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El secreto de las gotas de agua






          Érase una vez un puñado de gotas de agua que vivían en la más alta de todas las nubes. En aquel grandioso lugar, coronado por el sol y el viento, había una promesa que motivaba a todas las aprendices de lluvia. «Llegará un día en el que os volveréis gordas, frías y relucientes. Y, cuando ocurra, caeréis de lleno al Mundo etéreo», dijo el señor de las alturas, y las gotas de agua se sintieron dichosas. «En el Mundo etéreo no habrá dolor, solo felicidad. Será vuestra recompensa al sinsentido de la vida», añadió de nuevo el señor de las alturas.

          Así pues, pasaron días, y días, y más días. Y llegó el momento. Muchas de ellas se convirtieron en lo que, a fin de cuentas, se hizo su objetivo: en gotas gordas, frías y relucientes. Fue entonces cuando se volvieron demasiado pesadas para estar contenidas por su nube. Cayeron al suelo arañando los cielos mientras emitían un chillido entre horrorizado y desgarrador. «El Mundo etéreo es un sitio horrible, nos mintieron» atinaron a pensar algunas de ellas, antes de impactar contra el asfalto.





El Mundo Etéreo


La mujer maldijo en voz baja; no podía hacer nada. De ningún modo podía evitar la muerte de aquellas personas que estaban junto a ella, pues habían contraído una enfermedad cuya curación era imposible.

La mujer hizo un esfuerzo y construyó una sonrisa tan real que parecía creíble. Con reticencia, pensó que su actuación era lo mejor para aquellos niños, hombres, mujeres y ancianos. Sí. Si poco les quedaba de vida no merecían sufrir.

—Os tengo que hablar de un lugar, maravilloso —empezó en tono de cuento de hadas—, allí nunca hay miedo, hambre o dolor. Todo el mundo es feliz y por ello todos los que conocen su existencia desean conquistarlo. Su nombre es el Mundo Etéreo; en él yacen las almas que se ocultan en el interior de nuestros cuerpos.

Aquellas gentes la contemplaron extrañadas pero a la vez intrigadas por su discurso. La mujer apretó los dientes y clavó su mirada con mitificada firmeza en un punto fijo entre la multitud, para así similar que los contemplaba a todos.

—En el mundo en el que vivimos está prohibido nombrarlo, porque los que nos gobiernan son malos y quieren que pensemos que lo único que tenemos es lo terrenal —tomó aire—. Después de la vida humana hay algo más, y ese algo es hermoso. La tierra es un castigo; cuanto más suframos en ella más felices seremos al otro lado.

La mujer quiso gritar, y se odió a sí misma por pronunciar aquella verborrea de mentiras. La multitud que la envolvía recobró el brillo de sus ojos, anteriormente opacos. Gracias a su farsa aquellas personas serían dichosas lo que les restara. Su estómago se retorció de culpa. Bien, serían felices, ¿cómo consecuencia de qué? La mujer se forzó en no pensar en la respuesta a aquella pregunta.

—¡¡Entonces yo seré muy feliz!! —chilló un niño pequeño que se sostenía con un trozo de madera a modo de bastón—. ¡Perdí a mi hermana mayor y a mi papá! Y por las noches no puedo dormir por la fiebre que me viene a la madrugada.

La mujer asintió, antes de añadir:

—Lo serás, y además; ¿sabes qué? Tu mamá y tu hermana te esperan en el otro mundo. Tendrás dulces y todos los abrazos que no recibiste en vida de ellas.

El chiquillo lloró de la alegría, eufórico. Estaba extasiado, igual que todos aquellos que atenderon al discurso de la mujer sobre el Mundo Etéreo.

La mujer, angustiada, empezó a creer en su quimera, a nutrirse de ella; confiando en que tal vez, si su creencia era lo bastante fuerte aquel lugar se crearía solo y todo el mundo hallaría la paz.









 
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