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Ágape

Había una vez, una sirena con una cola enorme que brillaba junto a la espuma de mar; que resplandecía, iridiscente, entre el oleaje. Su nombre era Ágape y era la ninfa de mar más hermosa del mundo. Le gustaba tumbarse cada atardecer junto a un puñado de rocas que bordeaban la costa, para poder observar la caída del sol. La arena de aquella playa era blanca como la cal y, por ello, a veces pensaba que estaba habitando en una mentira, donde tanto el mar como el litoral eran un escenario de teatro bajo el que estuvo cautiva a lo largo de su vida; como si de un sujeto de experimentos se tratara.

Un día, llegó un marinero cuando el sol estaba a punto de rozar el horizonte. Mientras, el cielo tiñó las nubes con el arrebol de quien derrama una copa de vino sobre el mantel de la mesa. Ágape, nada más ver al marinero, pensó en que llevaba las mejillas idénticas al cielo; de un rojo propio de alguien que era tímido, pero no. Con curiosidad, se acercó hacia él y extendió aquellas manos mágicas que tenía por ser mitad anfibio, mitad humana. A su nariz llegó, entonces, el aroma del vino. Así que pensó que aquel desconocido era como el crepúsculo, porque sobre su estructura se había derramado también una copa de vino. Por lo que alcanzaba a deducir, el rojo llegaba solo bajo la premisa del alcohol.

El desconocido rio, y rio. Ágape, en cambio, no sonreía ya. Asustada por la conducta del marinero, trató de alejarse de él. Pero no pudo. Usó las manos de humano, que tenía por ser un triste mortal, para tratar de aprisionarla. «Te voy a comer», balbució. Y la sirena sopesó aquel susurro como quien reconoce que, en ocasiones, se podía devorar de otras maneras. Y quiso estar bajo el escenario de un teatro, donde todo fuera un desengaño. Quiso ser la mejor actriz del mundo bajo aquella costa de arenas de cal. Entonces, se vio a sí misma desde fuera de su cuerpo: como si su alma hubiera abandonado la realidad material que la estaba sosteniendo.

Y el marinero la tocó como a ella no le gustaba. Y quiso comérsela, pero gritó. «¡El marinero me quiere comer!», aunque tampoco no ocurrió nada. Porque a pesar de que hubiera gente a su alrededor, sus cantos de sirena pasaron desapercibidos. ¿Quién iba a creer a un ser con la mala fama de hacer a los navegantes perecer bajo las olas? Muerta, como el monstruo que era, recibiría su castigo merecido. Por provocar. Por encandilar. Por enamorar. Así que Ágape, desesperada, desgarró al marinero hasta partirlo en dos. Y descubrió que la sangre del cadáver olía a camelias y sabía todavía mejor.

El arrebol del océano se mezcló con el arrebol del cuerpo inerte y el vino. Aquel atardecer, que tanto la atormentaría a lo largo del tiempo, había adquirido matices borgoña. La tristeza de Ágape también absorbió aquel color, que iba a ser distintivo en su cola como recordatorio de aquel suceso. Y, mientras tanto, el resto de humanos contarían historias sobre el horrible corazón de las sirenas, reforzadas por la muerte de aquel tipo. 

 

Aguamarina



           Había una vez una ciudad enferma. La ciudad enferma tenía las calles de color gris; el césped de los parques seco y los columpios y toboganes, hechos de metal, oxidados. Las calles tenían mucha suciedad porque a nadie le importaba que hubiera bolsas de papel u hojas de periódico sobre las aceras. Los urbanitas también eran de color gris y se les había quedado la voz atorada en la garganta. No podían expresar cómo se sentían con palabras y, al no decirlo, era como si aquellas ideas no fueran reales. Entonces todo se disolvía en un pozo muy profundo que dejaba a la desidia campar a sus anchas.

           Aquella ciudad enferma tenía a una muchacha que era la corazón de la ciudad. «La», porque era mujer y le gustaban más los artículos en femenino. Su cabello aguamarina estaba lleno de tirabuzones; su piel, también aguamarina, tenía escamas; sus ojos eran enormes y brillantes como dos luceros y su boquita de piñón era de color violeta. Tenía, además, unas pestañas de plumas de pavo real. Era muy especial la corazón de la ciudad, pero también estaba enferma. 

         Un brujo la había hechizado y la había vuelto de color naranja. Entonces, la corazón de la ciudad tuvo fiebre junto a una imposible jaqueca. Porque si no era aguamarina perdía la magia. Por eso la ciudad se había puesto tan enferma: no podía estar viva si no tenía a la corazón latiendo con fuerzas. Los urbanitas, antes de que se les atorara la voz en la garganta, se habían rebelado al embrujo sin conseguirlo. Luego llegó su desgracia en forma de un gato gigante, que se comió sus lenguas y les obligó a olvidar las palabras. 

          Un día, la corazón de la ciudad subió al rascacielos más grande de su urbe. Se puso de puntillas y contempló al sol que, por desgracia, también era gris. Tan triste estaba por no poder ver el resplandor de sus rayos que pensó en hacer un sacrificio. Extendió su cabello y, con pesadumbre, tomó unas tijeras para cortar sus lustrosas hebras. Después las lanzó al astro rey, a la espera de que el color coronara su estructura. El sol, conmovido por recobrar su amanecer naranja, empezó a llorar. Llenó el cielo de nubes en tonos rojizos y amarillentos, que lanzaron lágrimas.

        Así pues, la ciudad se llenó de agua, y más agua. A la corazón de la ciudad le nació cola de pez y, junto a ella, empezó a recordar el júbilo que había desaprendido por el hechizo del brujo. Sonrió entre las olas que emergían de los edificios. Sonrió tanto que el hechizo dejó de ser pesado y el aguamarina regresó sobre sus escamas. Junto al aguamarina regresaron el resto de colores y el latido de su corazón se hizo más pesado. 

          Se dejó llevar por la corriente de agua hacia la costa y se puso a jugar con delfines y caballitos de mar. La corazón de la ciudad se había convertido en una maravillosa sirena que se alejó de la superficie porque se sentía prisionera en tierra firme. Los urbanitas, tristes por la pérdida, empezaron a coleccionar conchas y caracolas porque era lo único capaz de sintonizar los latidos de la corazón de la ciudad, que ahora yacía en medio del océano.





 
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