La bruja del Miedo

 

Violeta se sentó al lado de su amiga Clara. Estaban en clase, a la espera de que el profesor acudiera a dar la asignatura. Violeta, como era ya costumbre, ojeó la libreta de su amiga a la espera de un nuevo capítulo de la historia de Soledad. Confusa, Violeta arqueó una ceja.

—Me he dado cuenta de algo —empezó—. Siempre nos estás hablando de la princesa Soledad pero nunca nos das detalles de la bruja del Miedo; aquella que hechizó a la princesa. ¿Por qué?

Clara reflexionó durante unos breves segundos, dándose cuenta de que en realidad nunca le había dotado peso a la malvada bruja. Tal vez aquello ocurría porque nunca se había puesto a pensar en ella con perspectiva. En su historia únicamente era la antagonista.

Aquello a Clara no le gustó demasiado; ¿acaso estaba bien que nadie conociera verdaderamente a Miedo?, ¿era bueno que la gente no supiera por qué odiaba tanto a Soledad? No, desde luego que no. Clara, decepcionada consigo misma decidió cerrar los ojos y evocar a la bruja, para poco después, en su abstracción, preguntarle cuál era su historia.

Violeta, por su parte, dio dos golpecitos a Clara en el hombro; estaba preocupada por la actitud ausente de su amiga. Clara, en respuesta, cogió una hoja de su libreta cuadriculada y empezó a escribir.

  Dibujo realizado por mi amigo Ty.

Le he preguntado a la bruja del Miedo quién es. Me ha contado muchas cosas, y creo que ahora, finalmente, sé su historia.

La bruja del Miedo se parece en algo a Soledad; ambas no tienen nombre. No obstante, Miedo no lo olvidó de la misma forma que la princesa.

Aun así, La llama del Olvido empleó el mismo método para eliminar la identidad a Miedo que el que sufrió lo que en su día fue el reino de la Esperanza; consumió a ambos aprovechándose de la impasividad del tiempo. Para ello, en el reino de la Esperanza la malvada llama tomó ventaja de la desaparición de la princesa; y con la bruja del Miedo la malvada llama se aprovechó del hecho de que Miedo no tuviera a nadie que la quisiera lo suficiente para recordarle cada día quién es. Como habrás visto, la llama del Olvido es un monstruo que se alimenta de las existencias ajenas para mantener la propia. 

Posiblemente, Miedo fue presa de Olvido por su nimiedad; ella era una bruja aislada que no importaba a nadie, ya que tras su descubrimiento de la fuente de la juventud, de la cual bebe cada mañana, decidió no abrirse a ninguna persona para que así no averiguaran su secreto. Cuando, finalmente, Miedo fue consciente de su inexistencia se odió a sí misma y se desesperó por saber cuál era su verdadero nombre.

Fue poco después cuando empezó a odiar a Soledad; cuando, furiosa, se percató de que la princesa tenía todo lo que ella podría desear: familia, belleza, dinero y a un futuro príncipe de cabellos de oro. No era justo que aquella princesa disfrutara con plenitud de una vida llena y que ella, una bruja muerta por dentro, se ahogara en la ausencia de sus recuerdos. 

Una noche, Miedo entró en la habitación de Soledad con la intención de que la bella princesa de cabellos medianoche sufriera, aunque fuera una única vez, el dolor de existir y no existir a la vez. Se colocó en la cabecera de la cama de Soledad e hizo levitar el espejo de mano que siempre llevaba pendiendo de su cuello. Dicho espejo era un reflejo del alma de Miedo. Así pues, la bruja proyectó en el espejo el reflejo de Soledad; dejando caer su identidad dentro de la cabeza de la Princesa. Fue entonces cuando Soledad descubrió lo que era existir, sin existir; vivir, sin vivir. 

Lo que la bruja del Miedo no sabía era que la princesa tampoco era feliz. Por ello, la amargura de Soledad se hizo uno con la carencia de ser de la bruja; aquello, era algo que la princesa fue incapaz de soportar. En aquel momento, la llama del Olvido, que se oculta en la zona más recóndita de todos nosotros, devoró la identidad de Soledad. La princesa, llevada por la corriente del dolor, dio paso libre a la llama para así poder renunciar a sus recuerdos, y junto a ellos, a su agonía y a la impuesta por la bruja.

El primer recuerdo de Soledad en su no-vida fue el de una aparente niña de seis años, que en realidad era una bruja de quinientos, con un espejo colgando en su cuello y mirada de vieja en sus vacíos ojos. En aquel espejo, que tanto llamó la atención a la princesa, se creó el antes y el después de la identidad de la bruja, pues en él Soledad vio reflejado el rostro terrorífico de una mujer condenada.

«¡¡Salvadme, por favor!! ¡Liberadme de la bruja del Miedo!» gritó la princesa, compungida por aquel reflejo. Al menos, ahora la bruja tenía una identidad provisional hasta encontrar la suya.

Seguramente, si Miedo no hubiera sido egoísta y hubiera decidido compartir el secreto de la fuente, la llama del Olvido no la habría hecho su presa. Aunque éso es algo que jamás sabremos.

Tras el grito de Soledad, Miedo fue consciente de sus actos, y sintiéndose culpable, dejó una rosa morada sobre el lecho de la princesa a modo de disculpa.
 

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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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