Wendy y Peter





       Te conocí una noche en la que la luna no era luna y las estrellas se habían escondido. Eras blanco, como la luna que no estaba, y te me antojaste un milagro. A tu lado la noche resplandecía y hacías que yo me sintiera yo. Tus ojos de tierra, tu boca de sal y tu sonrisa de azúcar. Ven conmigo a enseñarme dónde se esconden los luceros. Te inclinas hacia mí y sonríes. Tomo tu mano y te siento cerca.

       ¿Quién eres? Busco preguntarte, pero no lo hago por miedo a que se rompa la magia. Tu cuerpo grácil, como un cisne, tu rostro hermoso, como una escultura. Entreabres los labios e inhalas con fuerza. Sonríes, de nuevo, y nos elevamos. Alto, donde se esconden los embrujos de las estrellas, la luna durmiente y otras cosas que desconozco para poder describirlas.

       Vuelas como Peter y yo soy tu Wendy. La primera estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer. El amanecer que llega llega y el sol que nos alcanza. Me miras, triste, y te esfumas. Eres niebla que se desvanece. Alzo mis brazos tratando de encadenarte pero te escurres entre los huecos de mis dedos. No te vayas, quiero gritarte, pero se me olvidan las palabras. 

       La noche, volverás a la noche. Le dirás a los astros que desaparezcan para que solo nosotros seamos testigos de lo que compartimos. Por siempre y para siempre.






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