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Del tamaño de la mano

 


La primera vez que lo vi, creía que iba a ser mi regalo de despedida. Fue durante uno de mis trayectos hacia el hospital; a través del escaparate de una tienda de tatuajes. Llevaba el pelo oscuro y ondulado, con un lado rapado que dejaba ver la línea firme de su cabeza. Todo en él era piel. Carne dorada, lisa. Brazos gruesos, sin miedo a que les diera el sol. Y lleno de tatuajes. Al principio pensé que era una lástima. Él, que podía tener el cuerpo inmaculado, había decidido llenarlo de tinta. Luego entendí que estaba bien. No había un lienzo mejor que una piel tersa; imposible de romper. Aquello me hizo imaginar siendo alguien distinta. En lugar de llevar mis faldas a medio muslo, me pondría algo de cuero. O un corsé. También tendría el pelo largo para podérmelo teñir de violeta, o naranja, o gris.

Cruzar la mirada con él me hizo regresar a la realidad. De repente, empecé a ser demasiado consciente de mí misma. Pequeña, delgada, toda huesos por la quimioterapia. Tenía una marca en mi cuello por mi última traqueotomía. Dos en mi estómago, de la última vez que tuvieron que darme de comer por ahí. Varios moretones, de las vías que me pusieron la semana pasada. Pero, por encima de todo, la certeza de algo que no iba a volver. Jamás regresaría aquella muchacha despreocupada, con pájaros construyendo un nido en lo más hondo de su cabeza. Llevarían ramitas muy pequeñas para que los pollitos, como las ilusiones, tuvieran una base segura donde descansar.

La primera vez que lo vi, creía que iba a ser mi regalo de despedida. Fue durante uno de mis trayectos hacia el hospital; a través del escaparate de una tienda de tatuajes. Llevaba el pelo oscuro y ondulado, con un lado rapado que dejaba ver la línea firme de su cabeza. Todo en él era piel. Carne dorada, lisa. Brazos gruesos, sin miedo a que les diera el sol. Y lleno de tatuajes. Al principio pensé que era una lástima. Él, que podía tener el cuerpo inmaculado, había decidido llenarlo de tinta. Luego entendí que estaba bien. No había un lienzo mejor que una piel tersa; imposible de romper. Aquello me hizo imaginar siendo alguien distinta. En lugar de llevar mis faldas a medio muslo, me pondría algo de cuero. O un corsé. También tendría el pelo largo para podérmelo teñir de violeta, o naranja, o gris.

Cruzar la mirada con él me hizo regresar a la realidad. De repente, empecé a ser demasiado consciente de mí misma. Pequeña, delgada, toda huesos por la quimioterapia. Tenía una marca en mi cuello por mi última traqueotomía. Dos en mi estómago, de la última vez que tuvieron que darme de comer por ahí. Varios moretones, de las vías que me pusieron la semana pasada. Pero, por encima de todo, la certeza de algo que no iba a volver. Jamás regresaría aquella muchacha despreocupada, con pájaros construyendo un nido en lo más hondo de su cabeza. Llevarían ramitas muy pequeñas para que los pollitos, como las ilusiones, tuvieran una base segura donde descansar.

Cuando era adolescente, tenía dos pechos preciosos. Ni muy grandes, ni muy pequeños. Justo del tamaño de la mano, me solían decir. Aunque aquello siempre me sonó un poco turbio; el típico comentario que haría un señor de bar. Pero ahora echo de menos esas valoraciones, porque me devolvían parte de mi identidad. Me permitían ser algo más que un diagnóstico. Recuerdo que cuando me ponía el push-up, me sentía una supermodelo. Ya no más. Primero, me salió un bulto rojo que se empezó a hacer más grande. Luego, se volvió rosado. Más tarde, rosado oscuro. Me dolía cuando lo apretaba. Y supuraba. Y me dolía. Mirándome frente al espejo, tuve una revelación: supe que aquella parte de mí no iba a durar demasiado tiempo. Aquel bulto era una brecha, que me iba a absorber igual que un agujero negro. Me lo tenían que arrancar. Así que me quedé en una cama con las sábanas blancas, llena de cicatrices y sin nada de pelo.

Año y medio después, estaba frente a la tienda de tatuajes. El desconocido cruzó sus ojos con los míos, tan oscuros que tuve miedo de sus pupilas. Una parte de mí quería creer que siempre estuvo pendiente de mí. Me gustaba pensarme como otra persona; más bonita y valiente, para ocupar la mesa de tatuar. Por eso decidí colocarme frente a aquella puerta de vidrio. Quizá, cuando atravesara el umbral las cosas serían diferentes. Como una polilla saliendo de su crisálida, romperé el cascarón. Aunque jamás fui temeraria. Desde luego, aquello no era para mí.

El tipo se acercó a la entrada para tirar del pomo desde el interior. El negro de sus ojos llevaba escondido una incógnita que no sabía responder. Me juzgaba, y retrocedí. Era un halcón; que me medía con ganas de devorar. Y yo tenía el tamaño de una ratoncita asustada. Las manos pequeñas; los dedos cortos y el cuerpo chato. Intenté encontrar mi voz.

—Lo siento, pero no estoy muy segura de lo que estoy haciendo aquí. No te quiero molestar.

El tipo sonrió con una tranquilidad que me hizo sentir incómoda. Tenía la confianza de quien estaba acostumbrado a que el mundo girara a su alrededor. Sentí que entre nosotros había un muro invisible; una frontera que servía como recordatorio de que no ocupábamos el mismo lugar. Probablemente saldría los fines de semana, quedaría para ver el fútbol con sus amigos y tendría citas despreocupadas con mujeres que jamás pensarían en la última visita que hicieron al doctor. Mujeres con el cuerpo sano y la tez vibrante. Mujeres sin miedo a su reflejo en la superficie del cristal.

Me quedé frente a él con la boca entreabierta; se me habían secado los labios. Volvió a sonreírme, con sus ojos fijos en mis manos, que aún sostenían el pomo de la puerta. Me quería largar de allí; estaba haciendo el ridículo. Era como la protagonista de algún reality show. O la víctima de una broma de cámara oculta.

—No te preocupes, no me molestas. A esta hora no suelo tener muchos clientes, así que estoy encantado de poderte atender. —Hizo una pausa. —No es la primera vez que te veo aquí. Muchas mañanas, al poco de abrir, te veo pasar por el escaparate. ¿Tienes algún diseño en mente?

Tomé aire con la intención de declinar la oferta, pero me quedé floja cuando descansé la vista en sus labios. Tersos, suaves. Todo en él parecía suave. Tenía la barba mal rasurada y unos hoyuelos que florecían en cada una de sus corteses sonrisas. ¿Cómo sería tocarle? Ojalá poderle alcanzar.

—En realidad no estoy segura de si es una buena decisión. Hace un año me tuve que hacer una mastectomía, y me dijeron que sería imposible una reconstrucción porque no tengo demasiado tejido. Pensé que hacerme un tatuaje podría ser una alternativa para que la zona se viera mejor.

Las palabras crecieron con prisas. Tan rápido, que no estaba del todo segura de que me hubiera entendido. Su mirada cambió. Pude percibirlo en cómo se le dilataron las pupilas. Brillaban con pena, con entendimiento. Y yo estaba aborrecida de ver la misma respuesta en los demás. Sin embargo, aquello formaba parte de mí. ¿Alguna vez podría desecharlo? Ojalá desprenderme de mi enfermedad como hicieron con mi carne, y dejar una prótesis en su lugar. Al menos se disimulaba con el sujetador.

—Conozco ese tipo de cicatrices—Se quedó mirando al suelo. —Mi madre tenía una.

De todos los escenarios posibles, aquel no entraba dentro de lo que me esperaba. Parecía tenso; como si le costara haberme respondido. Habría sido mejor que no me hubiera dicho nada. De hecho, yo no tendría por qué saber que su madre también estaba enferma. Pero quiso contármelo. Y me hizo sentir más incómoda todavía. Quizá me quería reconfortar: que supiera que no era la única que había vivido una situación parecida. ¿Qué conseguía con aquello? ¿Dinero? ¿Que tomara la decisión de tatuarme? Quería saber lo que había en su cabeza.; lo que estaba por suceder. Pero tenía miedo de que naciera una grieta sobre mi pecho, que me volviera vulnerable. Porque la necesidad de conectar era tan intensa, que no quería que me terminara de envenenar. Sin embargo, tenía tanto miedo a mi reflejo, como a reconocer que él y yo pudiéramos congeniar.

—Lo siento. —Me gustaría mirarle a la cara, pero no me sentía tan valiente. —Es muy duro. Sobre todo porque, aunque estés curada, cada seis meses hay que ir a revisiones. El miedo siempre va a estar ahí.

No me dijo nada más. Se quedó callado, con sus pupilas fijas en algún punto del cristal del escaparate. Había llegado el momento de irme. Él no tenía ganas de hablar y yo estaba estirando demasiado el chicle. No le apetecería atender a alguien que le recordara cosas tristes. Tampoco le podía culpar. Empujé el pomo de la puerta, con la intención de largarme de una maldita vez. Pero él se colocó frente a la salida. A pesar de que fue un gesto sutil, me dio la sensación de que quería impedir que me fuera.

Acercó su mano para colocarla cerca de mis hombros, a través de mi espalda. No me tocó, pero el peso de aquella piel tostada, con los dedos gruesos y largos, me hizo sentir vulnerable. Podría sentir el calor que irradiaba sin tan siquiera rozarme. Aquel último amago fue suficiente para evitar que diera otro paso hacia la salida. Me quedé suspendida en mitad de la sala, esperando lo que estuviera por llegar.

—Me llamo Lucas. —Sus hoyuelos convirtieron el ambiente en algo más suave. —Llevo tatuando desde los catorce años, así que seguro que estarás cómoda entre mis manos. ¿Por qué no te dejas asesorar antes de tomar cualquier decisión?

No le respondí. En cambio, caminé a través del local como lo haría un cerdito en el matadero. Si me hubieran contado que en algún momento de mi vida estaría aquí, no me lo habría creído. Pero había algo magnético en la dinámica que se estaba construyendo entre nosotros. Quizá era fruto de mi percepción sesgada, o de la necesidad asfixiante de que algo en mi vida tuviera sentido, pero tenía semillas germinando en mi pecho. Las imaginaba creciendo verdes, violentas, con ganas de inundarme todos los órganos del cuerpo. Y, a pesar de estar completamente desubicada, su presencia me transmitía paz. Era un ancla, que me hacía imaginar la posibilidad de existir sin tener en cuenta nada más. Así que, incluso sintiéndome ridícula, tuve ganas de seguirle a través del local.

Mis ojos se deslizaron hacia un acento de la pared, donde estaba el mostrador, que tenía estampado de leopardo. El resto era de color verde intenso, casi insolente, igual que todo lo que no pedía permiso para brotar. El ambiente olía a desinfectante, alcohol y tinta. Densa y metálica. A pesar de que la decoración era excesiva, casi barroca, todo estaba impecable. Demasiado limpio. Casi como un hospital. Por lo menos no era blanco. Tampoco tenía goteros, medicinas, o algo por el estilo. Tal vez aquel aroma era un recordatorio de que había mejores formas de sanar.

Mientras medía cada detalle de la estancia, Lucas sacó un bloc de notas junto a un cuaderno de fotos. Después, me hizo un gesto para que nos sentáramos en el sofá amarillo, que estaba frente al mostrador. Tenía un tacto áspero, parecido a la pana. Con los hoyuelos todavía sobre sus mejillas, Lucas me enseñó algunos de sus diseños favoritos. Había diferentes fotografías y estilos; la mayoría eran con tinta negra, líneas gruesas y sombreados oscuros. Los cuerpos estaban fragmentados; veía un brazo, una pierna, las costillas, el torso… Aquello me dejó desubicada. ¿Podía alguien solo ser un pedazo? ¿Aquel trozo de mí, que me habían arrancado porque estaba enfermo, seguía siendo yo? ¿Sin él, soy la misma?

—¿Puedo saber tu nombre? —espetó, rompiendo el ritmo de mis pensamientos.

—Lo siento, pensaba que te lo había dicho ya. Me llamo Gala. —Su pierna rozó la mía y, durante un segundo, me pareció que nuestras pieles se reconocieron. El vello se me puso en punta; mi corazón dio un salto breve, casi ridículo; los ojos se me humedecieron. Quise sonreír, pero me temblaron los labios.

—Qué nombre más curioso; es la primera vez que hablo con alguien que se llame así.

No le dije nada más. Dejé que me enseñara cada uno de sus diseños, que se explayara explicando qué había en cada imagen para que se sintiera tan orgulloso de su trabajo. Me dio la sensación de que tenía mucho por compartir y pocas personas dispuestas a escuchar. Sin embargo, yo tenía todo el tiempo del mundo. Estaba encantada de arañar cada segundo, cada instante, con tal de compartir aquel espacio con él. Tenía varios dejes al hablar que intenté asimilar para poderlos recrear cuando me fuera. Al emocionarse, inclinaba el arco de las cejas hacia arriba, arrugando su frente. A veces, humedecía los labios hasta ponerme a la defensiva. Y se pasaba las manos por la zona rapada de su cabeza, buscando recuperar la calma cuando se le amontonaban las palabras. Cuando el sol se empezó a arrebolar, me entristecí al pensar que se estaba haciendo tarde.

—Me gusta este —espeté, señalando una de las últimas imágenes. Lo hice desesperada, sin pensarlo mucho, solo para justificar mi presencia aquí. Era un diseño intrincado, con una suculenta enorme, que estaba acompañada de varias más pequeñas. En realidad, aquel dibujo me podría hacer sentir identificada. Una flor dura, casi de piedra; seca, que existía para reflejar el sol.

—A mí también, y además podría adaptarlo al tamaño de tu pecho. —Sus palabras me bajaron las expectativas al suelo. Trajeron de vuelta la realidad.

Quise hacerme un ovillo y solo desaparecer. Ojalá no haberme colocado frente a la entrada. Ojalá no haberle dirigido la palabra. Ojalá no ocupar un espacio en esta habitación. Jamás podría hacerme un tatuaje, porque sería reconocer que estaba marcada. Apenas podía mirarme frente al espejo; con mi pelo castaño, creciendo tímido para cubrirme las orejas. Las pecas sobre mis mejillas, mi frente, y mi nariz. Los ojos marrón claro, de cervatillo asustado. Y mi cuerpo lleno de huesos y cicatrices, que en lugar de líneas eran puertas cerradas. Cuando me colocaba la prótesis sobre el sostén siempre recordaba aquellas palabras, que me repitieron tanto cuando era adolescente: «Justo del tamaño de la mano». Era cierto. Aquel pedazo ocupaba justo el tamaño de la mano, y se había convertido en el vestigio que me habían quitado.

—Lo siento. Creo que no lo puedo soportar. —Me abracé a mí misma, en busca de consuelo. Pero estaba sentada en aquel sofá amarillo, bajo su escrutinio, así que aquella pose estaba fuera de lugar.

Lucas me tendió la mano para llevarme frente al espejo del mostrador. Nos vi a ambos. Yo era la pequeña; él estaba por encima de mí. Aquello me hizo sentir todavía más miserable. Su carne estaba marcada de tinta por las historias que decidió contar. La mía también lo estaba, aunque de una manera diferente. Coloqué la mano sobre mi prótesis, tratando de reafirmar ese lugar que me arrancaron. Mis ojos eran demasiado grandes. Mis labios, demasiado pálidos.

—¿Qué pretendes? —le increpé, molesta—. Me voy de aquí.

Sus dedos se apoyaron sobre la curva de mi espalda. Me sobresalté porque eran firmes, cálidos. No una fantasía sobre no sentirme sola. No una madrugada en mi casa vacía, acompañada por el sonido del televisor. Entonces, me vi reflejada en lo más hondo de sus pupilas. Eran negras. Un pozo oscuro, sin fondo, al que nunca me debería de asomar. En cambio, me estaba mirando. Con mis ojos demasiado grandes y mis labios demasiado pálidos. En su universo, solo estaba yo. Quise ser la protagonista; alguien importante, tan solo una vez.

—No sé si te servirá de algo lo que te voy a decir —suspiró—, pero cuando mi madre salió del hospital, evitaba mirarse. Decía que no era ella, y yo nunca supe cómo responder.

Tragó saliva, visiblemente afectado. Ya no me recordaba a un halcón, sino a un mirlo. Negro, pequeño y vulnerable. Tomó aire, buscando las fuerzas en algún punto del vacío. Conocía tanto aquella reacción como si fuera la mía.

—Tardó meses en comprender que no había hecho nada malo para avergonzarse. Estar enferma nunca fue su culpa. —Alzó sus ojos hacia mí, sin imponerse. Aún así, su mirada era tan intensa que me traspasaba. Un faro, en medio de la tormenta. —A veces creemos que si estamos rotos es porque hemos fallado.

Tal vez los pájaros nunca se fueron; solo cambiaron de sitio. Quizá descubrieron otro lugar en el que poder construir su nido. Me alejé de su agarre, asustada por el peso de sus palabras. Retrocedí hasta que mi espalda chocó con el cristal de la entrada. Entonces, miré hacia la puerta. Vi mi reflejo sobre el pomo: la chica de pelo corto, que empezaba a recordar cómo crecer. Ya no me sentía una extraña.

En un último parpadeo, me vi de nuevo abriendo la puerta por primera vez. Era en uno de mis trayectos hacia el hospital. Pequeña, delgada, y convencida de que él iba a ser mi regalo de despedida. Sin embargo, esta vez, cuando atravesara el umbral las cosas serían diferentes. Lucas se acercó para tirar del pomo desde dentro.

—Quiero hacerme un tatuaje, y que sea del tamaño de mi mano. —Lo dije con la misma voz, pero ahora mis dedos no temblaron.

 

La Ofelia de Hamlet

Parte I: En el cauce de un río

Ofelia supo que su destino estaba ligado al de Ares el día en el que le pidió la cartilla de racionamiento. Iba vestido con su uniforme del ejército: perfectamente planchado, limpio, reluciente. Su pelo estaba engominado, en un intento pobre de ocultar sus rizos rebeldes, y su barba perfectamente rasurada. Sus uñas cortadas. Tenía los ojos del color de la mostaza, con una pupila que reflejaba las nubes amenazando la tormenta. Ella miró hacia el suelo, buscando no desafiarle, pasar desapercibida.

—Familia Vázquez. —Asintió, leyendo la información de la cartilla. —Tan solo una barra de pan. Sin pollo, ni arroz, y tampoco lentejas.

—Es porque solo somos dos. Mi madre y yo. —Ares sonrió con condescendencia, satisfecho por la información nueva. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y escribió algo en la cartilla. La tinta se hundió sobre la hoja como el arañazo de un cuchillo.

—A partir de ahora, dos barras de pan y dos contramuslos de pollo. Los martes podéis pedir lentejas o arroz.

Ofelia no supo cómo reaccionar. Se quedó en blanco, como una polilla cansada de golpear el vidrio de una ventana abierta. Si no veía la salida, ¿verdaderamente existía alguna forma de escapar de allí?

—Gracias. —Supo encontrar las palabras para regalarle su triste respuesta. Aquella voz no parecía suya; era como si le hubieran arrebatado la identidad. Esperaba no volverlo a ver nunca más aunque, muy en el fondo, sabía que aquello era apenas el principio.

A cal y canto; la ventana estaba cerrada a cal y canto.

***

Su nombre era Ares, como el dios de la guerra. «Pienso que mis padres escogieron llamarme así porque estaba predestinado», espetó uno de aquellos días en los que mantenía una conversación sosegada con Ofelia. Ella tan solo asentía, con miedo de llevarle la contraria. Tan valiente que era, tan insolente, tan fuerte…, y se quedaba en nada. En la presencia de la deidad belicista era tan solo un amasijo pequeño porque, como Cristóbal Colón, para conquistarla tuvo que hacerla añicos.

Al principio fue como una polilla hacia la luz: ella brillaba con el resplandor propio del vidrio. Era como el cristal: transparente, reluciente, auténtica. Y, como el cristal, se hizo pedacitos pequeños. Pedacitos mágicos, que no cortaban. Ofelia había llegado al mundo para sanar con su fulgor pero, por desgracia, su llama se estaba sofocando.

Aquella idea latió en su cabeza cuando se despertó aquella mañana sobre el colchón de su habitación. Tenía a Ares al lado, durmiendo a pierna suelta. Quiso levantarse, pero tuvo un pinchazo entre las piernas. Las sábanas estaban manchadas de carmesí; su característico olor a hierro le inundó la nariz. Pensó en la penitencia de sangrar que vivimos todas las mujeres; cómo la fertilidad nos castigaba derramando vida. ¿Iba a ser siempre así? Existía un hilo muy frágil que nos unía a todas y a cada una de nosotras; una cuerda que nos ligaba al dolor, y era roja.

Y quiso aquello para Ares también. Quizá si derramaba sangre empezaría a sentirse unida a él. Por lo menos tendrían algo en común. Así que se imaginó en distintos escenarios; en el primero, era ella quien le mandaba callar con un cuchillo en la mano derecha; en el segundo, el veneno; y en el tercero había cavado una tumba en su jardín. Pero él la quería, ¿verdad? Si tan seguro estaba de todo, aquello debía de ser cierto. Porque desde que apareció en su vida, Ofelia no estaba segura de nada en absoluto. Todo se había convertido en dudas y silencios.

Lo único que sabía era que aquella sangre no podía ser suya. En cambio se imaginó a sí misma, tumbada boca arriba, mirando hacia el techo. El sudor de él caía sobre su pecho. Su calor se sentía como un témpano de hielo. El colchón crujía bajo los cuerpos. Pero aquella sangre no era suya; se había despojado de la sangre. Porque desde fuera, todo era más sencillo. Ella era tan solo una mera espectadora, contemplándose en su herida, en su carne, en su piel. Y aquello tan surreal no podía ser cierto porque si aquel rojo le pertenecía, estaba tan cautiva como todas y cada una de nosotras.

***

Tal vez eran las caras de la misma moneda; dos dualidades construidas para formar a una persona entera. O eso le quería creer Ofelia. Porque a Ares le gustaba toda su ternura, su paz, su perdón. Ella le ofrecía espacio de redención que estaba dispuesto a tomar. Y dominar. Sin permiso; la dominaba sin permiso, como estaba tan acostumbrado ya. Así que no podía alejarse de su lado: si aquello ocurriera tendría que aceptar el monstruo en el que se había convertido o, si quiera, admitir que estaba tan hecho jirones como Ofelia. Y no. Un hombre como él no podía estar partido; su identidad no era un castillo de naipes a punto de derrumbar.

—Eres como yo —se aventuró a espetar Ares aquella mañana, mientras se vestía para acudir a las filas. Ofelia se encogió, ofendida por aquellas palabras.

—No es verdad. Yo no he matado a nadie. —Pero Ares, lejos de sentirse ultrajado, sonrió.

—Eres el espejo en el que me veo reflejado todos y cada uno de mis días. —Miró hacia sus ojos, como buscando reforzar aquellas palabras.

¿Qué quería decir con aquello? ¿Era una declaración de sentimientos? El día anterior le había traído pastas dulces; había escuchado que eran caras y difíciles de conseguir. Ofelia solo le dijo «Echo de menos el café, y las pastas». Ares no respondió; en cambio, al día siguiente tuvo las pastas y una cafetera italiana, todavía vacía. ¿La quería o no? Aquello iba a hacerle perder la cabeza. Desde luego, no tenía la necesidad de consentirla; era ella quien estaba relegada a sus caprichos. Y aún así, le trajo aquel regalo.

Miró hacia aquellos ojos mostaza, indescifrables, y se perdió a sí misma. De nuevo, su cabeza explotó fuera del cuerpo. A su mente acudieron mejores imágenes; cuando vivía con mamá, iba a la escuela y la reñían por mascar chicle en clase. Luego no hubo clases, solo silencio. Y otra vez se vio a sí misma contemplándose a ambos: Ares y la triste Ofelia. ¿Debía, acaso, ahogarse en el cauce de un río?

—Ahogado en el cauce de un río —repitió sin venir a cuento. Aquello la hizo reconectar con su realidad: aquel cuerpo, sus propias manos, se le hicieron ajenas.

—¿Cómo? —quiso saber.

—Me dijo Drusilda que mi vida terminará contigo ahogado en el cauce de un río. Ya sabes que ve el futuro.

—Esa es la Ofelia de Hamlet —musitó—. Recuérdale a Drusilda de mi parte que la próxima vez no seré tan benevolente con su trabajo.
 
Ares abandonó la casa a paso tranquilo, mientras Ofelia se quedó mirando la mesa de la cocina en silencio. Quiso levantarse, pero sintió el cuerpo ausente; las piernas no le respondieron y los ojos estaban fijos en el vacío. «Te dejo», murmuró. «No te quiero. Te dejo». Pero aquello era mentira; pensaba en él como catalizador de cosas demasiado complicadas para articularlas en voz alta. Sin embargo, hablar podía ayudarla a ubicarse en aquella habitación con las paredes insufriblemente blancas.


Parte II: El amor de una bruja


Ofelia estaba triste, y aquello era algo para lo que la bruja Drusilda no terminaba de estar preparada. ¿Cómo alguien que era mes de marzo podía estar triste? Se suponía que era la fuerte, la líder. No un amasijo afligido. No un charco de lágrimas en el suelo. Ofelia estuvo mirando la taza de té sobre el hule de la mesa; del hule a la bebida, y viceversa. Las pupilas color arcilla parecían encontrar algo estimulante en los girasoles estampados, como si quisiera que crecieran fértiles sobre su iris. La aprendiz de bruja se preguntó, vagamente, con cuánta facilidad se podrían encontrar respuestas en las flores. Quizá era más sencillo que en los posos de té. Debía de probarlo, algún día.

—Es un monstruo —espetó Ofelia en referencia a Ares, con su frente arrugada. La boca fruncida, en una mueca que oscilaba entre el miedo y el asco. El brillo del desengaño en su rostro deslumbró cualquier palabra reconfortante que pudiera dedicarle Drusilda, así que guardó silencio, por si la calma era una solución plausible. Sí, lo fue.

—¿Qué vas a hacer? —la apremió, cuando la tensión de su tesitura se hizo insostenible. Ofelia arrugó su frente, otra vez, como si se hubiera olvidado de hablar. Drusilda continuó callada; había veces que la amargura se comía las palabras por lo que Ofelia necesitaba materializar la respuesta a aquella pregunta, qué le doliera. Entonces, y solo entonces, podría empezar a sanar.

—Dejarlo. —Suspiró. —Bueno, no sé si esa es la palabra indicada. En realidad, nunca tuvimos nada.

Ambas suspiraron. Ofelia tomó un trago del té. Drusilda se colocó a su lado, después se permitió dedicarle una mirada de arriba abajo. Había algo roto en ella y tenía miedo que jamás pudiera regresar a su origen. ¿Cuántos nudos se podían hacer a una cuerda llena de mellas antes de que quedara inservible? ¿Cuántas veces, después de rota, se podía seguir usando? Tenía su cabello lacio, castaño, recogido en una coleta alta. Los ojos de arcilla, mancillados y sin girasoles. La piel pálida, las mejillas sin lustre. La boca seca, blanca. Y las pestañas cortas y mojadas. Había lágrimas sin que realmente estuvieran. Había alguien, que era y no era. Su cuello largo, elegante, inclinado hacia abajo. Los huesos de la espalda se asomaban hipnóticos a través de su camiseta de tirantes. Drusilda quiso acariciarlos, pero no lo hizo.

—¿Ves esa separación de los posos de té? Están divididos, como hizo Moisés con las aguas. —Guardó silencio, para confirmar que aquella conversación no era unilateral. Ofelia asintió. —Indican como estás; partida. Aun así, eso no es lo único que me dicen. Después de la rotura, los pedacitos se prolongan hacia casi elevarse sobre las paredes de la taza; como la rosa que nace entre dos rocas. Hay gente, como tú, que ha nacido para sobresalir a pesar de estar en tierra árida.

Ofelia capturó su pupila, como si estuviera redescubriéndola por primera vez en mucho tiempo. Drusilda, eclipsada, quiso decirle lo mucho que la quería. Pero no. Callada, con la certeza de que no era a ella a quien miraba; sino al anhelo de la ausencia de Ares, se dejó hacer. Se dejó tocar, le entregó todo su amor como si fuera infinito. Podía tomar todo lo que quisiera de ella; a fin de cuentas, aquella rosa no solo necesitaba agua para crecer.

Lo primero que hizo fue darle un beso. Ofelia sintió ajena aquella boca sin barba, blanda y suave. Las manos suaves, también, que le acariciaron el cabello con ternura. En realidad, aquello fue como un descubrimiento; como si tuviera a su lado la teoría de la gravedad y no se hubiera dado cuenta. Qué bien se sintió el tacto Drusilda, dulce, recorriendo su espalda. En tan solo una caricia le quitó las prendas: quedó entonces vulnerable, escudada solo por sus huesos y piel. Supo que, hasta aquel instante, no se había sentido jamás tan auténtica. La mirada de Drusilda parecía capaz de atravesarle las entrañas hasta alcanzar su corazón. Llegó para quedarse viéndolo latir, recreándose en su desdicha como si quisiera alimentarse de ella.

La aprendiz de bruja estaba enamorada de la tristeza de Ofelia. Quería tomar a la muchacha para demostrarle que el destino no solo estaba escrito en las estrellas. Quería leerle la felicidad en los lunares de su estómago y después lamerla ahí abajo, hasta hacerle creer que nacieron constelaciones en el techo, lleno de grietas, de su habitación. Ofelia, por su parte, se dejó hacer. Tirada sobre el colchón, abierta de piernas, fue más libre de lo que jamás pudiera haber recordado. El egoísmo la hacía sentir empoderada, irracional y frenética. Lo quería todo para ella. Iba a tomar el placer y exprimirlo hasta perder la cordura: deseaba quedarse tan saciada que no hubiera espacio en su mente para experimentar la desazón.

Entonces, la puerta se abrió. Apareció Ares con su uniforme de militar. La mostaza de su iris recorrió la habitación de Drusilda como quien observa un cuadro costumbrista. Las vio tiradas en el colchón; tan crudas que se alejaban de la fantasía lésbica que tenía el hombre sobre la sexualidad de la mujer. Y le dio asco la forma que tenía Drusilda que acariciar el vientre hendido y moreno de su amiga. Le dieron repulsa los gemidos trémulos de Ofelia, que iban en busca de un anhelo que no llegaba nunca. Pero, por encima de todo, se sintió traicionado: su virilidad se puso en entredicho. Así que quiso castigarlas de alguna forma que le hiciera sentirse a él como sujeto de deseo y devolverles a ellas, en cambio, la condición de objeto de consumo. Alejó a Drusilda de un tirón de encima de Ofelia, para evitar que le revocaran su conquista. Él era el hombre blanco y Ofelia se había convertido en la nueva América. Iba a someterla bajo la mirada de la aprendiz de bruja, que no podría detenerlo.

Entonces fue cuando Ofelia tuvo una epifanía sobre su destino, que parecía estar ligado a una tragedia clásica. Ella era la amante de Hamlet; su futuro no estaba escrito ni en las estrellas, ni en sus lunares. Nació para servir a un hombre y morir por y para él. Iba a ser la Ofelia de alguien que la relegaría a un segundo lugar, donde sus deseos nunca formaron parte de la ecuación. Ares, por tanto, sería el señor de su guerra; de su destrucción y su cautiverio. Ella, como el resto de mujeres del mundo, no necesitaba acudir a ninguna cruzada, porque la tenía en su día a día. Quiso llorar al visualizarse como la concibió Shakespeare: ahogada en un lago. Toda una vida erigida con el propósito de ser un personaje prescindible.

En el marrón arcilla de sus ojos, crecieron girasoles. Ofelia quería diferenciarse de su yo vulnerable, que tanto había visto que pintaban en cuadros barrocos hundida bajo el mar. Así que tomó aire y le dijo que no. Hizo acopio de todas sus fuerzas para quitárselo de encima con una patada en el estómago. Ares, señor de lo belicista, emitió un quejido de dolor. Aprovechó entonces Drusilda para ponerse delante y escudar a su compañera. Ofelia tomó un jarrón lleno de agua y margaritas, que estampó en la cabeza de su Hamlet. Ya no más, quiso decirle con la boca cerrada.

Cayó el cuerpo al suelo, inerte. Tenía el cabello mojado, como si el destino quisiera mostrarles lo bonitos que se verían sus rizos húmedos sobre el cauce de un río. Y así lo imaginaron: sepultado donde nadie jamás lo pudiera encontrar. A aquel Ares, reencarnado en Hamlet, le había llegado su San Martín. Y Ofelia no tendría que sufrir las consecuencias de pertenecerle, como tanto ocurrió en historias pasadas. Lo que siempre había necesitado era reinventarse como alguien distinta: descubrir que en aquella ocasión no había sido ella la destinada a perecer bajo el mar.

Beatriz



             Entro en la consulta, como todos los días. Llevo mi pelo, castaño oscuro, recogido en una coleta que me acentúa el cuello largo y delgado.  Sobre mis hombros huesudos, un vestido de tirantes amarillo. Las ojeras realzan incluso más mi cansancio. Los labios gruesos, pero secos y pálidos. La nariz larga y fina. De tan delicada, toda blanca, me siento como una hoja quebrada por el viento. Pequeña y delgaducha hoja. Hojita enferma, tal cual se me ve.

             Me siento. El tirante de mi vestido cae porque, como dije, soy toda huesos y nada me está bien. Me observas con tus ojos miel. Me recoloco el tirante sin devolverte la mirada; clavo mi iris frío en el parqué. «Buenos días, Beatriz», y asiento. No solo mis pupilas son hielo, sino también yo estoy siempre helada. «¿Podrías bajar el aire acondicionado? Tengo los pelos de punta». Sonríes con cierta incomodidad: el tirón de labios llega hasta la montura de tus gafas, que es azul. Las arrugas de felicidad acarician la comisura de tus ojos y te queda bien. Me molesta. Me gusta. No sé.

             —Siempre se me olvida apagarlo cuando vienes tú. —Eso es un alfiler, aunque no debería de serlo. Probablemente ocurra porque piensas poco en mí; tendrás muchos pacientes. ¿Quién soy yo entre tantos enfermos? Tan solo una más. Ahí plantada, fina, como el papel. Ojalá ser tan fina como para que me engullan los agujeros del maldito parqué. Donde se une cada tablón, caería yo. Y vería la humedad bajo la estructura. Me encontraría entonces con alguna cucaracha bien grande que me quisiera morder. Me miraría con sus ojos de insecto y abriría su boca de insecto. A lo mejor me partiría en dos. O a lo mejor llegaría un ratoncito, de los pequeños y blancos con ojos rojos. Me miraría con sus ojos rojos y yo querría ser su amiga. Siempre me gustaron los hámsters.

             —No importa —miento—. En un rato se me irá el frío.

             —Y, bueno, yendo a lo importante... ¿Cómo estás, Beatriz? Llevaba ya una semana sin verte y me gustaría que me dijeras si has progresado. —Sonrío porque es lo que toca. Sonreír con mis labios secos, rotos. Siempre rasgados porque hablar nunca había sido lo mío. Boca rasgada, de dientes enormes. Así era yo.

             —Hice la lista que me dijiste. De cosas que me gustaban y que debería de empezar a fomentar.

             —¿Qué cosas has descubierto que te gustan?

             —Me gusta bailar cuando llevo falda, porque vuela. Me gustan las faldas y los vestidos por eso. —Hago una pausa para recolocarme el tirante que, por desgracia, se me ha vuelto a caer. —Me gusta mi nombre; suena bien. Me gusta cuando nieva aquí en Madrid: me identifico con la nieve. Es fría y blanca como yo. También me gusta escuchar música triste y llorar mientras me pregunto qué significará su maldita letra en inglés. Y... —Paro en seco para leer el folio donde lo tengo todo apuntado. Me he puesto nerviosa y se me han ido de la cabeza todas las ideas. Sacudo la falda para disimular la incomodidad aunque creo que me hace ver más ortopédica todavía. —Quiero aprender a coser, parece divertido. También me gustaría maquillarme como las chicas que veo en instagram, y tener un pelo bonito. Y..., creo que ya. No he escrito más cosas.

             Me da la sensación de que en tu escrutinio encuentro ternura, junto a cierto paternalismo. Me molesta el paternalismo porque es el pan mío de cada día, así que decido enfocarme en la ternura. Lo que proyecto en los demás no suele ir abanderado de aquel sentimiento, sino de cierta incomodidad y pena. En ocasiones también me miran como si fuera un sujeto de experimentos. De hecho, recuerdo que también lo hiciste tú el primer día que entré por la puerta. Te lo perdoné porque me pareciste guapo y con los guapos es más sencillo hacer la vista gorda; tenéis esa fortuna, los entes superiores. A las enfermas como yo nunca les hacen la vista gorda. La gente es muy intransigente contigo cuando sabe que toda tú estás mal.

             A veces creo que te quiero, pero luego vuelvo a analizar el sentimiento y se convierte en odio. En envidia, rabia, y mucha impotencia. Es una emoción que tiene arraigadas muchas preguntas; la primera de ellas es la más típica de todas «¿Por qué yo?». Por qué tuve que tener yo la mala suerte de estar mal. De ser fea, blanca y triste. De no saber sonreír ni hablar con las personas. ¿Por qué no pude haber sido una chica normal con una vida normal? Y sonreír y enfocarme en tonterías. No tener problemas para ir con la gente. No agotarme cada vez que trato de hablar con alguien. 

             La siguiente pregunta iba más enfocada a ti, aunque yo siguiera siendo el centro. «¿Cómo serías conmigo si fuera alguien sin problemas?». ¿Querrías ser mi amigo si fuera una chica normal? ¿Te caería bien? ¿Te podría gustar? Luego me respondo sola con el rotundo no. No tenemos nada en común, en realidad. Qué esté enferma hace que tengamos algo para relacionarnos: te intereso, porque soy tu trabajo. Ergo, tu interés no soy yo, sino mi enfermedad. Ahí es cuando te empiezo a odiar un poco. Una parte de mí, la más sádica, quiere hacerte daño. Hay una parte en mi corazón que te quiere destrozar. Me gustaría verte siendo tan mierda como yo: seguro que tu sonrisa no sería tan radiante y te costaría bastante considerar esta vida como algo positivo. No serías optimista y te parecerías a mí mucho más. Mi parte sádica sabe que si estuvieras tan triste como yo, quizá me podrías querer. Que, siendo feliz como eres, para mí serás inalcanzable.

             Para terminar hay otro cachito de mí que se conforma con mirarte a lo lejos, con el platonismo, y quiere que sigas siendo así. Creo que es de las pocas cosas que me envuelven que podrían considerarse algo bueno. En la mayoría de ocasiones intento aferrarme a ella para no perder la poca cordura que me queda. Luego veo esos detalles en los que se nota que te importo bien poco; como con el aire acondicionado, y mi lado sádico quiere hacerte arder. Crear una guerra que te parta en mil pedazos.

             —Te gustan muchas cosas, Beatriz. Estoy seguro de que si te enfocas en ellas podrían hacer de salvavidas y te sentirás mejor. —Asiento. Te quitas las gafas para frotarte los ojos; hasta ahora no me había dado cuenta de que estás cansado.

             —Si no te encuentras bien me puedo marchar. Ya nos veremos la semana que viene, ¿está bien?—espeto de carrerilla. En realidad no me quiero ir; me gusta tu compañía. Sé que probablemente no sea recíproco dado tu trabajo, pero está bien para mí compartir un rato a tu lado. Me sabe mal que no estés bien, así que lo mejor sería irme. No obstante me quedo sentada, arañando segundos. Vuelves a colocarte las gafas y a rascarte la escasa barba que tienes en la zona de la perilla. Es un tic, lo haces pero no sé por qué. De tan guapo que eres duele mirarte. Me vuelvo a colocar el tirante. Tus ojos derrapan de mi hombro huesudo, al hielo azul que me regalaron de iris. 

             —Quédate, no es para tanto —musitas. Sonrío reticente, pero acepto. La ternura de tu voz está ahí, asesinando tanto a mi parte sádica, como a la que se pregunta por qué la vida ha sido tan mala conmigo. Solo queda el fragmento de mí que desea que seas feliz.  Quizá, solo quizá, algún día descubra que me quieres un poquito. Solo un poco. Soy pequeña, delgada y blanca: no hace falta demasiado calor para hacer derretir mi hielo.





[Retomando la escritura después de muchísimo tiempo]


           Ofelia tenía tan solo catorce años la primera vez que vio a Daria. Fue en uno de sus discursos, con sus característicos labios pintados de rojo y aquella confianza en sí misma de la que Ofelia tanto carecía. Daria era menuda, delgada —como la mayoría de gente en aquella época de hambruna— y llena de esperanza. Tenía el cabello castaño claro sobre sus orejas, recogido con una coleta en la que no atinaban a entrar todos los mechones. Algunos se escapaban, demasiado cortos y rebeldes para alcanzar la goma del pelo. Sus ojos eran almendrados, algo pequeños, y del azul del mar. Sus pantalones vaqueros estaban gastados, igual que su camiseta raída de tirantes. Pero, aun así, Daria era feliz porque cargaba a cuestas una esperanza que siempre la empujaba a sonreír.

           —Las Damas de rojo estamos hoy aquí para vosotras, no para ellos. Aparecimos como la ilusión que despunta una noche sin luna. Y os vamos a liberar. —Hizo una pausa, solemne. —Qué el Partido no os engañe, mujeres, porque no somos libres. Qué no os engañen los hombres, mujeres, porque estamos doblemente cautivas. Tenemos dos grilletes: el de esta dictadura y el de nuestro sexo.

           Había gente entre el público que la abucheaba, otra que se mantenía en silencio con escepticismo y luego estaba Ofelia, que la miraba con admiración.

           —Es a nosotras a las que nos humillan y violan. Es a nosotras a quienes nos controlan mediante nuestra descendencia; cómo, cuándo y con quién la tenemos. Es a nosotras a quienes siempre nos han impedido ir a la guerra cuando, ignorantes ellos, no veían que la guerra la teníamos en el día a día: en nuestras casas. A veces el peor enemigo era nuestro marido y otras veces lo era nuestra impotencia al ver que no podíamos despegar las alas para volar.

           »Luego…, luego nos dijeron que éramos igual que el resto; o sea, igual que los hombres. Luego nos dijeron que habíamos alcanzado la igualdad. Pero no, compañeras, seguimos en guerra. En guerra para derrocar una dictadura que está dinamitando nuestro ideal de sociedad inclusiva. En guerra contra quienes se aprovechan del yugo de su masculinidad para convertirnos en esclavas. Y yo digo qué no: no quiero.

           »Nos convertimos en las Damas de rojo para recordar a nuestras compañeras, las sufragistas. Ellas se pintaron los labios de rojo aun a riesgo de que las tildaran de rameras o las lapidaran. Ellas se aliaron como compañeras en pos de un mundo mejor. Uníos a nosotras, mujeres.

           Ofelia aplaudió con ganas y, aquella misma tarde, robó el pintalabios rojo de su madre. Tomó entonces la tradición de llevar siempre los labios de aquel color en honor a las Damas de rojo, mientras se imaginaba con la edad necesaria para militar en ellas.   


           Ofelia, agazapada, observó a Ares. Estaba frente a ella con una sonrisa burlona bailando entre sus labios. Era muy alto, mediría por lo menos uno noventa, de piel canela. Tenía pecas en la nariz y en parte de los pómulos, igual que en la zona de los hombros, el centro del pecho y la espalda. Lo había visto sin camiseta cuando iban a nadar a la playa y se había quedado intimidada por la forma en la que se forjaron aquellos músculos. Tenía los pectorales muy marcados, en conjunto con gran parte de sus abdominales. La columna delimitada, también, por sus oblicuos.

           Sus ojos eran grises, como los que tenía su hermano Mercurio. Aunque los de Ares quizá fueran más distantes o fríos; cosa que iba a juego con su carácter huraño. Hacía poco que se había animado a entrenar con él, aunque tampoco estaba segura de estar haciendo lo correcto.

           Todo fue dado por la muerte de Daria. Las Damas de rojo, decían, habían muerto junto a su fundadora. Ofelia, por desgracia, no se había podido despedir de ella. Nunca más se iban a escuchar aquel eco de equidad que tanto aspiraba a representar a la mayoría silenciosa femenina. Una bomba, venida a manos del Estado, había fulminado a gran parte de las integrantes. Drusilda, su amiga, lo auguró en su baraja. Lo triste fue que, como era bruja, la tomaron como loca. Sus palabras, como siempre, caían en saco roto.

           Drusi estaba fumando algo envuelto en papel púrpura: ella lo llamaba Alicia, porque la ayudaba a descubrir la verdad de las cosas. Tenía muchos libros de conocimientos arcanos que la llevaban a memorizar y averiguar sus hechizos; en uno de ellos encontró el origen de la palabra «Verdad», que era considerada antónima de «Olvido». En castellano evolucionó a Alicia, así que tomó a aquel canuto púrpura como si fuera su hija. Exhaló el humo blanco y denso, luego habló: «Acaba de aparecer la carta de El juicio sobre la mesa. —Hizo una pausa. —Acaba de aparecer la carta de La muerte sobre la mesa. Esta semana, habrá una quema de brujas».

           Ofelia no la quiso creer porque, para ser sinceros, a nadie le gustaba asimilar ningún vaticinio negativo. Así que se mantuvo callada, contemplando el humo que inundaba la instancia mientras se preguntaba por qué el Estado castigaba tanto que la gente fumaba, cuando el humo de Alicia tenía un olor tan agradable a lavanda. También se preguntó si siquiera aquello tenía nicotina.

           —La quema de brujas tendrá una gran repercusión en el mundo—la increpó Drusilda, que tomó una nueva bocanada de Alicia. —El colgado sale al derecho, así que sus almas descansan en paz. Las brujas quemadas serán un sacrificio, como en el cristianismo lo fue la crucifixión de Jesús.

           Ofelia parpadeó y volvió a centrarse en Ares, que la acababa de dejar tendida en el suelo. A poca distancia de su rostro tenía el de su amigo; una palabra que siempre le amargaba en el paladar. Ares se quedó mirando los rasgados ojos de Ofelia, el largo y delicado tabique de su nariz y sus labios gruesos y rosados. Bajó entonces la vista hacia su pequeño, aunque insinuante escote. Tuvo el impulso de inclinarse para hundir su nariz en él. Sentir la piel pálida y suave hasta emborracharse y olvidar. Después salió de su ensoñación y se obligó a clavar su iris gris en el castaño de Ofelia.

           —No estás en lo que deberías estar —farfulló, más molesto consigo mismo que con ella—. Creía que desde la muerte de Daria deseabas resucitar a las Damas de rojo; por eso te dije de entrenar.

           Ofelia movió sus manos con lentitud sobre los bíceps de Ares, todavía en tensión por la postura en la que la cubría. Conmocionado, Ares se retiró.

           —Tu cuerpo ha cambiado mucho estos tres últimos años —musitó, sin querer admitir lo amedrentada que estaba por aquella masa de músculos—, probablemente a ti te cojan para la Resistencia; todo el mundo te admira. —Para Ares aquella admiración era agria: estaba aderezada con miradas de lástima por la muerte de sus padres o de preguntas sobre si aquella fue la razón por la que decidió formar parte de la revuelta. En ocasiones tenía la sensación de que el respeto era lo mismo que el miedo, solo que sosteniendo una careta.

           —Hemos cambiado todos, en general —musitó, incómodo—. Cada pérdida se lleva un pedazo de nosotros, hasta que de acumular tantas solo nos quedan jirones. Entonces nos vemos obligados a construirnos de nuevo sin alguna de las piezas más importante de nuestro rompecabezas.

           —Me siento perdida, ¿sabes? 







La melodía de Cristal (Remake)


       Ondeaba en el aire mi recuerdo de Diego. «Muerto, Cristal, está muerto» me parecía escuchar mientras era incapaz de despegar la mirada de su piano.

       —¿Quieres que hable con tu madre para que se lo lleve?

       —No. —Suspiré. —O sí. Tal vez. —Paula me regaló una mirada escéptica y tomó aire muy despacio. Sus ojos, de un tono que oscilaba entre el marrón y el amarillo, en aquellas circunstancias me recordaron al caramelo fundido. Aquello me reconfortó.

       Se hizo un hueco y se sentó en el otro extremo del taburete del piano, a mi lado. Sus manos oscilaron sobre las teclas con una pizca de indecisión y, después, empezó a tocar. Era una canción simple y tal vez un poco ñoña. Me hizo pensar en una nana para un bebé o algo por aquel estilo.

       —Las teclas están sin afinar —repuso despacio, y luego empezó a hacer la escala como si tratara de calibrar la gravedad del asunto.

       —Me gustaría que me enseñaras a tocar.

       Me quedé mirando el piano. Era enorme y pesado; de cola, como se dice. Las teclas claras tenían una tonalidad más cercana al marfil o amarillo que al blanco. Y las oscuras, de un negro intenso y vibrante, me recordaban a los zapatos de charol que llevaba los domingos cuando era niña. La madera lacada era negra, también, y brillaba. En algunas zonas, sobre todo en las esquinas, se podía ver el desgaste de los años sobre la superficie, y aquello estaba bien. Me gustaba ver cómo el tiempo consumía las cosas; era una prueba de que llevaban mucho a mi lado.

       El tiempo también había consumido a Diego, pero aquello nunca me agradó pensarlo. Él sabía que se moría, que perdía fuerzas, pero no actuaba en consonancia. Era como si su espíritu estuviera por encima de su cuerpo y le diera igual los estragos que sufriera. Por eso solía sonreírme y decir «Todo está bien, Cristal. La vida sigue». Alguna que otra vez le quise contestar que aquello era muy grosero. Yo no quería que la vida continuara de aquel modo; sin pedirme permiso. Yo quería un pause; un punto y seguido. Y no estaba.

       Por eso después de su muerte me aislé durante un tiempo. Quizá no ver la vida de los demás me daba la falsa sensación de estatismo que tanto anhelaba. Pero todo era una sensación y, como sensación, nada real. La vida seguía adelante; el tren se largaba de la estación sin mirar atrás.

       —Cristal... ¿Estás bien? —inquirió Paula. Me quedé mirándola en silencio. Su cabello brillante y negro, sus ojos entreabiertos y expresivos, su impoluto maquillaje. Me sentí abrumada y solo guardé silencio. Tan femenina, tan dulce, y me miraba. Caí al suelo y solo lloré. Paula se puso de rodillas, a mi lado. Su olor a colonia y el brillante gloss reluciendo en sus labios. Sus ojos miel, la arruga de preocupación en el espacio entre ambas cejas. Cejas depiladas. Pestañas con rímel. Raya de ojos.

       —Voy a vender el piano.

       —¿Por qué? Dijiste que querías que te enseñara a tocar.

      —Tenerlo en casa no me hace bien. Me siento mal y... No sé. —Paula me miró primero incrédula, después rabiosa.

   —Estoy segura que Diego no querría verte así. Él quería que fueras feliz y tú no haces absolutamente nada al respecto.

      Tomé aire con dificultad; herida por sus palabras. Me ahogaba. Paula me envolvió entre sus brazos y tarareó despacio aquella nana que había estado interpretando antes. Entonces la evoqué dejándose llevar por la melodía. Sus manos acariciaban las teclas en una reverencia. Tenía los dedos largos, delgados y las uñas pintadas. Era muy coqueta, y me daba algo de envidia. Intercambiamos miradas y se inclinó hacia mí. La sentí tan cerca que me puse nerviosa. Olía muy bien y yo desde fuera me vi torpe. Sus labios eran gruesos y su gloss olía a coco. Me gustaba el coco. Miré hacia el suelo. Paula suspiró y sentí su aliento caliente; después la sentí a ella entera. Inclinó su cuerpo hacia mí e, inesperadamente, me besó.

       —Hagas lo que hagas está bien, Cristal; puedes vender el piano. Quizá te ayude a olvidar. —Como respuesta acerqué mis manos a su rostro y toqué con uno de mis dedos sus labios brillantes. Tan hermosa y triste. Tan perdida como yo.

       —Está bien. —Susurré, sintiendo un peso en mi garganta. Luego, sonreí sin que me llegara a los ojos. —Enséñame a tocar.





 
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