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Hero



        Naciste para ser un héroe, para marcar un hito en la historia. Todo el mundo te observa con admiración, anhelo y envidia. Tu misión es esa. No temerle a nada ni a nadie; luchar y liderarlos hacia la victoria. Pero, en situaciones como esta, dudas. Contemplas a la luna de una noche particularmente clara. Su resplandor ilumina la estepa y puedes escuchar la tierna y dulce melodía de los grillos, que tanto te recuerda a una canción de cuna.

        En momentos como estos tienes miedo del futuro, de las cosas que vas a cambiar. No dudas de ti, dudas de las consecuencias. Dudas sobre si es lo correcto; sobre si el mundo se convertirá en un lugar mejor. Y piensas, te gusta mundo pensar. Piensas si es justa la causa, si llevarse vidas por delante merece la pena. Entonces es cuando vienen las imágenes de los cuerpos inhertes, de la sangre, de las familias rotas. Te sientes mal, pero es tu trabajo. Eres un héroe, un guerrero. Te admiran, sin ti se derrumban. Pero no. Te sientes como un monstruo.

         ¿Qué importa si los astros designaron tu destino como guerrero?, ¿acaso es esa una nueva forma de nombrar a los asesinos? La luna sigue brillando en las alturas, impávida y fría. Los grillos ahora cantan una melodía nueva; más triste, menos ligera. Quieres llorar.  El destino a tus espaldas se siente tan pesado... Ya no sabes lo que está bien o no; la única certeza que tienes es que tras tus batallas dejaste demasiados cuerpos idos, demasiadas almas rotas. 

        Naciste para ser un héroe, para marcar un hito en la historia. Pero estás lejos de sentirte así. 





Estación



       Era consciente de tu presencia. Aun a pesar de la multitud de pasajeros del tren mi mirada se fijó en ti, porque de alguna forma me estabas llamando. Era como si las ondas cremosas de tu cabello castaño, tus ojos marrones con destellos claros y la calidez tierna de tu piel supieran que estaba ahí. Se estaban confabulando en mi contra; me gritaban de forma silenciosa para que acudiera a tu lado. Tenía que hacerme la ciega y un poco la tonta. Debía de conseguir engañar a mis sentidos, embotarlos de algún modo, pero me veía incapaz. 

       Y mientras tanto ahí estabas tú, sentado en un asiento del metro, completamente ajeno a mi batalla interna. Una parte de mí sentía que te estabas burlando, que en realidad tenías consciencia de lo que me pasaba y te divertía pensar en los estragos que me producías. Entonces fue cuando te levantaste para bajar de parada y me rozaste el hombro. Creí que iba a desfallecer. Me puse tiesa como un palo y clavé la vista en el suelo sintiendo un cóctel de nerviosismo y vergüenza. A la altura en la que estábamos atinaba a apreciar cómo el aire salía de tus labios en un jadeo lento. Iba a perder el sentido; me quedaban pocos instantes de lucidez. 

       Las puertas del tren se abrieron y millares de pasajeros salieron hacia fuera empujándonos, alejándonos bruscamente. Aquella sería nuestra despedida, o algo parecido, dado que ni siquiera nos conocíamos. Eso fue lo que pensé hasta que sentí cómo tu mano se cernía sobre mi muñeca y vi la imagen de mi rostro confuso y sonrojado en el reflejo de tus pupilas. Abriste la boca y me dijiste algo tan bajito que tuve que leerte los labios. Entonces desapareciste en aquella estación, en aquella parada, y yo tuve la sensación de que me acabas de hacer una promesa silenciosa.





¿A qué estás esperando?



         La muchacha se quedó sentada a la sombra de un árbol de aquellos que utilizaban para decorar los parques y paliar el efecto de tanto cemento y hormigón armado. Sintió cómo el sol calentaba sus piernas, que sobresalían hacia fuera, y cómo en su espalda incidía la rugosidad de la corteza de la planta. Sonrió sintiéndose diminuta comparada con aquello que la rodeaba; insignificante. Apareció entre aquella neblina  de sofocante calor una imagen, una persona, un rostro. 

         —¿A qué estás esperando? —le preguntó aquel espectro, como haciendo alusión a que estaba embobada mirando a la nada. Como haciendo alusión que aquella era su rutina diaria. Como haciendo alusión a que era una ignava que dejaba transcurrir los días sin penas ni gloria. Como si, tal vez, careciera de algún tipo de ambición.

         Por su parte la muchacha sonrió y pensó que aquella brisa que empezaba a arrebolarle el cabello era más que agradable y que estaba acorde, además, con la humedad del ambiente. Se sentía bien en aquel lugar. Acto seguido se encogió de hombros mirando los ojos de su interlocutor, o lo que fuera aquello, y sonrió de nuevo.

         —Estoy esperando al tiempo, tratando de disfrutarlo en cada momento. Estoy esperando a los días, a las horas, al día y a la noche. A que este mundo sea un poco más justo y menos restrictivo. Estoy esperando ser libre y, por encima de todo, feliz. Y hasta que todo lo que aguardo no ocurra puedes darte con un canto en los dientes porque yo, por mi parte, seguiré disfrutando de esas pequeñas cosas que hacen que esta vida merezca la pena y tratando de quitarle hierro al asunto al resto. Puede que el mundo me diga lo que tengo que hacer pero, de momento, tengo la potestad de decidir si me apetece obedecer o si tengo ganas de invertir mi tiempo en otras cosas menos productivas pero que se acercan más a mis gustos.

         Tras aquella respuesta la joven trató de mirarlo a los ojos y de mesurar cuál sería su reacción. No obstante se topó con un montón de hojas secas que giraban y bailaban la misma melodía que la brisa que jugaba con los mechones de su pelo.





¿Eres feliz?




          La joven ejecutiva miró nuevamente el correo de su portátil; tenía millares de mensajes sin leer y montones de documentos por revisar. Sacudió aborrecida su cabeza y tomó un sorbo de su café favorito, cargado de azúcar para contrarrestar su amargo sabor. Aquella noche, cuando llegara a casa, se tendría que acostar muy tarde para ponerse al día; no podría leer aquel libro que había dejado pendiente o, simplemente, perder el tiempo en el sofá. 

          Conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más cansada y con menos ganas de tiar para adelante con aquella carga: había estudiado una prestigiosa carrera en una prestigiosa universidad, había sido la mejor alumna de aquella generación, había... Lo había hecho todo. Alcanzó la cumbre, el éxito, la fama, y aquello..., y aquello la hacía sentir vacía. ¿De qué le servían tantas cosas, tantos títulos, si no era feliz?, ¿de qué le servía tanto estudio, tanto trabajo, si conforme iban pasando los días se volvía más esclava de lo que tenía que hacer? Le prometieron una libertad falsa; le dijeron que estaría contenta el día de mañana. Y aquello... Y aquello era mentira.

          Con una determinación que se le hizo un tanto extraña y ajena tomó su chaqueta y salió de la oficina. Se deslizó por la acera con la cabeza gacha, balanceando su caro maletín de cuero y resguardada con su gabardina de El corte inglés. Todos los bienes que poseía solo la hacían sentir más vacía incluso; no anhelaba tener dinero, no anhelaba poder consentirse caprichos. En el pasado pensó que no habría nada mejor que no pasar necesidad, que tener un buen sueldo. Y ahora se sentía horrible. ¿De qué le servía todo aquello si ni siquiera lo estaba disfrutando? Su libertad, ella aclamaba solo eso. 

          Repentinamente, algo llamó su atención. Era un tipo vestido con ropa gastada y modesta que estaba arrodillado en el suelo, pintando en el asfalto con tizas un hermoso paisaje con un río inmenso, con árboles de hojas en tonos rojizos y amarillentos que decoraban tanto el suelo como sus propias ramas. Aquella tierna imagen otoñal la hizo imaginarse a sí misma ahí dentro, sin ataduras, libre, inhalando profundamente el aire puro y sin viciar. 

          El tipo parecía concentrado en el dibujo. Su mirada estaba ida, como visualizando dentro de su cabeza aquello que iba a plasmar. La ejecutiva le dedicó una sonrisa rota y se agachó para dejarle un billete de cien euros sobre la lata que había dispuesto en el suelo pidiendo limosna. Aquel hombre se giró hacia ella y le dedicó la sonrisa más sincera que aquella mujer había visto en lo que llevaba de vida.

          —¿Eres feliz? —se atrevió a preguntarle, estupefacta.

          —Todos los días. No hay ni uno en el que no dé las gracias por todo lo que tengo. —El tipo sacudió sus manos, repletas de restos de tiza, sobre su camiseta raída de forma modesta. La ejecutiva se despidió de él titubeante, antes de deslizarse calle abajo y cuestionarse si quizá había llegado el momento de cambiar de vida.












          Aprovecho para pedir disculpas por mi inactividad, creo que ahora mismo estoy demasiado estresada con la vida en general. Las cosas a veces no son como pensamos y, bueno, caemos en crisis existenciales. Solo vengo a comentaros que este blog para mí es muy importante; es el reflejo de mí misma, mi evolución como persona, y me ha acompañado en las cosas buenas y malas. Así que por favor no penséis que voy a dejar de actualizar porque no es así. Muchas gracias a los poquitos que me leéis; sois un cielo. Os quiero.



 
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