Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas

Girasol y moscardón

Qué todavía sigo siendo el girasol que se ciega cuando mira hacia la luz. Y tú disfrutas de ello, como la bombilla que calcina al moscardón. Soy ese insecto que acude al reclamo del sol, como también soy —y tú bien lo sabes— un girasol al que se le secaron las pipas. Pobre girasol, qué se marchitó por los rayos de sol. De tanto esperar, le crecieron los pétalos como lo hizo conmigo el pelo. Antes mis hebras rozaban los hombros y ahora, en cambio, se deslizan hacia los confines de mi espalda. Desde entonces hasta ahora, ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Me quedé sola yo; madura como la manzana de Eva. Muérdeme.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde nuestra despedida? Todavía te veo difuminándote en la bruma de los días, de las horas. Y entonces siento que se restituyen las madrugadas húmedas de otoño: cuando me quejaba de que hacía demasiado frío y no tenía ganas de hacer el amor. Me ha cambiado tanto el pelo, como he cambiado también yo. Sin embargo, sin ser la misma sigo pensándote de mil maneras parecidas. Mis emociones oscilan desde el odio del moscardón hasta el éxtasis del girasol. Porque todo me arrastra irrefutablemente hacia aquello que vivimos y me incita a preguntarme por qué, aun siendo alguien distinta, continúo dándole vueltas a una página que trato con todo mi anhinco de arrancar, pero nunca lo consigo. Me he prometido, una y mil veces, dejar de dedicarte despedidas. Pero, como sigo siendo mi peor enemiga, me traiciono en cada oportunidad que me brinda la vida.

Rota



         Toda mi rabia e impotencia quedó grabada en aquel golpe a la mesa. Pegué una patada contra su estructura y un jarrón de cerámica cayó al suelo. Estaba pintado a mano; tenía dibujos de ramas y flores de cerezo. Era hermoso. Y ahora estaba en el suelo, hecho pedazos. Mientras las lágrimas caían de mis ojos me quedé como una estúpida mirando aquellos trozos sobre los azulejos. Pensé en que hacía tan solo unos segundos era un jarrón perfecto y envidiable, y ahora no. En tan solo una bocanada de aire el jarrón se había convertido en algo diferente. 

         Mi rabia se disipó y fue sustituida por la angustia. Cogí todos sus fragmentos y los coloqué sobre la mesa. «¿Y ahora qué? —pensé —Nunca volverá a ser lo mismo». Las lágrimas continuaron cayendo, como si su sal tratara de supurar la herida que tenía dentro. Envidié un tanto al jarrón. Él estaba roto, y era obvio. Yo me sentía rota, pero los pedazos de mí no se percibían. Entonces, mis pensamientos llegaron más lejos. Tal vez, cuando nos rompíamos, la cosa no se dejara ver a simple vista, pero sí en lo que nos rodeaba. 

         Destrocé al jarrón con un golpe en la mesa, y también había destrozado a personas de otra forma. Las hice añicos, aunque no se apreciara. A lo mejor era menos prejudicial convertirse en un jarrón y solo ostentar sus pedazos. A lo mejor la solución estaba en hacer evidente mi llanto y no lastimar mi alrededor de otra forma. 

         Cogí un bote de pegamento y me dispuse a unir las piezas de lo que quedó del jarrón. Mi móvil sonó y, mientras continuaba con aquello, puse el manos libres. «¿Clara, estás bien? Hace unos días que no sé nada de ti», me dijo Violeta. Sonreí. «He roto un jarrón y estoy pegando sus trozos». «Está bien. Seguro que si lo conservas así te recordará que tienes que ir con cuidado para que no te vuelva a pasar». 




Fuego gris



           Estabas en el suelo moribunda y cansada. A pesar de llevar una semana encerrada en aquel zulo, el fuego de tu mirada continuaba intacto. Cuando fijaba mi vista en tus ojos, me daba miedo. ¿Cómo era aquello posible? Incluso habiéndote sometido a dolor y necesidad te mantuviste impertérrita, sin temblar; sin ningún atisbo de pánico o duda. Y me desafiabas mirándome fijamente, tratando de desentrañar lo que ocultaban mis pupilas.

           Empezaba a cuestionarme mis acciones: ¿Hacía lo correcto teniéndote cautiva?, ¿por qué todos querían tu muerte? Fuera de la evidencia de que tuvieras una entereza envidiable seguías siendo débil físicamente. Si quería matarte, si me cansaba de tenerte entre aquellas cuatro paredes, podía hacerlo. Y en cambio nunca levanté mi mano para hacerte daño. ¿Por qué? Estúpido, me sentía estúpido, y una parte de mí me gritaba que me estabas sometiendo.

           Sólo con tus ojos, sí. Sólo con tus ojos me hacías darme cuenta de que yo era un ser horrible y que tú estabas por encima moralmente de mí. Qué no te asustaba. Desapego; practicabas el desapego incluso hacia tu propia vida. Y eso, también, me hizo sentir peor. A tu lado yo era un cobarde y quería dejar de serlo: parecerme un poco a ti. Me estaba degradando, debilitando, y tú eras la responsable. Con esos ojos grises estabas asesinándome de la forma que más dolía: desde dentro.

           Fue entonces cuando empezaste a hablarme. Abriste la boca y emitiste dos palabras «¿Estás bien?» a modo de pregunta. Y quise burlarme de ti; la idea de que alguien en una situación tan precaria como la tuya dijera aquello rayaba lo absurdo. Pero no, viniendo de ti tuvo sentido. Tu Yo era superior al mío, que desde que tuvo uso de razón era una amasijo de inseguridades y terrores pasados. Comencé a contarte cosas sobre mi vida, sobre mí mismo, evidenciando que en el fondo uno de mis problemas siempre fue que nadie me escuchaba. Tú asentías, me sonreías, e incluso llegaste a preocuparte por mí. Por la persona que te había encerrado y arruinado tu libertad.

           Me rompí. Llegada la situación en la que te vi tambaleante, con pocas fuerzas por la escasez de comida y agua, terminé haciéndome añicos. Aun casi al borde de la inconsciencia te mantuviste fuerte y me sonreíste como si trataras de relajarme y darme a entender que no estabas enfadada, que yo siempre fui para ti una buena persona. ¿Y qué pasó entonces? Pasó que lo dejé todo, que a pocos días de que terminara el pacto de tu secuestro me fui contigo. Te saqué del país, te di supervivencia, y te pedí perdón por tratar de apagar el fuego de tus ojos grises que, aunque en un principio odié, se terminó convirtiendo en la luz de mis noches más oscuras.





Demiurgo




         Las ideas atraviesan mi cabeza queriendo alcanzar la cumbre de mis pensamientos más profundos; me susurran cosas bonitas que me dejan un poco nostálgica y me convierten en un cazador cazado. Hacen que nazcan pensamientos intrincados; con sabor a algo dulce y agrio a la vez. Entonces es cuando se ilumina la bombilla y me entran ganas de coger el teclado. Hay algo dentro de mí que demanda por que esas cosas salgan fuera.

         Entonces es cuando intento darles forma, y me pongo triste. Toda yo soy abstracta. Todas mis emociones, mis ideas... Son remolinos de muchos colores, de muchos matices, que las palabras no son capaces de alcanzar. Me dedico vanamente a juntar una letra, y otra, y otra. Para, seguidamente, terminar topándome con frases y párrafos que intentan decir muchas cosas y terminan quedándose a medio fuelle.

         Y llegados a esa situación me pregunto, ¿acaso es posible contarlo; expresar todo lo que custodio dentro de mí? No, desde luego que no. Pero por alguna extraña razón sigo intentándolo. Sigo poniendo mi empeño en sacar a la luz algo demasiado complejo para las palabras. Y a veces, algunas veces, parece que lo consigo. Logro que la gente vea el vestigio de una idea que nubla mi cabeza.

         ¿Y sabéis qué? Eso es lo más bonito. Es preciosa la interminable y desventajosa lucha del escritor. Es maravilloso estrujar los sesos al pensar en una situación, en una emoción o metáfora que calce con algo tan ambiguo y abstracto como lo es el pensamiento humano. Y más maravilloso lo es aún cuando alguna de tus creaciones se logra acercar lo suficiente a lo que quisiste expresar como para volverse una copia imperfecta de la realidad. Eres el demiurgo de un cosmos mediocre; de un universo pobre pero prometedor que anhela alcanzar, sea como sea, el tan preciado mundo de las ideas.




Pupitre




     

      Había una vez una princesa sentada en un pupitre. Sus ojos de monarca debían de mantenerse centrados en las lecciones impresas de su cuaderno y sus ideas, en lugar de vagar libres entre los recovecos de sus neuronas, debían de someterse al peso de un temario espeso y pesado como el acero.

      A medida que fueron pasando las horas la joven princesa fue sintiendo la crueldad de la norma sobre sí misma; las obligaciones inundaron su pecho, llenándolo de arena y sal. En aquellos instantes podía apreciar con todo lujo de detalles cómo aquel veneno disfrazado de buenas intenciones se deslizaba hacia el lugar más importante de su cuerpo: su cabeza.

      Tenía miedo: miedo de que su imaginación desapareciera; miedo de que su libertad terminara servida sobre un gran comedor presidido por el "Qué dirán" y las preocupaciones por su futuro; miedo de convertirse en un autómata aliado de aquellos que roban el pan y las ganas de gritar que es necesario tener comida.




Reflejo



        La princesa seguía encerrada en la torre con su vestido raído y su maquillaje corrido. En la tinta azabache y húmeda de sus ojos podía verse reflejado el brillo de una luna decreciente, a punto de ser presa del mismo olvido que iba a consumirla a ella misma. Lagrimas, sus pupilas eran bañadas por lágrimas, y su iris, y sus córneas, y toda ella. Miraba a través de aquel ventanal inmenso, único testigo de su cautiverio, con su esperanza enferma y deshojada. Miraba esperando que la rescataran, sin plantearse si ella misma podría escapar de aquel lugar.

        Tan hechizada estaba por aquella pena que era incapaz de darse cuenta de que aquel torreón en lugar de ser el Himalaya era un diminuto montículo al que a penas separaba del suelo un metro de altura. Su pánico la engañaba. Y veía veinte metros donde existían treinta centímetros; donde podría saltar y correr libre por el bosque. La princesa trató de recobrar fuerzas y buscar un motivo por el que deberían de ir a por ella, pero fue incapaz de hallarlo. Cielo santo, ni siquiera podía recordar su nombre. Ni siquiera era capaz de mirar dentro de ella misma y descubrir algo que no fuera blanco. Se miraba y se encontraba ante su traje blanco y rasgado de monarca, ante su cabello largo y blanco, despeinado y absuelto de algún tipo de joya, ante su tez enferma y repleta de venas, ante sus ojos grises... Su llanto era lo único que tenía color; la tinta negra de sus lágrimas sobre unos coloretes difuminados y perdidos en la inmensidad de unas mejillas pálidas y gélidas.

        ¿Quién era?, ¿había, acaso, olvidado también cuál era su reinado? De la Esperanza, sabía que su reinado tenía esa palabra. Esperanza, ¿y qué más? Aquello a secas no podía ser su reino. La esperanza y la soledad eran una mezcla amarga que a ratos se convertía en algo ácido y repleto de edulcorante. Allá, al fondo del frondoso bosque, vio algo oscuro y lleno de cromatismo. Le gustó pero a la par tuvo miedo. De nuevo se topó con un cóctel quizá demasiado fuerte para alguien tan insulso como lo era ella. Soledad y Soledad, pensó una y otra vez. Tanto que terminó sintiéndose identificada con aquella palabra. Y le gustó el apelativo. Y decidió tomarlo como identidad antes de encontrar la suya. Al fondo percibió cómo avanzaba el color, a lomos de una dama de cabello rojo y sonrisa tierna. De mirada oscura y determinada. Soledad, pensó la princesa, aquel era su nuevo nombre. Y aquella joven su salvadora.

        Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para tocarla fue cuando se rompió el embrujo. Y saltó por la ventana. Y se dio cuenta de lo ridícula que se veía con su disfraz blanco, y de lo patético de aquel torreón constituído por plástico y cartón. Se había convertido en una actriz de un papel que nunca había deseado interpretar; en alguien prescindible en un escenario lleno de celebridades. Fue entonces cuando la dama cromática se acercó a ella lo suficiente como para mostrarle que tenían la misma cara y el mismo cuerpo; fue entonces cuando la princesa Soledad se dio cuenta que sin comerlo ni beberlo ella había sido salvada por su propio reflejo.





Verba




                 Las palabras se arremolinan dentro de mi cabeza y dan vueltas, y vueltas, y vueltas. Siento que son tantas las que quiero decir que se atragantan, y de mis labios sale un único suspiro lento y resignado. Abro la boca queriendo articularlas todas de golpe, pero no puedo. Pretendo expresar muchas cosas, quizá demasiadas. Pretendo articularlas como si fueran absolutas: como si fueran una clave que nos ayudara a descifrar todos los secretos del mundo. Y entonces siento un nudo en mi garganta que me atraganta: se llama rabia. Toso una, dos y tres veces. Vuelvo a toser. Quiero que aquel nudo desaparezca, pero no sé cómo. 

                 De repente me viene una iluminación: quizá la revelación más importante que he tenido a lo largo de toda mi existencia. No son suficiente: las palabras se quedan cortas. Era tanto lo que pretendía de decir y de tantas maneras que mi vocabulario en comparación estaba limitado. Imposible resultaba que diera abasto semejante creación humana. Las palabras nunca son suficientes. Las palabras son imperfectas. Las palabras no pueden definir la magnitud del universo en el que albergamos. Pero, aún así, me gusta deslizarme sobre ellas como lo hace una barca en el lecho de un lago. Pero, aún así, las necesito tanto como respirar.






Reflexión de una tejedora de historias


      Mucha gente se piensa que la clave de la escritura reside en teclear y punto; que lo único necesario para ser bueno es eso. Y lamento decepcionaros, pero he de decir que no. Escribir es mucho más que eso: a la hora de hacerlo hemos de andarnos con cuidado para que la trama sea coherente y mirar muy de cerca la ortografía y gramática; sobre todo las comas. Tanto los puntos como las comas han de tener sentido: marcar pausas gramaticalmente correctas y a la par otorgarle un ritmo al relato que vaya acorde con la historia que nos esté contando.

      En un inicio, cuando empecé mi camino como tejedora de historias, no sabía nada de esto: cometía absolutamente aquellos errores hasta el aburrimiento. Cuando releía lo que escribía me percataba de que no había cosas bien pero como tampoco tenía mucha experiencia no sabía cuáles eran mis fallos y, por ende, no podía corregirlos. Con el tiempo, empecé a tomar los libros que leía como referencia y a fijarme en el método que empleaban para redactar y usar diálogo. Aprendí casi inconscientemente la forma correcta de emplear el guion largo en los parlamentos y progresivamente fui entendiendo el uso de las comas, que siempre se me ha resistido.

      Mi ortografía mejoró bastante de escribir a Word; sé que mucha gente afirma que no es del todo bueno para rectificar todas las incorrecciones que hagamos, pero esto no se acerca demasiado a la realidad: es cierto que no corrige la totalidad de los fallos, pero cuando una persona comete faltas graves, que son las más notorias, sí las marca como incorrectas en la mayoría de los casos. Tras percatarme, gracias al Word, de mi pésima ortografía empecé a fijarme en mis queridos libros sobre cómo se escriben determinadas palabras y a preguntarle al señor Google dudas sobre otras tantas.

      El proceso de mi aprendizaje a la hora de escribir culminó en la universidad: en ella decidí estudiar el Grado en estudios hispánicos, que es básicamente todo lo relacionado con la lengua y literatura española. ¿Por qué elegí esta carrera? Pues porque desde que me metí en el mundo de las palabras descubrí mi gran vocación y mi deseo de poder dedicarme a ello en un futuro. Supe que si estudiaba aquella carrera conocería mucho mejor la lengua y aprendería a usarla con mayor corrección. Y acerté. Estoy aprendiendo muchas cosas que me están siendo útiles a la hora de corregir la mayoría de errores que cometo.

      Me gustaría añadir que todos los que pensáis que lo único que se necesita para teclear es talento no estáis en la verdad; considero que yo, en un primer lugar, tuve cierto talento en el sentido en el que lo que escribía era bastante coherente, dentro de lo que cabía, y más o menos estaba redactado de forma cohesionada. Pero eso no quitaba que cometiera fallos garrafales; como lo haría cualquiera que empieza algo nuevo. Quizá tener talento ayude a mejorar más rápidamente, pero no le garantiza el éxito. El éxito se consigue amando lo que uno hace y practicando hasta aprender de sus fallos.

       Dicho esto me gustaría finalizar añadiendo que escribir es algo maravilloso y requiere mucho tiempo y empeño. Quizá es eso lo que lo haga tan maravilloso; que sea algo que no pueda hacerlo cualquiera. Para mí también es como un regalo, porque es una de las pocas cosas que nos permite transmitir una realidad nueva a la gente de tal forma que, durante unos instantes, se vuelva la auténtica para ellos. Podemos crear de la nada a personajes que sean tan auténticos que nuestros lectores hablen de ellos como si tuvieran vida y, finalmente, tenemos la posibilidad de transmitir un mensaje; nuestro mensaje.






Improvisación





        Había una vez una hermosa princesa, encerrada en una torre, que no paraba de derramar lágrimas. Anhelaba tener unas coloridas alas y poder volar sobre las nubes, para así vislumbrar, extasiada, el reino de su madre. Quería aprenderse de memoria las colinas y los montes; los ríos y los lagos; los pueblos y las ciudades que lo constituían.

         Una noche, la princesa llamó a su hada madrina y le rogó con vehemencia que la liberara de su prisión. Esta, divertida por la situación, le dijo que le era imposible hacerlo porque ese trabajo estaba destinado a un príncipe.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger ♥
         
           Pasaron los años y la princesa continuó en su gélida celda, derramando lágrimas y anhelando sus alas. Hasta que llegó un día en el que se le vino a la cabeza una macabra idea: saltaría por la ventana. De este modo, al menos podría experimentar lo que era ser libre durante los segundos que precedieran a su muerte. Y así lo hizo.

            Lo sorprendente fue que el torreón no era tan alto como parecía y sus alrededores tan bellos como los presenciaba. Cuando cayó a tierra se percató de que en realidad todo era un montaje cutre de cartón piedra. Había estado toda su existencia viviendo en un decorado de un teatro de tres al cuarto y disfrazada con una tela azul celeste de disfraz.





               Siento mucho tener el blog abandonado, pero los exámenes es lo que tienen. Para compensaros subo esta improvisación que escribí hace poco; consistió en dejar la mente en blanco y escribir lo primero que se me pasara por la cabeza. Es una historia sin planear ^^

                 La he ilustrado con un dibujo de David, cuya expresión parece estar acorde con lo escrito. ¡¡Sayonara, peanut!!

Es ella




Ella es la chica que baja la cabeza cuando llega a la estación de metro; la joven tímida y retraída que nadie recuerda. Tiene una cara común; o eso ponen los demás como excusa a la hora de no reconocerla. Quiere ser una princesa de piel de mariposa, visible para todos e inmortal para algunos. Quiere convertirse en una joven de ébano, cuyo candente corazón bombee con fuerza e hipnotice.

Todos sabemos quien es ella y lo que quiere llegar a ser, sin embargo, cuando la vemos por la calle no nos damos cuenta de que está ahí. Es invisible; demasiado mediocre como para destacar. Y por ello lo anhela tanto; con tanto ahínco que logró que supiéramos su historia. Pero, ¿de qué sirve? ¿Para qué conocer sus deseos si somos incapaces de ponerle cara? La joven se hundirá en el olvido y su historia continuará vagando.

Al fin y al cabo, eso es lo que importa, ¿no? Memorizar de la joven lo único que la diferenciaba de los demás; sus ilusiones. Aunque bueno, quizá en realidad las conozcamos porque también son las de otras chicas.





Mirar atrás



Llega un determinado momento en la vida en el que no lo puedes evitar, y miras atrás. Y evalúas todos tus errores y aciertos; todo lo positivo y lo negativo. Haces balances. Después, nostalgia. Sientes un punto amargo en tu pecho; un rayo de luz que, a la vez que irradia brillo, exhuma hiel. Por una parte, piensas que es genial haber dejado abandonados en la gasolinera esos momentos tristes y dolorosos y, por otra, quieres volver a saber de ellos. La mera certeza de no volverlos a experimentar te asusta. Y es que, francamente, da miedo pensar en que todo lo que conocíamos, tal y como era, ha desaparecido. Nada volverá a ser como antes; el dios del tiempo lo cambió. Como cuando hicimos queso de la leche; resulta imposible revertir el efecto.

Y las cosas son así. Nos guste, o no nos guste, lo que quedó atrás jamás regresará. Y no nos queda otra que asumirlo aunque, de vez en cuando, nos guste echar una ojeadita atrás. 




De Soledades y Creencias



La soledad es el peor de los castigos al que a veces nos someten. En ocasiones, nuestros seres queridos deciden alejarse de nosotros porque estamos haciendo algo mal. Porque no somos buenas personas; les herimos e hicimos daño y, por ello, les perdimos. 

Aunque claro, puede que aún tengamos tiempo para rectificar, ¿no? Un perdón en ocasiones es la mejor solución para este tipo de cosas. 

Actualmente, yo no estoy sola, pero conozco a personas que lo están. Así que esta entrada se la dedico a ellas, con la intención de que reflexionen y piensen en lo que se han equivocado, y en que, tal vez, no son tan perfectas como creyeron. Estoy dispuesta a aceptarlas de nuevo en mi vida si me prometen no volver a actuar como lo hacían.

No soy mala gente, y ellas tampoco. Tenemos que pensar que nunca es demasiado tarde, y que nuestra amiga la esperanza hoy está de nuestro lado.




Contemplé la puesta de sol sobre aquel monte. Bajo mis pies se extendía un basto huerto de girasoles que danzaban en armonía con los rayos del astro rey. El refrescante viento sureño acariciaba mi rostro suavemente, haciendo ondear las finas hebras de mi cabello. Mis ojos se clavaron en los de Chris, mi mejor amigo.

—¿Sabes, Sofi? Todos necesitamos creer en algo, ya sea en la religión, política... Esa creencia hace que seamos capaces de luchar y encontrar un sentido a nuestra existencia; de hallar cuál será nuestra meta. Las personas que no creen caen en la dejadez y se tornan simples pasajeros de la vida; se dejan llevar. Se dejan llevar por los vicios y los efímeros placeres, y terminan tratando de llenar su vacío con acciones autodestructivas.

Arqueé una ceja ante las palabras de mi amigo. ¿Por qué me hablaba de ese tema?, ¿qué pretendía con ello?

—¿Y tú, Sofi?, ¿en qué crees?

Sonreí de manera forzada; me temía que llegaría esa pregunta. Cerré los ojos y suspiré, antes de contestar.

—Pienso que... en un inicio mi primera fe no se centró en la religión, puesto es algo metafísico e irreal. Tampoco puedo otorgarle confianza a la demagógica política —hice una pausa—. Ah, ¡ya lo sé! En un principio creía en las personas y en mi familia; siempre pensé que era apropiado poner la mano en el fuego por aquellos que nos rodean y nos dan cariño. Ahora, ya no. Me di cuenta, con el paso del tiempo, de que la gente es cambiante y aparece y desaparece de nuestra vida como si nada. Y todo esto sin contar con el egoísmo pandémico, que nos limita en cuanto a unión y apoyo entre nosotros.

»Supongo, pues, que de lo única que puedo estar segura es del mañana. No importa lo que pase, siempre habrá un futuro con o sin mí. Así que pienso que no hay mejor cosa en la que creer que en el mañana; en el día siguiente. El tiempo. Sí, creo en el paso del tiempo y en el futuro.

Chris sonrió y me cogió de la mano. Acaricié lentamente su cabecita rubia.

—¿Y tú, Chris?, ¿en qué crees?

Sus ojos brillaron y su pupila se dilató.

—Yo creo en ti, Sofi.


Siento haber estado desaparecida durante tanto tiempo. Estuve en Gandía con unos amigos y no regresé hasta hoy. Espero que os haya gustado, tanto la primera reflexión de la entrada como el fragmento de un relato mío que he colocado después del vídeo.

Gracias por leer ;3

Pd: la traducción de la canción es de una amiga blogger. Si os ha gustado, recomiendo que os paséis por su Canal de Youtube.

 

La bruja del Miedo

 

La bruja del Miedo se mantuvo pensativa, mirando cómo el sol se iba ocultando tras la colina de la discordia. Aquella imagen le traía recuerdos amargos de momentos pasados. Dichos recuerdos le hacían recaer con más ímpetu en su amargura, pero eran como una droga, y por ello era incapaz de olvidarlos.

En sus imágenes pasadas rememoraba aquellos instantes en los que fue feliz; en los que se sintió amada. Tras ellos, y en contraposición a sus retazos dichosos, reflexionaba sobre su amargura y el porqué de ella.

Dibujo realizado por David ♥

Todo el veneno de su vida había sido ocasionado por su egoísmo y por sus ansias de eternidad; para, finalmente, degenerar en una Nada de desolación y eterna nostalgia.

La bruja del Miedo, en aquel momento fue consciente de sus acciones, y de que tal vez era demasiado tarde para hallar una solución a sus circunstancias. Cansada, cerró los ojos; dándose cuenta de que el crepúsculo había finalizado, y con él, concluido su monótono y solitario día. Ahora, el astro rey había dado paso a la diosa Selene.

Los destellos blanquecinos de la luna se reflejaron en el espejo que pendía desde hacía años en el cuello de la bruja, e impactaron de pleno en la rosa morada que sostenía en su mano izquierda. Quizá aquello era una señal; quizá solucionaría algo haciendo las paces con Soledad.

¿Y tú?, ¿por qué escribes?

&<span class=

Escribo porque mi sueño es llegar a ser una escritora capaz de mantenerse económicamente con sus obras. Sé que esa frase la he repetido un número incontable de veces pero qué queréis que haga si es la verdad.

Me imagino a mí misma de adulta con ya patas de gallo en los ojos y unas cuantas arrugas en la boca de tanto sonreír. Vivo en un loft con vistas a toda la ciudad, junto a mi pareja y mi portátil; con el que mis dedos se deslizan sobre su teclado incansablemente; tejiendo una red de fantasía en mi documento de Word.

Tengo una imagen de mí, o bueno, de cómo me gustaría ser dentro de unos años bastante clara. Me gustaría ser bohemia; vivir únicamente de mi arte aunque en ocasiones no me diera suficiente dinero para mantener el alquiler del loft, o para pagar algo con lo que llenar la nevera. Sería como Mozart; él sufrió penurias viviendo de sus obras, pero le dio igual, el caso era que era un compositor libre. Gozaba de un privilegio que no tenía nadie en su época.

Desde pequeñaja siempre me gustó escribir. Recuerdo que en el colegio mi querida profesora Maribel me animaba a ello, así que sinceramente le debo muchísimo, porque si no fuera por sus comentarios a mí no se me habría ocurrido coger un bolígrafo para otra cosa que no fuera hacer los deberes o un trabajo de clase. Maribel era la mejor, en todo momento me apoyó alegando que se me daba bien narrar y que tenía bastante imaginación.

Siempre he sido una niña extraña. De pequeña me iba a la luna de Valencia a la mínima; fantaseando con los protagonistas de películas o libros. Me gustaba imaginarme a mí misma con ellos, viviendo aventuras y librándome del tedio de la rutina diaria. Era maravilloso tener en mi mente una vida poco monónota. Dentro de mi cabeza todo era posible.

Hubo una temporada en la que dejé de escribir. Ya no leía absolutamente nada (ciertamente de peque leía poco y se notaba bastante en el hecho de que me costaba hacerlo cuando nos obligaban a leer en voz alta) y mucho menos escribía. Recuerdo que a la gente le asombraba que yo escribiera con facilidad cuando a penas leía. En mi colegio muchos me acusaban diciendo que aquello que redactaba lo hacía otra persona por mí. En mi época de déficit creativo (duró unos tres o dos años) tuve periodos en los que a pesar de que a penas escribiera había días en los que cogía un bolígrafo y narraba poemas o microrelatos.

Creo que lo que me hizo volver a teclear otra vez fue mi cambio de instituto y la introversión que me desencadenó aquello, puesto que nadie se acercaba a mí y tampoco se me concedía la oportunidad de abrirme. En aquel momento me abstraje a mi mundo inteligible y estuve durante mi primer año de instituto nuevo navegando en mi mente imaginándome feliz y con un gran número de amigos.

Según yo fue en aquel momento, en mi instituto nuevo, en el que me di cuenta de lo que yo quería ser de mayor. Escritora. Era consciente de que no se me daba mejor que a nadie y todos los contras que aquello me desencadenaba, pero ¿qué mas da? Lo único que a mi ver contaba era que me gustaba. Así que pienso luchar para vivir de mi arte con uñas y dientes. Además hoy en día publican textos bastante peores que los míos; si esos autores de pacotilla pueden, yo también.

Y ahora me diréis, ¿por qué nos has escrito esta parrafada? Porque estoy desmotivada y cansada de tanto examen; el curso se me está haciendo cuesta arriba. Necesito un descanso.

Me frustra que mi agotamiento secuestre mis ganas de hacer lo que más me gusta; me cabrea y me enrabia pensar que cuando llego a casa de lo único que tengo ganas es de meterme al msn a hablar con mis amigos de internet a los cuales no he visto jamás en persona y echo de menos. Pero bueh, en un futuro sacarme la carrera de filología me servirá para escribir cosas mejores que ésta, así que soy consciente de que necesito ponerme las pilas en los estudios.

Necesitaba redactar este texto para ver si me motivo un poco y ahora que termina el curso me pongo las pilas en el tema escritura. Espero que con esta reflexión consiga enjaular a la perra de mi musa para que jamás me abandone.



 
Mis Escritos Blog Design by Ipietoon