Mamá



            En aquel hospital, la víspera del día del navidad, Delia clavó sus ojos en los de su madre que, tumbada en aquella raquítica cama, le costaba respirar. Tenía las mejillas y los labios pálidos. Sus pestañas, muy cortas, estaban húmedas. El iris de sus ojos, color caramelo, a penas se veía de lo contraído que estaba. Se movía, además, como si sus huesos pesaran igual que una bolsa llena de piedras. Delia tomó la mano arrugada de mamá para sentir cómo su corazón latía pesado. 

         Una lágrima salió de la perdida Delia, que contemplaba aquella escena como si en lugar de tener cincuenta años estuviera en su infancia. Mamá en sus treinta, acicalándose el cabello rubio para quitarse los enredos. Después se acercaría a la pequeña Delia, que la miraría con admiración «Tienes el pelo muy largo y los labios brillantes». Mamá sonreiría, con su rostro sin a penas arrugas; luego llegaría su respuesta. «Tú también tienes el pelo largo, Delia. Eres una hermosa princesa». Pero Delia ya no era una princesa, sino una mujer divorciada y con dos hijos que habían pasado la veintena. Su madre tampoco tenía los labios brillantes, sino secos y agrietados. Y su cabello de ahora era blanco como la leche. 

          Mamá empezó a cantar un villancico despacio. «La virgen se está peinando, entre cortina y cortina. Sus cabellos son de oro y el peine de plata fina». Su voz era desafinada y floja: parecía a punto de quebrarse. Delia pensó en otras vísperas de navidad, que estuvo celebrando junto a toda su familia. Una familia que se esfumaba como la espuma de mar. Mamá nunca volvería a ser aquella treintañera cariñosa que la llevaba al cine y a la playa. Nunca volvería a ser la heroína que sacó a toda su familia adelante trabajando y siendo ama de casa a la vez, porque el tiempo la había consumido.

           Entonces, mientras mamá seguía cantando aquel villancico, supo que con independencia de lo que ocurriera aquella noche sería por siempre la persona más importante de su vida. Se inclinó hacia ella y besó despacio su frente. «Te quiero» le susurró. Mamá le sonrió como si su cariño le devolviera la vida. Detuvo su canción. «Yo también te quiero».




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