Lluvia


              —Pero eso no me importa, Odette, porque yo estoy por encima de todo esto. No tengo nada ni nadie a lo que temer.

              —¿Por qué? —Enarcó una ceja, divertida, y después se empezó a mecer en aquel columpio. Sus ojos clavados en las nubes.

              —Porque soy lluvia; la solución a absolutamente cualquier problema. Soy las gotas que caen del cielo y mojan tus cabellos dorados; soy las lágrimas que danzan por tus mejillas y caen en sintonía a tu tristeza; soy el rocío, los charcos del suelo...

              —¿Y por qué? ¿Por qué la lluvia está por encima de todo esto?

              —Porque hace a las cosas más ligeras. Los problemas pesan, caen del cielo, y luego vuelven a las nubes; muy arriba. Los problemas vuelan como las mariposas, y son de gas. Son blancos y, a veces, reflejan el arcoíris. —Odette se balanceó con más ímpetu en aquel columpio. Sus pies no tocaban el suelo y el ángulo en el que danzaba se hizo casi de noventa grados.

              —Quiero volar —murmuró ausente. Sus ojos clavados en el cielo.

              —Entonces conviértete en lluvia. Quiero verte en la tormenta y en la escarcha. En todos lados, Odette. Hazte lluvia y visita todos los lugares del mundo. Volemos juntos. —El columpio se soltó y salió despedida hasta donde me llegaron los ojos. Estiró sus brazos y los meció como las alas de un pájaro.

              —¡Vuela, solo vuela! —grité—. ¡Sé lluvia! 

              Lejos, muy lejos, escuché su risa. Sonreí también yo, antes de elevarme a su lado.









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