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Lluvia


              —Pero eso no me importa, Odette, porque yo estoy por encima de todo esto. No tengo nada ni nadie a lo que temer.

              —¿Por qué? —Enarcó una ceja, divertida, y después se empezó a mecer en aquel columpio. Sus ojos clavados en las nubes.

              —Porque soy lluvia; la solución a absolutamente cualquier problema. Soy las gotas que caen del cielo y mojan tus cabellos dorados; soy las lágrimas que danzan por tus mejillas y caen en sintonía a tu tristeza; soy el rocío, los charcos del suelo...

              —¿Y por qué? ¿Por qué la lluvia está por encima de todo esto?

              —Porque hace a las cosas más ligeras. Los problemas pesan, caen del cielo, y luego vuelven a las nubes; muy arriba. Los problemas vuelan como las mariposas, y son de gas. Son blancos y, a veces, reflejan el arcoíris. —Odette se balanceó con más ímpetu en aquel columpio. Sus pies no tocaban el suelo y el ángulo en el que danzaba se hizo casi de noventa grados.

              —Quiero volar —murmuró ausente. Sus ojos clavados en el cielo.

              —Entonces conviértete en lluvia. Quiero verte en la tormenta y en la escarcha. En todos lados, Odette. Hazte lluvia y visita todos los lugares del mundo. Volemos juntos. —El columpio se soltó y salió despedida hasta donde me llegaron los ojos. Estiró sus brazos y los meció como las alas de un pájaro.

              —¡Vuela, solo vuela! —grité—. ¡Sé lluvia! 

              Lejos, muy lejos, escuché su risa. Sonreí también yo, antes de elevarme a su lado.









Aquel día de lluvia [#‎Cuentiembre‬]


Microcuento dedicado a Cris ¡Feliz cumple!
       
       Aquel día de lluvia la vi desdibujarse con la caída de las gotas. Ella estaba de pie con un paraguas blanco entre sus manos y su cabello, algo húmedo, se mecía al ritmo del viento. Fue entonces cuando cruzó su mirada con la mía y me regaló una sonrisa lenta. La miré como un estúpido y quise decirle algo pero, como un estúpido también, me quedé mudo y estático mientras el agua me empapaba. La observé dar vueltas sobre sí misma; jugando con los charcos, reinventando aquel día encapotado con sus botas de agua.

       Aquel día de lluvia tuve la visión más enternecedora de toda mi vida. Mis ojos se movían apresurados, buscando atesorarla para cuando aquel momento terminara. La chica del paraguas blanco y las botas de agua a menudo intercambiaba miradas conmigo, como diciéndome que los dos estábamos en la misma onda. Yo solo sacudí mi camiseta, completamente empapada, mientras un relámpago atinaba a arañar los cielos. El estallido del rayo explotó y la lluvia se hizo más intensa. La chica, en respuesta a aquello, pegó una patada contra un charco y empezó a elevarse. Su paraguas se encargó de sostenerla mientras emprendía el vuelto. Y yo, patidifuso, solo la miré ascender hacia las nubes grises.




Cometa




       Tomé el cordel, hecho de hilo de palomar, y corrí en dirección contraria al viento con la intención de elevarla alto, muy alto. Quería que se confundiera con los pájaros, que se empachara del azúcar de las nubes, y bailara al son del lento vaivén de una canción de cuna. Surcó las alturas con desdén y elegancia mientras mis ojos se posaban sobre su estructura rojiza, amarilla, naranja, azul... Los colores que la decoraban eran tan vividos que durante unos breves instantes me imaginé viendo el arco iris, en lugar de un trozo de papel pinocho con unos mástiles de bambú.

       Ante aquella hermosa visión de los cielos corrí sosteniendo el cordel entre mis ansiosas manos. Ojalá nunca, por nada del mundo, dejara de bailar entre los astros. Me encantaría que siguiera hasta el fin de sus días ahí, entre los cielos, como recordatorio del fogoso vendaval que mecía mi cabello cariñosamente. Mis pies continuaron moviéndose por aquel inmenso descampado con ansias de más; con fuerzas y ánimos para que aquella hermosa cometa jamás finalizara su viaje.

       Fue entonces cuando el suelo desapareció y fui yo la que volé; la que llegó lejos y se confundió con los pájaros; la que se empachó del azúcar de las nubes y bailó al son de una canción de cuna. Surqué las alturas con desdén y elegancia y pude asegurar, sin lugar a dudas, que nunca en toda mi vida había sido tan feliz.




El secreto de la dama del tutú




        Había una vez una joven llamada Azucena a la que le pesaban mucho los pies. Cuando se ponía a andar tenía que hacer un esfuerzo tan grande, tan grande que sus piernas chasqueaban y chasqueaban como lo haría la porcelana de dos tazas de té chino al impactar entre sí. Muchas veces tenía que arrastrase por el suelo, dado que en ocasiones le daba la sensación de que sus huesos y músculos, no pudiendo soportar semejante esfuerzo, se quebrarían y romperían como el cristal.

        Un día decidió dar un paseo por la plaza de su pueblo. Habían puesto un mercado de objetos antiguos y ajados; de aquellos que contenían esa nostalgia y poder tan característicos de haber existido años y años; de aquellos cuyo destino fue terminar en un desván. Se deslizó por aquel lugar haciendo un notorio esfuerzo por sacudir sus piernas y avanzar entre estante y estante. Sus ojos, hipnotizados por aquel revuelo de objetos, fueron fijándose en cada artículo a la venta, ansiosos ante la expectativa de poder adquirir alguno de ellos.

        Centró su atención, entonces, en un joyero de madera de arce cuya estructura, de un marrón pálido, parecía haber sido construida por un artesano dedicado y sabio. Se imaginó durante unos instantes cómo fue creado: vio a un hombre de manos callosas y mirada honesta; vio cómo lijaba cada tabla de madera y le daba forma con una sierra caladora fina; vio cómo pulía las zonas más ásperas para, finalmente, darle una tierna y delicada capa de barniz. 

        Tras aquello encontró algo que la llamó todavía más la atención: bajo el joyero había una llave para darle cuerda. Extasiada por la anticipación de pensar que contenía una maquinaria en su interior giró la llave. Y le dio una vuelta. Y otra vuelta. Y otra. Y sonó una melodía semejante a una canción de cuna. Y se abrió la tapa del joyero, dando paso a la imagen de una bailarina, que giraba sustentanda por un suelo imantado por algo más que imanes; por magia, pensó Azucena, la bailarina se movía por magia. La melodía sonó fuerte, de modo que no pudo escuchar otra cosa que no fueran aquellas hechizantes notas. Entonces fue cuando Azucena quiso ser aquella mágica bailarina. Lo deseó con todas sus fuerzas; apelando a algún tipo de deidad para que ocurriera el milagro y sus pies en lugar de ser dos losas pesadas de granito se convirtieran en ligeras plumas, propias de los zapatos de Mercurio. 

        Y ocurrió. Durante la duración de aquella canción Azucena pudo volar. Su cuerpo adquirió la misma forma que el de la dama del tutú y se deslizó por los aires alto, muy alto. No obstante, cuando la melodía terminó volvió a sentirse tan mediocre y condenada como lo estaba antes de descubrir aquel objeto único. Se dio cuenta, entonces, de que el joyero debía de ser suyo y de que nunca, por nada del mundo, debía de confesar a nadie aquel secreto.





Caelo




                Te juro que me deslizaba por las nubes. Que mi cuerpo se elevaba cual liviano folio y veía el mundo desde las alturas.  Sí, no me crees, pero yo volaba. Y lo hacía con tanta gracia que los pájaros me envidiaban. ¡Eran de algodón dulce!, ¡las nubes eran de algodón dulce! Las probé y en nada se parecían al vapor de agua que todo el mundo cree que las constituye. Son de azúcar ligero; de edulcorante suave. Iguales que las que probamos en la feria del pueblo, tan esponjosas...  

               Guárdame el secreto, cariño, no le digas a nadie que todas las noches vuelo. Shhh... Silencio, por favor. Si más gente lo descubre perderé mi magia, y ya no podré deslizarme por las alturas. Y adiós. Sí, adiós a toda la felicidad que me regala el cielo. 

             ¿Quieres volar conmigo? Vente, cariño, vente. Contigo iría a cualquier lado, al fin del mundo. Recorramos el horizonte, allí donde se oculta el sol. Quiero enseñarte lo bonitas que se ven las cosas desde arriba; una vez beses el cielo no querrás bajar. Los árboles te parecerán piruletas verdes, de lima limón, los coches gominolas y los edificios..., los edificios cajas de cereales. ¡Cajas de cereales! Y la gente que está dentro de ellos Choco Krispis.




 
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