper. Aquello me hizo imaginar siendo alguien distinta. En lugar de llevar mis faldas a medio muslo, me pondría algo de cuero. O un corsé. También tendría el pelo largo para podérmelo teñir de violeta, o naranja, o gris.

Cruzar la mirada con él me hizo regresar a la realidad. De repente, empecé a ser demasiado consciente de mí misma. Pequeña, delgada, toda huesos por la quimioterapia. Tenía una marca en mi cuello por mi última traqueotomía. Dos en mi estómago, de la última vez que tuvieron que darme de comer por ahí. Varios moretones, de las vías que me pusieron la semana pasada. Pero, por encima de todo, la certeza de algo que no iba a volver. Jamás regresaría aquella muchacha despreocupada, con pájaros construyendo un nido en lo más hondo de su cabeza. Llevarían ramitas muy pequeñas para que los pollitos, como las ilusiones, tuvieran una base segura donde descansar.

La primera vez que lo vi, creía que iba a ser mi regalo de despedida. Fue durante uno de mis trayectos hacia el hospital; a través del escaparate de una tienda de tatuajes. Llevaba el pelo oscuro y ondulado, con un lado rapado que dejaba ver la línea firme de su cabeza. Todo en él era piel. Carne dorada, lisa. Brazos gruesos, sin miedo a que les diera el sol. Y lleno de tatuajes. Al principio pensé que era una lástima. Él, que podía tener el cuerpo inmaculado, había decidido llenarlo de tinta. Luego entendí que estaba bien. No había un lienzo mejor que una piel tersa; imposible de romper. Aquello me hizo imaginar siendo alguien distinta. En lugar de llevar mis faldas a medio muslo, me pondría algo de cuero. O un corsé. También tendría el pelo largo para podérmelo teñir de violeta, o naranja, o gris.

Cruzar la mirada con él me hizo regresar a la realidad. De repente, empecé a ser demasiado consciente de mí misma. Pequeña, delgada, toda huesos por la quimioterapia. Tenía una marca en mi cuello por mi última traqueotomía. Dos en mi estómago, de la última vez que tuvieron que darme de comer por ahí. Varios moretones, de las vías que me pusieron la semana pasada. Pero, por encima de todo, la certeza de algo que no iba a volver. Jamás regresaría aquella muchacha despreocupada, con pájaros construyendo un nido en lo más hondo de su cabeza. Llevarían ramitas muy pequeñas para que los pollitos, como las ilusiones, tuvieran una base segura donde descansar.

Cuando era adolescente, tenía dos pechos preciosos. Ni muy grandes, ni muy pequeños. Justo del tamaño de la mano, me solían decir. Aunque aquello siempre me sonó un poco turbio; el típico comentario que haría un señor de bar. Pero ahora echo de menos esas valoraciones, porque me devolvían parte de mi identidad. Me permitían ser algo más que un diagnóstico. Recuerdo que cuando me ponía el push-up, me sentía una supermodelo. Ya no más. Primero, me salió un bulto rojo que se empezó a hacer más grande. Luego, se volvió rosado. Más tarde, rosado oscuro. Me dolía cuando lo apretaba. Y supuraba. Y me dolía. Mirándome frente al espejo, tuve una revelación: supe que aquella parte de mí no iba a durar demasiado tiempo. Aquel bulto era una brecha, que me iba a absorber igual que un agujero negro. Me lo tenían que arrancar. Así que me quedé en una cama con las sábanas blancas, llena de cicatrices y sin nada de pelo.

Año y medio después, estaba frente a la tienda de tatuajes. El desconocido cruzó sus ojos con los míos, tan oscuros que tuve miedo de sus pupilas. Una parte de mí quería creer que siempre estuvo pendiente de mí. Me gustaba pensarme como otra persona; más bonita y valiente, para ocupar la mesa de tatuar. Por eso decidí colocarme frente a aquella puerta de vidrio. Quizá, cuando atravesara el umbral las cosas serían diferentes. Como una polilla saliendo de su crisálida, romperé el cascarón. Aunque jamás fui temeraria. Desde luego, aquello no era para mí.

El tipo se acercó a la entrada para tirar del pomo desde el interior. El negro de sus ojos llevaba escondido una incógnita que no sabía responder. Me juzgaba, y retrocedí. Era un halcón; que me medía con ganas de devorar. Y yo tenía el tamaño de una ratoncita asustada. Las manos pequeñas; los dedos cortos y el cuerpo chato. Intenté encontrar mi voz.

—Lo siento, pero no estoy muy segura de lo que estoy haciendo aquí. No te quiero molestar.

El tipo sonrió con una tranquilidad que me hizo sentir incómoda. Tenía la confianza de quien estaba acostumbrado a que el mundo girara a su alrededor. Sentí que entre nosotros había un muro invisible; una frontera que servía como recordatorio de que no ocupábamos el mismo lugar. Probablemente saldría los fines de semana, quedaría para ver el fútbol con sus amigos y tendría citas despreocupadas con mujeres que jamás pensarían en la última visita que hicieron al doctor. Mujeres con el cuerpo sano y la tez vibrante. Mujeres sin miedo a su reflejo en la superficie del cristal.

Me quedé frente a él con la boca entreabierta; se me habían secado los labios. Volvió a sonreírme, con sus ojos fijos en mis manos, que aún sostenían el pomo de la puerta. Me quería largar de allí; estaba haciendo el ridículo. Era como la protagonista de algún reality show. O la víctima de una broma de cámara oculta.

—No te preocupes, no me molestas. A esta hora no suelo tener muchos clientes, así que estoy encantado de poderte atender. —Hizo una pausa. —No es la primera vez que te veo aquí. Muchas mañanas, al poco de abrir, te veo pasar por el escaparate. ¿Tienes algún diseño en mente?

Tomé aire con la intención de declinar la oferta, pero me quedé floja cuando descansé la vista en sus labios. Tersos, suaves. Todo en él parecía suave. Tenía la barba mal rasurada y unos hoyuelos que florecían en cada una de sus corteses sonrisas. ¿Cómo sería tocarle? Ojalá poderle alcanzar.

—En realidad no estoy segura de si es una buena decisión. Hace un año me tuve que hacer una mastectomía, y me dijeron que sería imposible una reconstrucción porque no tengo demasiado tejido. Pensé que hacerme un tatuaje podría ser una alternativa para que la zona se viera mejor.

Las palabras crecieron con prisas. Tan rápido, que no estaba del todo segura de que me hubiera entendido. Su mirada cambió. Pude percibirlo en cómo se le dilataron las pupilas. Brillaban con pena, con entendimiento. Y yo estaba aborrecida de ver la misma respuesta en los demás. Sin embargo, aquello formaba parte de mí. ¿Alguna vez podría desecharlo? Ojalá desprenderme de mi enfermedad como hicieron con mi carne, y dejar una prótesis en su lugar. Al menos se disimulaba con el sujetador.

—Conozco ese tipo de cicatrices—Se quedó mirando al suelo. —Mi madre tenía una.

De todos los escenarios posibles, aquel no entraba dentro de lo que me esperaba. Parecía tenso; como si le costara haberme respondido. Habría sido mejor que no me hubiera dicho nada. De hecho, yo no tendría por qué saber que su madre también estaba enferma. Pero quiso contármelo. Y me hizo sentir más incómoda todavía. Quizá me quería reconfortar: que supiera que no era la única que había vivido una situación parecida. ¿Qué conseguía con aquello? ¿Dinero? ¿Que tomara la decisión de tatuarme? Quería saber lo que había en su cabeza.; lo que estaba por suceder. Pero tenía miedo de que naciera una grieta sobre mi pecho, que me volviera vulnerable. Porque la necesidad de conectar era tan intensa, que no quería que me terminara de envenenar. Sin embargo, tenía tanto miedo a mi reflejo, como a reconocer que él y yo pudiéramos congeniar.

—Lo siento. —Me gustaría mirarle a la cara, pero no me sentía tan valiente. —Es muy duro. Sobre todo porque, aunque estés curada, cada seis meses hay que ir a revisiones. El miedo siempre va a estar ahí.

No me dijo nada más. Se quedó callado, con sus pupilas fijas en algún punto del cristal del escaparate. Había llegado el momento de irme. Él no tenía ganas de hablar y yo estaba estirando demasiado el chicle. No le apetecería atender a alguien que le recordara cosas tristes. Tampoco le podía culpar. Empujé el pomo de la puerta, con la intención de largarme de una maldita vez. Pero él se colocó frente a la salida. A pesar de que fue un gesto sutil, me dio la sensación de que quería impedir que me fuera.

Acercó su mano para colocarla cerca de mis hombros, a través de mi espalda. No me tocó, pero el peso de aquella piel tostada, con los dedos gruesos y largos, me hizo sentir vulnerable. Podría sentir el calor que irradiaba sin tan siquiera rozarme. Aquel último amago fue suficiente para evitar que diera otro paso hacia la salida. Me quedé suspendida en mitad de la sala, esperando lo que estuviera por llegar.

—Me llamo Lucas. —Sus hoyuelos convirtieron el ambiente en algo más suave. —Llevo tatuando desde los catorce años, así que seguro que estarás cómoda entre mis manos. ¿Por qué no te dejas asesorar antes de tomar cualquier decisión?

No le respondí. En cambio, caminé a través del local como lo haría un cerdito en el matadero. Si me hubieran contado que en algún momento de mi vida estaría aquí, no me lo habría creído. Pero había algo magnético en la dinámica que se estaba construyendo entre nosotros. Quizá era fruto de mi percepción sesgada, o de la necesidad asfixiante de que algo en mi vida tuviera sentido, pero tenía semillas germinando en mi pecho. Las imaginaba creciendo verdes, violentas, con ganas de inundarme todos los órganos del cuerpo. Y, a pesar de estar completamente desubicada, su presencia me transmitía paz. Era un ancla, que me hacía imaginar la posibilidad de existir sin tener en cuenta nada más. Así que, incluso sintiéndome ridícula, tuve ganas de seguirle a través del local.

Mis ojos se deslizaron hacia un acento de la pared, donde estaba el mostrador, que tenía estampado de leopardo. El resto era de color verde intenso, casi insolente, igual que todo lo que no pedía permiso para brotar. El ambiente olía a desinfectante, alcohol y tinta. Densa y metálica. A pesar de que la decoración era excesiva, casi barroca, todo estaba impecable. Demasiado limpio. Casi como un hospital. Por lo menos no era blanco. Tampoco tenía goteros, medicinas, o algo por el estilo. Tal vez aquel aroma era un recordatorio de que había mejores formas de sanar.

Mientras medía cada detalle de la estancia, Lucas sacó un bloc de notas junto a un cuaderno de fotos. Después, me hizo un gesto para que nos sentáramos en el sofá amarillo, que estaba frente al mostrador. Tenía un tacto áspero, parecido a la pana. Con los hoyuelos todavía sobre sus mejillas, Lucas me enseñó algunos de sus diseños favoritos. Había diferentes fotografías y estilos; la mayoría eran con tinta negra, líneas gruesas y sombreados oscuros. Los cuerpos estaban fragmentados; veía un brazo, una pierna, las costillas, el torso… Aquello me dejó desubicada. ¿Podía alguien solo ser un pedazo? ¿Aquel trozo de mí, que me habían arrancado porque estaba enfermo, seguía siendo yo? ¿Sin él, soy la misma?

—¿Puedo saber tu nombre? —espetó, rompiendo el ritmo de mis pensamientos.

—Lo siento, pensaba que te lo había dicho ya. Me llamo Gala. —Su pierna rozó la mía y, durante un segundo, me pareció que nuestras pieles se reconocieron. El vello se me puso en punta; mi corazón dio un salto breve, casi ridículo; los ojos se me humedecieron. Quise sonreír, pero me temblaron los labios.

—Qué nombre más curioso; es la primera vez que hablo con alguien que se llame así.

No le dije nada más. Dejé que me enseñara cada uno de sus diseños, que se explayara explicando qué había en cada imagen para que se sintiera tan orgulloso de su trabajo. Me dio la sensación de que tenía mucho por compartir y pocas personas dispuestas a escuchar. Sin embargo, yo tenía todo el tiempo del mundo. Estaba encantada de arañar cada segundo, cada instante, con tal de compartir aquel espacio con él. Tenía varios dejes al hablar que intenté asimilar para poderlos recrear cuando me fuera. Al emocionarse, inclinaba el arco de las cejas hacia arriba, arrugando su frente. A veces, humedecía los labios hasta ponerme a la defensiva. Y se pasaba las manos por la zona rapada de su cabeza, buscando recuperar la calma cuando se le amontonaban las palabras. Cuando el sol se empezó a arrebolar, me entristecí al pensar que se estaba haciendo tarde.

—Me gusta este —espeté, señalando una de las últimas imágenes. Lo hice desesperada, sin pensarlo mucho, solo para justificar mi presencia aquí. Era un diseño intrincado, con una suculenta enorme, que estaba acompañada de varias más pequeñas. En realidad, aquel dibujo me podría hacer sentir identificada. Una flor dura, casi de piedra; seca, que existía para reflejar el sol.

—A mí también, y además podría adaptarlo al tamaño de tu pecho. —Sus palabras me bajaron las expectativas al suelo. Trajeron de vuelta la realidad.

Quise hacerme un ovillo y solo desaparecer. Ojalá no haberme colocado frente a la entrada. Ojalá no haberle dirigido la palabra. Ojalá no ocupar un espacio en esta habitación. Jamás podría hacerme un tatuaje, porque sería reconocer que estaba marcada. Apenas podía mirarme frente al espejo; con mi pelo castaño, creciendo tímido para cubrirme las orejas. Las pecas sobre mis mejillas, mi frente, y mi nariz. Los ojos marrón claro, de cervatillo asustado. Y mi cuerpo lleno de huesos y cicatrices, que en lugar de líneas eran puertas cerradas. Cuando me colocaba la prótesis sobre el sostén siempre recordaba aquellas palabras, que me repitieron tanto cuando era adolescente: «Justo del tamaño de la mano». Era cierto. Aquel pedazo ocupaba justo el tamaño de la mano, y se había convertido en el vestigio que me habían quitado.

—Lo siento. Creo que no lo puedo soportar. —Me abracé a mí misma, en busca de consuelo. Pero estaba sentada en aquel sofá amarillo, bajo su escrutinio, así que aquella pose estaba fuera de lugar.

Lucas me tendió la mano para llevarme frente al espejo del mostrador. Nos vi a ambos. Yo era la pequeña; él estaba por encima de mí. Aquello me hizo sentir todavía más miserable. Su carne estaba marcada de tinta por las historias que decidió contar. La mía también lo estaba, aunque de una manera diferente. Coloqué la mano sobre mi prótesis, tratando de reafirmar ese lugar que me arrancaron. Mis ojos eran demasiado grandes. Mis labios, demasiado pálidos.

—¿Qué pretendes? —le increpé, molesta—. Me voy de aquí.

Sus dedos se apoyaron sobre la curva de mi espalda. Me sobresalté porque eran firmes, cálidos. No una fantasía sobre no sentirme sola. No una madrugada en mi casa vacía, acompañada por el sonido del televisor. Entonces, me vi reflejada en lo más hondo de sus pupilas. Eran negras. Un pozo oscuro, sin fondo, al que nunca me debería de asomar. En cambio, me estaba mirando. Con mis ojos demasiado grandes y mis labios demasiado pálidos. En su universo, solo estaba yo. Quise ser la protagonista; alguien importante, tan solo una vez.

—No sé si te servirá de algo lo que te voy a decir —suspiró—, pero cuando mi madre salió del hospital, evitaba mirarse. Decía que no era ella, y yo nunca supe cómo responder.

Tragó saliva, visiblemente afectado. Ya no me recordaba a un halcón, sino a un mirlo. Negro, pequeño y vulnerable. Tomó aire, buscando las fuerzas en algún punto del vacío. Conocía tanto aquella reacción como si fuera la mía.

—Tardó meses en comprender que no había hecho nada malo para avergonzarse. Estar enferma nunca fue su culpa. —Alzó sus ojos hacia mí, sin imponerse. Aún así, su mirada era tan intensa que me traspasaba. Un faro, en medio de la tormenta. —A veces creemos que si estamos rotos es porque hemos fallado.

Tal vez los pájaros nunca se fueron; solo cambiaron de sitio. Quizá descubrieron otro lugar en el que poder construir su nido. Me alejé de su agarre, asustada por el peso de sus palabras. Retrocedí hasta que mi espalda chocó con el cristal de la entrada. Entonces, miré hacia la puerta. Vi mi reflejo sobre el pomo: la chica de pelo corto, que empezaba a recordar cómo crecer. Ya no me sentía una extraña.

En un último parpadeo, me vi de nuevo abriendo la puerta por primera vez. Era en uno de mis trayectos hacia el hospital. Pequeña, delgada, y convencida de que él iba a ser mi regalo de despedida. Sin embargo, esta vez, cuando atravesara el umbral las cosas serían diferentes. Lucas se acercó para tirar del pomo desde dentro.

—Quiero hacerme un tatuaje, y que sea del tamaño de mi mano. —Lo dije con la misma voz, pero ahora mis dedos no temblaron.

 

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