El café es como escribir: amargo y dulce, caliente y suave. Su olor pasa desde la nariz hasta el paladar y, de alguna forma, se siente perfecto. Oscuro, como las ideas cuando se revuelven inquietas, y tibio al tragar con la resolución de una nueva historia. Pasa por la garganta como una delicada caricia, a penas perceptible, y humedece los labios en un beso.
El café son las ganas de contar muchas cosas y no saber cómo ordenarlas; las ansias de imaginar una idea demasiado compleja como para ser expresada solo con palabras, y querer más. El vicio de la creación es marrón oscuro, lleva azúcar y, en ocasiones, leche. El vicio de la creación arrastra oraciones con cada nuevo sorbo. Por eso a los escritores les gusta el café. Quieren beberlo para hacer las cosas más sencillas, menos lentas.
Para los novatos es demasiado amargo y fuerte y no saben muy bien cómo encararlo. Es entonces cuando sopesan si darle más intentos o rendirse. Dependiendo del sendero escogido se convertirán en una persona u otra; decidirán si quieren salir de Matrix o tomar la pastilla azul.
Creo que tengo el bloqueo del escritor; que las ideas, cuando tratan de salir, se topan con una puerta cerrada. Miro muchas veces a la pantalla de mi ordenador y no veo nada, y las ansias de querer contar algo y no saber el qué me queman por dentro. Yo solo quiero subiros al cielo; mostraros la constelación de Casiopea y la Osa Mayor. Pero no, al vacío eso no le gusta. Quiere meterme entre sus fauces blancas y afiladas; quiere engullirme como si fuera una gamba, algo insignificante, un pececillo en el caso de que no le gustaran los crustáceos.
Por eso he decidido rendirme y hablaros de esto; de mi silencio, de la escasez de palabras y la sal. La sal es una constante en la vida de muchos: la llena de olvido, reprimendas y desazón. La sal es el aderezo más frecuente en la vida de la gente perdida, de las personas tristes, que se olvidaron del azúcar. A veces también me gusta mencionar el azúcar; el edulcorante, la piruleta. Cuando tenemos al azúcar no nos preocupamos de las caries, de que el exceso de dicha termine por hacernos daño y caigamos al suelo, y nos golpeemos con el asfalto. Ningún desfase es positivo, nada es eterno. Las cosas suben y bajan e, incluso, a veces nos hacen olvidar lo que está en las alturas y en las aceras. Entonces es cuando nos preguntamos quiénes somos y cómo hemos llegado al punto en el que estamos.
Me gusta extrapolar lo que sentimos a cosas reales, a sensaciones tangibles. Darle el olor a humedad a la tristeza y el arcoíris tras la tempestad a las sonrisas. Eso hace que las cosas se sientan más cercanas, menos letras, menos palabras. Hace que lo que os cuento os sepa al amargo café de un lunes por la mañana o a el chocolate caliente que compartimos la noche de un sábado en diciembre con nuestra pareja, mientras en la televisión titilitan las luces de una película horrible que en el fondo disfrutamos. Luego pensamos, ¿por qué he disfrutado de algo tan simple? Por la compañía, siempre es la compañía el exponente máximo.
Yo escribo a veces porque no sé cómo me siento, ¿sabéis? Se me revuelven las emociones en el estómago y las etiquetas se desprenden. Son inquietas, y me confunden. La mayoría de veces me cuesta ponerle nombre a las emociones y siento acidez en el estómago, siempre en el estómago. Todo se vuelca en él. Cuando escribo todo es siempre más sencillo porque no soy yo, soy otra persona. Porque no son mis asuntos, son los de otra persona. Y todo sale fuera bajo un nombre o una imagen que no es la mía. Y entonces no tengo miedo de enfrentar cualquier asunto, porque da igual; porque nada va conmigo.
Este tiempo he estado sin nada que contar porque mi cerebro no tenía ganas de abrir la boca; se había quedado sin gasolina o, mejor dicho, sin glucosa. Me estreso mucho por los exámenes, por las ganas de tener alas. Quiero volar y me siento tan pesada... Quiero estar libre de ataduras y simplemente hacer lo que quiera con mi vida, y no. Todavía no. Solo espero que llegue el momento del sí. El bloqueo del escritor son ganas de hablar y tener un parche en los labios; son ganas de gritar y carecer de cuerdas vocales.
Con esta entrada, en la que os estoy hablando de mí pero no, espero estar dando un paso al frente para volver a ser la de antes. Para que, cuando termine el infierno de las recuperaciones, todos los proyectos a cuestas izen sus velas y naveguen a buen puerto.
Contempló el folio blanco, impoluto y completamente vacío. Aquéllo le estimulaba de un modo que resultaba difícil de describir. Cada vez que veía una hoja sentía la apremiante necesidad de coger su lápiz, sacarle punta y ponerse a crear. Le encantaba dejarse levar y permitir que sus manos se movieran solas, dando paso a un bosquejo que podría llegar a convertirse en algo encantador. Para él era como magia; aquello se alejaba de lo mundano, de lo real. Le resultaba imposible creer que de un trozo blanco pudieran dar paso tantas promesas de creaciones futuras.
Aquella tarde acudió a la papelería y se dejó invadir por multitud de colores, cachibaches para hacer millares de virguerías, manualidades y accesorios con olor a plástico y típex. De entre todos ellos le llamó la atención particularmente un paquete de hojas preparadas para actuar de superficie en un dibujo de acuarelas. Sin pensárselo dos veces se acercó al estante y sopesó el paquete entre sus manos; inhaló el aroma tan característico de aquellos folios y se dejó arrastrar. Una lenta y prometedora sonrisa se formó en sus carnosos labios, antes de acudir a la caja a pagar.
Cuando llegó a casa quitó el plástico protector de las hojas y sacó una de ellas; era muy gruesa y su textura se sentía rugosa y suave a la vez. Deslizó sus dedos con parsimonia sobre ella para, seguidamente, depositarla encima de su escritorio. Llenó tres vasos de plástico con agua fresca del grifo y los dejó al lado. Tras aquello fue a por su paleta de acuarelas; el magenta y naranja estaban entre quebrados y gastados, mientras que el negro y el azul se podían ver relucir impolutos, reclamando ser usados. Tomó todos sus pinceles y los dejó cerca de su alcance, al lado de un gastado lápiz de grafito. Acto seguido hizo lo que mejor se le daba; visualizó la hoja en blanco y dibujó. Hizo un boceto de un castillo renacentista y quebrado, acompañado por la imagen de una niña desolada con un espejo de plata colgando de su cuello. Centró la mayor parte de su atención en los ojos de la chiquilla, en crear una mirada añeja y rancia como las almendras amargas. Después impuso su empeño en realizar correctamente el juego de claroscuros sobre el pliegue del vestido y el cabello, con la intención de darle veracidad a la imagen.
Cuando concluyó su laborioso boceto se dispuso a hacer lo más divertido: pintar. Cogió un pincel muy fino, sumergió su punta con timidez sobre el vaso y sobre las acuarelas. Tras aquello se dejó arrastrar por el éxtasis de las pinturas y simplemente sintió su obra. La imagen fue tiñéndose por distintos matices y relieves. Repentinamente, el joven sacudió su cabeza exhaltado. Los colores se deslizaron solos sobre el lienzo. Cada pigmento había cobrado vida propia y recorría la imagen con ímpetu y fiereza. Fue en aquel preciso instante cuando los ojos de la niña se centraron en los del dibujante lanzándole una pregunta muda. «¿Por qué me creaste así?, ¿por qué me siento tan desdichada y vieja?», le inquirían con apremiante silencio. La culpa le supo a sal y a algo picante. No, él no sabía por qué la pequeña se encontraba así; simplemente la dibujó sin planteárselo porque había una parte dentro de sí mismo que le reclamaba hacerlo.
—No lo sé —musitó como respuesta en un susurro.
Miró a la niña esperando que le dedicara alguna palabra. Desconcertado, sus pupilas se clavaron en el espejo, que pendía del cuello de la chiquilla, para descubrirse a sí mismo reflejado. El joven tendió su brazo con la intención de saber lo que le deparaba el interior de la imagen.
Las ideas atraviesan mi cabeza queriendo alcanzar la cumbre de mis pensamientos más profundos; me susurran cosas bonitas que me dejan un poco nostálgica y me convierten en un cazador cazado. Hacen que nazcan pensamientos intrincados; con sabor a algo dulce y agrio a la vez. Entonces es cuando se ilumina la bombilla y me entran ganas de coger el teclado. Hay algo dentro de mí que demanda por que esas cosas salgan fuera.
Entonces es cuando intento darles forma, y me pongo triste. Toda yo soy abstracta. Todas mis emociones, mis ideas... Son remolinos de muchos colores, de muchos matices, que las palabras no son capaces de alcanzar. Me dedico vanamente a juntar una letra, y otra, y otra. Para, seguidamente, terminar topándome con frases y párrafos que intentan decir muchas cosas y terminan quedándose a medio fuelle.
Y llegados a esa situación me pregunto, ¿acaso es posible contarlo; expresar todo lo que custodio dentro de mí? No, desde luego que no. Pero por alguna extraña razón sigo intentándolo. Sigo poniendo mi empeño en sacar a la luz algo demasiado complejo para las palabras. Y a veces, algunas veces, parece que lo consigo. Logro que la gente vea el vestigio de una idea que nubla mi cabeza.
¿Y sabéis qué? Eso es lo más bonito. Es preciosa la interminable y desventajosa lucha del escritor. Es maravilloso estrujar los sesos al pensar en una situación, en una emoción o metáfora que calce con algo tan ambiguo y abstracto como lo es el pensamiento humano. Y más maravilloso lo es aún cuando alguna de tus creaciones se logra acercar lo suficiente a lo que quisiste expresar como para volverse una copia imperfecta de la realidad. Eres el demiurgo de un cosmos mediocre; de un universo pobre pero prometedor que anhela alcanzar, sea como sea, el tan preciado mundo de las ideas.
Le estaban persiguiendo. Su ágil cuerpo principesco se deslizó por el bosque atolondradamente. No sabía dónde estaba, de dónde venía o dónde tenía que ir. Se sentía como un satélite; como una luna girando sin su planeta tierra.
Oh, Dios mío... La noche. Era de noche y las tinieblas amenazaban con consumirlo; con absorberlo como si de un agujero negro se tratara. ¿Dónde?, ¿hacía dónde se dirigía? Las ramas de los árboles le arañaron la piel conforme más fue adentrándose en aquel terreno inhóspito y su aliento fue volviéndose más frenético conforme su desorientación se fue volviendo más fiera. Escuchó pasos; alguien iba tras él. Pudo saberlo por el sonido cortante de las hojas secas que se convirtió en un Réquiem a su espalda.
Repentinamente, silencio. Los pasos que iban tras él desaparecieron. Y sintió aquella sensación amarga de incertidumbre; de no saber lo que iba a ocurrir. La ausencia de sonido sólo fue rota por su respiración frenética; por sus ganas de encontrar ese oxígeno que parecía escapar de sus pulmones.
Y cayó. Y el viento acarició su pelo, desparramándoselo por el rostro. Iba a hundirse en el vacío; en una nada repleta de humedad y sal. Fue entonces cuando, perdido y desorientado por la caída, parpadeó. Y se encontró con que las tinieblas se habían teñido de color pastel y con que los espesos árboles del bosque se convirtieron en elementos decorativos de trazos simples y metódicos. La humedad que tanto lo aterraba estaba ocasionada por el mar que besaba un precipicio, al cual estaba destinado a caer. No obstante, en escena apareció la mano salvadora de una princesa de cabello rojizo, que lo miraba con la promesa de que su vida no iba a terminar en aquella escena.
Fue entonces cuando sacudió su cabeza y se topó con un dibujo que él mismo había retratado. En él la amada salvaba al amado de caer a un abismo rocoso repleto de agua y sal. Y en aquel instante se dio cuenta de que aunque nada hubiera sido real su corazón latía como si aquella escena fuera auténtica y de que aquel dibujo contaba una historia que iba más allá que unos simples trazos en el Sai.
La historia de la princesa Soledad tiene un apartado entre bastidores, repleto de ideas vagas y de sonrisas y lágrimas. La historia de la princesa Soledad empezó como todos los buenos cuentos; con una idea de un reino mágico, con un castillo y con la imagen de una bella dama cuya mirada se encontraba repleta de sal. Seguidamente a esto llegaron emociones que eran demasiado intensas para quedarse solo en eso y el afán de dar vida a algo que iba a ser muy grande. Fue entonces cuando aparecieron los personajes principales, cada uno con sus melancolías, y la novedosa promesa de que iban a formar parte de una narración única, llena de todo lo que su autora guardaba bajo llave en su pecho.
La historia de la princesa Soledad, con el paso de tiempo, adquirió cosas nuevas. La más importante de ellas fue la imagen; su imagen. Había sido descrita millares de veces en cada uno de sus tres aspectos pero, aún así, no tenía esa magia de ser tangible fuera de las letras, los puntos y las comas. Y David Ahufinger se la dio.
Su princesa Soledad nació como lo hizo la mía; una noche triste danzando entre trazos vagos. Se formó de algo que se encontraba custodiado muy dentro de él y que ansiaba salir fuera. La creación fue involuntaria, como ocurre con todas las fantásticas obras de arte que llevan tanto de lo que somos. Cuando me mostró el dibujo le dije «Esa es Soledad, ¿verdad?» y él, asombrado ante mis palabras, redescubrió la imagen y se dio cuenta de que su creación estuvo destinada a ser, desde un principio, la monarca condenada que protagonizaba tantos relatos míos.
Se motivó ante aquello y continuó con su bosquejo. Le aportó color, luz, vida... Le dio algo que yo, con mis palabras, no podía conseguir. Hizo que mi princesa se volviera alguien completo.
Extasiada me quedé con el avance de su obra. Inspirada me sentía cada vez que la contemplaba. Era ella. David me había dado a la pequeña Soledad; había conseguido captar cada uno de sus matices de una forma que creí solo posible en mí. La conocía tanto como yo, e incluso me atrevería a decir que tal vez un poco más. Tan solo leyendo mis textos había atrapado su esencia. Durante unos instantes me llegué a plantear si quizá extrajo el alma de cada una de mis narraciones para convertirla en colores y hacer con ellos una paleta destinada a realizar su dibujo.
Y entonces lo terminó, y la magia inundó mi pecho. En mi vida jamás había podido experimentar una satisfacción similar a esta; al hecho de poder verle la cara a un personaje mío, que en un inicio fue únicamente palabras. ¿Y qué más decir? Nada, no puedo decir nada más. Semejante obra me hace plantearme que tal vez mis palabras tengan menos magia que sus pinceladas.