Mamá
4/06/15
La señorita Ahufinger
La señorita Ahufinger se mantuvo callada, contemplando el rostro de su tío sin hablar; éste la miraba con desprecio, desquitando en la joven el odio que tenía hacia su hermano y padre de ella.
La señorita Ahufinger quiso gritarle y decirle todo lo que pensaba de lo que le hacía; proclamar que estaba hasta los cojones de sus gilipolleces y reprocharle su inmadurez al reflejar el cabreo que tenía con su hermano en ella, la única que no tenía nada que ver en el asunto.
Lo cierto era que la señorita Ahufinger ni siquiera había disfrutado teniendo un progenitor atento, pues jamás recordó que su padre ejerciera como tal o mostrara algún interés en ella. Y aún así, su tío la crucificaba afirmando que ella portaba el mismo rostro que su progenitor —siendo ello una burda mentira, pues ella era un calco a su madre—, y aseverando que tenía los mismos defectos que éste.
La señorita Ahufinger retenía sus lágrimas sin reclamar, ya que sabía que si abría la boca tenía las de perder. Y así acaeció la comida familiar en casa de su abuela; con la señorita Ahufinger sentada, vislumbrando su intacto y poco apetecible plato de arroz al horno con bacalao mientras su tío insinuaba que la joven tenía problemas de desnutrición como su padre al estar tan delgada y que era una niña rara, también por culpa de su padre.
Entonces fue cuando la señorita Ahufinger dijo «Hasta aquí», y tomó la determinación de cambiarse los apellidos.
Y seguidamente fue cuando se alegró al pensar que en cuanto hiciera todo el papeleo el «Ahufinger» materno no sería un mero apodo, sino pasaría a convertirse en un elemento fundamental de su DNI.
Lo que no te perdonaré nunca...
—¿Qué quieres? —inquirió Patricia en tono duro.
Beatriz miró a su hija dolida.
—Desayuna algo, cariño; llevas unos meses en los que a penas te llevas bocado a la boca. Estás demasiado delgada.
Su hija arrugó sus labios perfectamente pintados con gloss rosado.
—¿Pretendes que me vuelva una gorda como tú? —la atacó con claro resentimiento—. Seguro que papá te dejó por eso; por lo vaca que estás.
Beatriz bajó su mirada, intimidada.
Ciertamente no sufría sobrepeso; únicamente había engordado dos o tres quilos como consecuencia del verano.
—No me gusta que me hables así, Patricia —hizo una pausa antes de cambiar de tema—. Y sabes perfectamente que papá no se separó de mí por eso; me dejó por estar embarazada de ti; él era joven y no quería responsabilidades.
Patricia ignoró aquel comentario.
—Lo que tú digas… —le contestó con desdén—. Ojalá pudiera largarme de aquí e irme a vivir con él. Odio esta casa.
Su madre se tragó todo el dolor que le producían aquellos reproches tratando de no mostrar algún signo de debilidad.
—Pues entonces vete a buscarle; seguro que te recibirá con los brazos abiertos —le contestó a Patricia con rencor—. Parece que te has olvidado de cuando te dijo cinco años atrás que no quería saber nada de ti.
Patricia enfureció.
—Eso fue por tu culpa; ¡seguro que le dijiste algo a papá para que se alejara! ¡¡Sólo quieres hacerme daño!!
Beatriz suspiró.
—Eso no es verdad. Eres mi hija, y te quiero.
Patricia clavó su mirada iracunda en los húmedos ojos de su madre.
—Mentirosa —pronunció aquella palabra con desgarradora amargura, tratando de achacar las culpas de su déficit de cariño paterno a alguien que sufría aún más que ella aquella forzosa situación.

