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           Te miro a lo lejos, princesa, y te envidio. Eres hermosa; cualquiera querría ser como tú. Tus ojos azules relucen con jovialidad y tus hebras de miel son suaves. Tienes dinero. Tienes belleza. Tienes juventud. Y yo te miro desde la distancia sintiéndome mediocre. Soy una bruja malvada morena, bajita y torpe. Tengo una verruga en la nariz. Mi pelo es negro y está lleno de canas. Mis arrugas, por el estrés y la tristeza de llevar una vida demasiado cruel, son una imperfección que siento amarga.

           Yo solo quiero ser hermosa como tú, princesa. Pero no lo ves, y por eso te odio. Desde tu torre de marfil has sido nuestro modelo de referencia; tu belleza, nuestra meta. Es por eso que siempre, antes de juzgar al cualquiera, me comparo físicamente con los demás. Por eso te odio, princesa. Por eso te dejo sin príncipe; te convierto en cisne o te encierro en un castillo. ¿En cisne por qué, si tendría más sentido que te castigara con un animal horrible? Porque hasta los embrujos me limitan. Te volviste intocable en lo superficial, aunque en lo emocional algo menos. Puedes estar sola años sin que nadie te quiera; puedes sufrir esclavitud, abuso o violaciones. Pero ser fea nunca, princesa, porque es una de las máximas que te representan.

           El caso es que da igual lo que haga contra ti o las razones detrás de mis actos. Da igual que la sociedad sea injusta con las brujas. Da igual que la sociedad convierta en feas o prostitutas a las mujeres que quieran cosas tan esenciales como la libertad que reclamó en su día Lilith o el afán de ser tan inteligente como un varón. Espero que algún día comprendas el peso de mi ira y, con el tiempo, aprendas que lo mejor que podrías hacer es dejarme ganar.





Latidos


       Te tomo por el cuello y te estampo contra los ladrillos la pared. Te retuerces sin aire. Me miras con tus ojos oscuros y me olvido entonces de quiénes somos. Pupilas dilatadas, boca reseca. Un jadeo. Buscas aire porque no respiras. Retengo el oxígeno y me quedo también sin aire. Tienes el pelo húmedo por el sudor; estás horrible, cariño, pero sigo viéndote perfecta. Me miras con tus ojos oscuros y fuerzas una sonrisa muerta. Muerta, como mis augurios de futuro.

       Acerco mi rostro hacia tu garganta, donde te estrangulo con mi mano derecha. Pum-pum. Pum-pum. Te miro con mis ojos oscuros, también, y siento cómo tragas saliva con dificultad. La sonrisa se ha borrado de tus labios. Quiero probarlos, pero no lo hago. Intentaste matarme, cariño, y ahora estás horrible. Aún sigo viéndote perfecta. Me suplicas por tu vida con aquella pose. Inocente, lo que nunca fuiste, lo que nunca seremos. Pum-pum. Sigue latiendo pero dejará de hacerlo. Siempre te amaré, ¿lo sabes?

       Ese nosotros se marchitó cuando blandiste aquella navaja. Tan perfecta cicatriz me dejaste en el pecho que no puedo hacer otra cosa que atesorarla. Llegó la hora, cariño. Te inclinas hacia mí y algo muerde mis entrañas. Tu navaja me saluda, de nuevo, y caigo al suelo. Jadeo. Pum-pum. Pum-pum. Nuestros latidos se revolucionan, se acompasan. Los escucho como música mientras siento un intenso mareo.Te incorporas con dificultad mientras sacas la lengua para lamer el filo de tu navaja. ¿Es dulce, cariño? Quiero preguntarte, pero colapso en la acera. Bésame, lo necesito. Te pierdo, me pierdo, y no quiero.




Pacto


            Moribunda en aquel callejón arrastré mi cuerpo hacia la esquina más alejada del halo amarillento de la farola. Me dejé caer sobre el grasiento y maloliente asfalto y tomé una forzosa bocanada de aire. Cada respiración me acercaba más hacia el final de mi existencia e, inexplicablemente, lejos de sentirme temerosa solo estaba cansada. Mis ojos pesaban y mi pulso vibraba en un ritmo caótico, desenfrenado; podía sentirlo en la garganta. Desaceleré la respiración hasta convertirla en un jadeo apenas perceptible. Tosí una, dos, tres veces. Tosí otra vez y jadeé casi al mismo tiempo. Conmocionada, terminé cerrando los ojos.

            Me ardía ahí, entre las piernas, donde un reguero inmenso de sangre corría como si fuera un océano implacable. Se iba, aquel líquido se iba, y yo junto a él. ¿Quería morir? Sí y no. Nada, no había nada, salvo los estallidos de mi histérico corazón y el cansancio. ¿Quería morir? Sí y no. Quería que aquella situación terminara y olvidar aquellas manos negras sobre mí, envolviéndome; haciéndome daño. Y el desgarro, los golpes, sus frenéticos embistes. ¿Qué más daba que quisiera o no morir? Iba a hacerlo de todos modos; tenía los segundos contados. Dejaría un cadáver patético en el asfalto; sudado, sangrante, maltrecho.

            Sentí una gélida respiración sobre mi nuca. Me tensé, o traté de hacerlo con las escasas fuerzas que me quedaban. Abrí la boca con la intención de escupir algo que debía de ser un insulto, aunque una parte de mí me señalaba que lo más inteligente sería una súplica. Rogar por mí, por mi vida. No, no iba a hacerlo. Mi orgullo era tan palpable como un muro de hormigón.

            —Te mueres —musitó el desconocido de aliento frío. Quise darle una respuesta mordaz y exteriorizar mi enfado por haberme hecho aquello pero, cuando alcé la vista, atiné a percibir que aquel tipo no era el mismo abusador con el que me crucé instantes antes. En respuesta humedecí mis agrietados labios. Mi saliva en aquellos instantes era inexistente, densa.

            El desconocido se arrodilló y aproximó su rostro hacia mi garganta. Lo sentí inhalar en una bocanada de aire frío que terminó poniéndome los pelos de punta. Acto seguido movió su mano derecha hacia el reguero de entre mis piernas y humedeció su dedo corazón. Se llevó el dedo a la boca y lo paladeó.

            —¿Te gustaría vengarte? Tener más tiempo y humillarle.

            Quise hablar, pero no me quedaban demasiadas fuerzas. Me sacudí tratando pobremente de asentir. Claro que quería vengarme, cualquiera en una situación así desearía aquello. Muerte, deseaba su muerte tanto como ella ahora mismo me velaba. El desconocido aproximó su boca a la mía y le propinó un lento lametazo. Aquello era algo enfermo y tan extraño. Actuaba como un niño con una chuchería y, de haber estado en condiciones para huir, habría intentado escapar de aquel tipo. Se regodeaba en mi situación; como si fuera un dulce que acabara de descubrir.

            —Te sientes tierna —me susurró al oído con su aliento de nieve.

            Nuestras miradas se cruzaron. Amarillos; sus ojos eran amarillos como los de un gato, y supe inmediatamente que nada de lo ocurrido en aquellos instantes era normal. Que con la aparición del tipo acababa de cambiar el rumbo de mi destino y que, quizá, la consecuencia de aquello iba a ser algo demasiado lejano para mi entendimiento. El desconocido me besó y sentí cómo algo de mi calor se desprendía a través de mis huesos. Frío, tenía mucho frío.

            —Tomaré esto como un trato. No te preocupes, hermosa, los dos saldremos beneficiados.







 
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