Mi Quijote



             ¿Qué hacer cuando me eclipsaste tratando de eliminar a aquellos molinos que pensabas que eran gigantes, temibles y poderosos? ¿Qué hacer cuando me gusta ser tu dama en apuros? Y tratar de recomponerte cuando veo tu cuerpo maltrecho por tu nueva aventura; más dañado por dentro que por fuera. ¿Cómo fue aquella vez, mi Quijote, cómo fue? Te enfrentaste al Caballero de la Blanca Luna. Y perdiste, y moriste. 

             Fue entonces cuando viste una realidad lejana a las historias de caballeros andantes. Y eso fue lo que te mató, mi Quijote, no la batalla. Sabes que la guerra más importante es la que tenemos con nosotros mismos y que si la perdemos nos convertimos en un barco sin timón. Y eso te mató. A mí también. 

             Quiero ser tu Dulcinea, siempre. Quiero que sigan existiendo los malhechores, los monstruos, los brujos; todo. No permitas que se rompa el hechizo; no dejes que la magia desaparezca. No, te lo ruego, no. Sé mi caballero andante para siempre: rescátame de las garras de lo mundano. No dejes que el tedio se apodere de mí.





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