Horizonte




La Bruja del Miedo contempló el horizonte desde el acantilado. El cielo se fundía con la tierra de un modo extasiante y, a la vez, simple. Resultaba hermoso vislumbrar cómo el azul celeste, al llegar a la línea que determinaba el inicio de la tierra, variaba y se tornaba marrón; y aparecían los árboles, el mar, y la estepa. Debajo del acantilado en el que se hallaba estaban ocultas unas puntiagudas rocas; esas que tanto aparecen en las historias de amor en las que los amantes se lanzan al mar y perecen bajo las olas. Miedo pensó que le gustaría vivir una historia así: un amor tan intenso que hiciera que mereciera la pena perder la vida. Un amor que doliera tanto como hiciera feliz. Un amor tan necesario como el mismo respirar.

Entonces, sin saber por qué, pensó en Soledad; en la hermosa princesa de cabello azabache. Ella seguro que se enamoraría de algún príncipe de cuento; un joven dulce, dispuesto a dar su vida por ella. Un príncipe de cabellos dorados y ojos aguamarina; de yelmo de plata y espada forjada en adamantita. La bruja tuvo envidia —mucha envidia—; ya tenía otra cosa que añadir a su larga lista de cosas en las que la joven princesa la superaba. Su odio infundado hacia Soledad, con el paso del tiempo, fue creciendo y se hizo grande. Enorme.

Posiblemente, lo que Miedo más detestaba de sí misma eran sus ojos. En ellos se podía ver lo vieja que era y la persona tan horrible en la que se había convertido. Por culpa de sus orbes castañas, todo el mundo podía averiguar lo que ocultaba su aspecto infantil de niña de ocho años. Y es que, a pesar de que exteriormente fuera una chiquilla, en realidad tenía medio milenio de vida. Los ojos de Soledad, en contraposición, no eran así. Eran jóvenes, dulces y melancólicos. Miedo quiso arrancárselos y sustituirlos por los propios; así Soledad portaría ojos enfermos, secos y de anciana. Y Miedo, con sus nuevas pupilas rejuvenecidas, podría enamorar a su anhelado príncipe y entregarse enteramente a él.

No obstante, lo que la bruja no sabía era que no merecía la pena dar su vida por un príncipe, del mismo modo que tampoco era válido quitarle los ojos a Soledad. Y es que los príncipes de cuento en realidad eran basiliscos, y las pupilas de la princesa, a la que tanto detestaba, estaban consumidas por la amargura y la tortura diaria de vivir en su opulento castillo.





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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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