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Relinquere




          Si tú me abandonas los pastos dejan de ser verdes y las manzanas se vuelven amargas. Si tú me abandonas la luz se olvida de dónde se encuentra su propio brillo y sucumbe al estallido de las sombras. Si tú me abandonas me abandono también yo a mí mismo. Me convierto en un espectro intangible y liviano sin razón de ser o estar. 

          Mi voz siempre fue el eco de tus labios; mi mirada la pupila de tu iris; mi sonrisa un suspiro lento de tu boca. ¿Qué hacer cuando fuiste tú la que me dio la vida?, ¿qué hacer cuando el altar en el que te sostengo amenaza con quebrarte? No me dejes, nunca. Eres mi ángel, mi patria, la aurora de mis amaneceres y el crepúsculo de mis noches. Quiero que por siempre bailemos el vals de la vida con nuestras manos entrelazadas.

Si tuus relinquis me, non sum.




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          La princesa Soledad se mantuvo callada y un tanto ausente mientras su mirada se posaba sobre un pozo antiguo y sin fondo. Aquéllo que cayera por aquel siniestro agujero desaparecería y se sumiría en un vacío interminable. Se sentó en el borde de aquel atemorizador pozo y pensó en la idea de terminar resbalando, cosa que la aterrorizó. No obstante, ante aquella imagen encontró algo entre mórbido y divertido. El riesgo mismo de caerse la hacía sentir un extraño poder sobre sí misma. En aquel instante lo tenía todo: la gracia para seguir en tierra firme y la incertidumbre de las profundidades del abismo.

          Se sintió como suspendida de un diminuto hilo que la dirigía hacia dos caminos de los cuales no había elegido aún. Y aquello le gustó; le agradaba mantenerse en la cuerda floja, como un ignavo de los castigados cruelmente en la Divina comedia. Ahora podía entender por qué tanta gente pecaba en su indecisión: en el momento previo a la elección lo tenía todo: el sí y el no; la promesa y la realidad. La princesa Soledad quiso poder conservar aquel instante previo a seleccionar un sendero a seguir en la vida pero, no obstante, aquello era  un propósito demasiado grande para sus zapatos.

          Resignada tras aquella reflexión se alzó del bordillo del pozo y le lanzó un suspiro entre la añoranza y el descaro. Quizá en otro lugar, en otra situación y en otro tiempo habría otra princesa Soledad que fuera capaz de descubrir lo que ocultaba el abismo.






 
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