Blanco y negro



           Quizá sea el mundo, que simplemente no nos entiende. Nosotros quisimos ser un amanecer en una triste noche de invierno. Y quizá aquella fue la razón por la que nos dolió tanto; por la que sufrimos tanto. El frío es el que nos obliga a ser alguien distinto; alguien roto y perdido. Quisimos ser un amanecer aquella oscura noche de invierno en la que solo el triste halo de las farolas iluminaba las calles. Y dolía ¡Claro que dolía! Como sigue doliendo ser dos personas diferentes que se aman en un mundo demasiado cuadriculado para un nosotros.

           El blanco y el negro, nada más. No existe el gris, ni el violeta. Ni el azul añil de los amaneceres de otoño. Ni el naranja ahumado de las hojas secas que caen de los olivos. Porque ellos solo ven las hojas del ciprés; siempre iguales, siempre verdes. Y olvidan lo especial de las cosas. Y es por eso, cariño, que estamos tan solos.

           Nos dicen que navegamos sobre las nubes cuando ni siquiera han descubierto que sobre ellas es divertido desanclar. Nuestro mundo será confuso y estará perdido pero dentro de él nos tenemos a nosotros. Y nadie, absolutamente nadie, podrá convertir nuestra primavera en invierno.







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