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El secreto de las gotas de agua






          Érase una vez un puñado de gotas de agua que vivían en la más alta de todas las nubes. En aquel grandioso lugar, coronado por el sol y el viento, había una promesa que motivaba a todas las aprendices de lluvia. «Llegará un día en el que os volveréis gordas, frías y relucientes. Y, cuando ocurra, caeréis de lleno al Mundo etéreo», dijo el señor de las alturas, y las gotas de agua se sintieron dichosas. «En el Mundo etéreo no habrá dolor, solo felicidad. Será vuestra recompensa al sinsentido de la vida», añadió de nuevo el señor de las alturas.

          Así pues, pasaron días, y días, y más días. Y llegó el momento. Muchas de ellas se convirtieron en lo que, a fin de cuentas, se hizo su objetivo: en gotas gordas, frías y relucientes. Fue entonces cuando se volvieron demasiado pesadas para estar contenidas por su nube. Cayeron al suelo arañando los cielos mientras emitían un chillido entre horrorizado y desgarrador. «El Mundo etéreo es un sitio horrible, nos mintieron» atinaron a pensar algunas de ellas, antes de impactar contra el asfalto.





Slow Death



 

Había una vez, una hermosa ángel de inmaculadas alas blancas. Su gesto era pacífico; como el de todos los seres portadores de conciliadora belleza, y tenía unos ojos, increíblemente claros, que contradecían al resto de sus facciones. En ellos se podía vislumbrar el tedio que conllevaba su existencia encerrada en su palacio.

Dicha ángel, como ser celestial, debía de permanecer cautiva en un palacio construido sobre las nubes del ecuador, cuyas paredes eran de etéreo viento, y cuyas ventanas estaban constituidas por gotas frescas de rocío. Así pues, con el transcurso del tiempo y como consecuencia de la reclusión, la belleza de la ángel se extinguió; su sonrisa se tornó de mármol y su semblante de piedra caliza. Había perdido su fuego interior, pues el motor que la impulsaba a seguir viviendo, a seguir sintiendo, expiró. El aislamiento la había matado, dejando tras de sí un cadáver podrido por dentro y cristalizado por fuera.

En aquel palacio del cielo no había ningún ser con vida. ¿Era, acaso, por la cárcel oculta tras sus cuatro paredes? Pretendió, el Dios creador, almacenar todo tipo de belleza en aquel recinto, actuando como si la hermosura no necesitara nutrirse de otra cosa que no fuera aire estéril y rayos ultravioletas. Siendo que, todo lo existente necesita beber de esperanzas e ilusiones. Siendo que, hasta la más bella mariposa disecada, termina convertida en ceniza; presa del polvo y de las polillas.

No apto para menores de 12 años


La Reina de las Nubes

 

Había una vez, una joven que vivía en las nubes. Era feliz: le encantaba estar sentada sobre aquella esponjosa estructura; se sentía cómoda y reconfortada por la incorporeidad del lugar. Todos los días, la joven se alimentaba de algodón dulce, procedente del cielo, y estaba tan delicioso que, al saborearlo, sus ojos brillaban y su lengua se teñía de un color rosa chicle nada semejante al trivial que tenemos todos los mortales.

Aquella joven fue dichosa durante muchos años, hasta que, por desgracia, sus amigas las nubes empezaron a engordar, y a engordar, y a engordar... Se llenaron de agua, y llovió. 

«Chica bajo la lluvia» realizado por David♥

Cayó un torrente de gélidas perlas hacia el suelo, y junto a ellas, la joven entristecida por no poder comer, nunca más, algodón de azúcar. Ahora, estaba en lugar frío y descorazonador: ahora se hallaba desorientada en la tierra; un universo, tal vez demasiado crudo para ella.

Así pues, decidió construir unas escaleras lo bastante altas para llevarle de nuevo a las alturas. Desgraciadamente, no lo logró y se quedó condenada a yacer en una realidad material. A no ser... La joven llegó a la conclusión de que la única solución a su problema era conseguir ser etérea; convertirse en liviana, ligera, sutil y vaporosa, para que el cielo se percatara de que se había olvidado de ella y, de este modo, fuera en su busca.

Acto seguido, y tomada ya su determinación, se tumbó en la hierba verde primavera y clavó su vista en su anterior casa: la nubes. Se puso a rememorar su algodón dulce y la suavidad esponjosa de aquellos días. La joven entristeció, pues terminó dándose cuenta de que ya no echaba de menos al cielo, o al menos no lo hacía tanto como pensaba. Y es que, se había enamorado de lo terrenal; de los jugosos frutos de la simiente, y del mar. 

El celaje se sintió desconsolado cuando vio que había abandonado a la joven, y que por culpa de ello, no quería volver. Emanaron lágrimas amargas de su anterior mundo volátil, y ella, suscitada por la humedad de la hierba, sonrió ante las perlas saladas que caían sobre su rostro.



 
 
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