Estación



       Era consciente de tu presencia. Aun a pesar de la multitud de pasajeros del tren mi mirada se fijó en ti, porque de alguna forma me estabas llamando. Era como si las ondas cremosas de tu cabello castaño, tus ojos marrones con destellos claros y la calidez tierna de tu piel supieran que estaba ahí. Se estaban confabulando en mi contra; me gritaban de forma silenciosa para que acudiera a tu lado. Tenía que hacerme la ciega y un poco la tonta. Debía de conseguir engañar a mis sentidos, embotarlos de algún modo, pero me veía incapaz. 

       Y mientras tanto ahí estabas tú, sentado en un asiento del metro, completamente ajeno a mi batalla interna. Una parte de mí sentía que te estabas burlando, que en realidad tenías consciencia de lo que me pasaba y te divertía pensar en los estragos que me producías. Entonces fue cuando te levantaste para bajar de parada y me rozaste el hombro. Creí que iba a desfallecer. Me puse tiesa como un palo y clavé la vista en el suelo sintiendo un cóctel de nerviosismo y vergüenza. A la altura en la que estábamos atinaba a apreciar cómo el aire salía de tus labios en un jadeo lento. Iba a perder el sentido; me quedaban pocos instantes de lucidez. 

       Las puertas del tren se abrieron y millares de pasajeros salieron hacia fuera empujándonos, alejándonos bruscamente. Aquella sería nuestra despedida, o algo parecido, dado que ni siquiera nos conocíamos. Eso fue lo que pensé hasta que sentí cómo tu mano se cernía sobre mi muñeca y vi la imagen de mi rostro confuso y sonrojado en el reflejo de tus pupilas. Abriste la boca y me dijiste algo tan bajito que tuve que leerte los labios. Entonces desapareciste en aquella estación, en aquella parada, y yo tuve la sensación de que me acabas de hacer una promesa silenciosa.





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