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Impasible




La princesa Soledad era impasible; parecía gélida como una roca. Daba la sensación de que nada era capaz de quebrantar su indiferencia ante el mundo. Su vestido blanco e incorpóreo ondeaba al son del viento y de la carencia de sentimientos que destilaba. No obstante, aquello no era más que una simple careta: su cuerpo era una carcasa perfecta; una carátula aparentemente inquebrantable por la que era imposible que se filtraran sus sentimientos de dolor, rabia e impotencia.

Quiso arrancarse su vestido, su cabello y su piel; que la gente viera lo que había dentro de ella. Anheló que todos sus tormentos se escaparan e hicieran mella en sus alrededores.  De este modo, la gente descubriría la verdad oculta bajo su rasgado traje de princesa etérea. De este modo, el veneno saldría fuera y se iría lejos, muy lejos. Y desaparecería por el horizonte a un lugar donde ella esperaba no verlo jamás.

La princesa Soledad sintió que en su pecho se abría una breca profunda, negra y supurante que lanzaba esputos espesos como el alquitrán. Aquellos esputos eran corrosivos; cuando tocaban algún objeto lo malograban transformándolo en cenizas. Y eso asustó a la princesa, que se arrepintió inmediatamente por haber deseado que su amargura saliera.

Intentó sellarla, juntar los extremos, pero aquello fue un intento vano. Su herida lanzaría ponzoña durante mucho tiempo y lo único que podía hacer al respecto era intentar evitar que no salpicara a los demás. Se había convertido en un monstruo. 



Descansa príncipe...




Convierte estos versos
en una nana
que te proteja de la tristeza,
que te dé esperanza:


Descansa príncipe
esta madrugada;
descansa príncipe
con estas palabras.

Quiero desearte
desde mi cama
que duermas tranquilo
entre tus sábanas.

Como ya sabes
eres mi vida
y por ello cuido
tu alma dormida.

Descansa príncipe
esta madrugada;
descansa príncipe
con estas palabras.

Quiero desearte
desde mi cama
que sueñes conmigo,
que no me eches en falta.








Recortes


        
         La hora del té nunca había existido y el conejo blanco con reloj únicamente fue producto de su imaginación. Alicie tenía que crecer, y el reconocimiento de la inexistencia de esas dos cosas era fundamental en el proceso. Nunca más pintaría las rosas de rojo en el jardín de la Reina de Corazones; jamás podría volver a sus disputas incoherentes con el sombrerero y tampoco volvería a reflexionar con Chesaire sobre cuál es el camino que ha de seguir.

         Todo lo importante de la vida de Alice, tras su crecimiento, se había tornado una mera quimera; una inocente fantasía en la que estuvo viviendo desde que tenía uso de razón. Posiblemente, aquella ilusión no fuera la más maravillosa del mundo, ni tampoco la más divertida, pero aún así era suya y, desde siempre, había sido la parte más importante de ella misma. Y ahora, ¿qué le quedaba por hacer? Reconstruir su nuevo yo y asentarlo sobre la solidez amarga de la realidad del mundo adulto.

         Alice, sentada a la sombra de un frondoso árbol, miró su cuaderno repleto de dibujos. Y tuvo nostalgia, y quiso regresar a Wonderland donde todo era más sencillo, absurdo y hermoso. Ojalá pudiera volver atrás. Ojalá el tiempo dejara las cosas tal y como están.


        Aquella ciudad era enorme; los edificios parecían alcanzar el cielo, la estratosfera, el espacio, el sistema solar... Y, aún siendo tan altos, daba la sensación de que para ellos no era suficiente. Necesitaban ser más que colosales; medir tanto como para tener que crear una nueva escala de altura para poder catalogar su magnitud. El aire era frío, metálico y sabía a carburante y a algo extraño y ácido.


         Me aproximé titubeante al enorme bloque de pisos que se había convertido en mi hogar. Una vez
llegué a la entrada del edificio contemplé su portal; las paredes eran de un tono ocre repleto de grasa y el suelo estaba hecho por un material que era, o parecía ser, un sucedáneo barato del mármol. No me gustaba en absoluto aquel recinto; cuando me encontraba bajo su tutela me sentía gélida y vacía. Era como si tuviera algo que absorbiera fieramente mis entrañas, y las cambiara por vísceras huecas y sin valor.

         Con nostalgia rememoré aquellos tiempos en los que fui libre; en los que habité en un hermoso monte verde y extenso. Me gustaría regresar a aquel paraíso vegetal en el que todo era más sencillo, más bello y, a la par, más efímero. La rigidez y durabilidad del cemento me mataba por dentro. Ojalá se destruyera para dar paso a la naturaleza; a la vida, a la esencia. Ojalá el mundo dejara de pudrirse y hacerse escombros de hojalata y latón; de hombres con traje de chaqueta y hamburguesas del Mc Donalds.


         Te duele. Puedo verlo en tus ojos. Puedo intuir, incluso, que te resulta insoportable; que no puedes más. Sientes que vas a explotar por la tortura a la que te están sometiendo. Y yo me quedo mirándote como una idiota. Y no hago nada más.

         Pero cielo, no es que haya actuado así porque no me importe lo que te está pasando; es... Simplemente estoy en blanco. No sé qué hacer. Siento cómo los nervios hierven en mi afuero interno, y me incapacitan; y me hacen sentir más idiota que de costumbre.

         Quisiera abrazarte y mecerte entre mis brazos. Sí. Me gustaría que aquello bastara para que desapareciera tu tortura; para que aquel daño que sufres se desvaneciera como una nube de polvo absorbida por una aspiradora. Pero no puedo y, ¿sabes por qué? Porque eso no bastaría. Porque si te encerrara en un abrazo te dolería más: ambos sabemos que lo que menos necesitas es moverte. 

         Pero, de todos modos, es un sueño; mi sueño. Mi inocente fantasía. Mi quimera personal. Y es tan bonita... Ojalá pudieras estar conscientemente en ella. Seguro que, de ser así, me dirías que estás muy contento por estar tan cerca de mí y añadirías, después, que huelo bien. Y luego soltarías algún comentario picante al que yo terminaría contestando «Tonto» y, seguidamente, golpearía tu mejilla de manera juguetona.

         Me gusta mucho esa irreal escena; se ve hermosa dentro de mi cabeza. Daría cualquier cosa por que fuera real. 

         Odio ser tan torpe y tonta a veces. Perdóname, cielo. Ah, y no se olvides de que te amo, mucho. Mi pequeño Davido Ahufinger ♥




         Echo de menos oír tu voz, que solía decirme «Te amo», antes de que tus brazos me elevaran por las alturas, dándome vueltas. Me gustaría sentir esa sensación de nuevo; y pensar, mientras se levantan mis pies del suelo durante unos segundos, que no somos nosotros los que estamos girando, sino que el universo es el que es mecido en nuestra órbita. Y, entonces, engañarme y creer que el mundo es un satélite que nos adora, del mismo modo que lo hace la luna con el sol.

         Me siento sola y perdida cuando no estás. Te necesito como guía hacia la luz. Hacia la felicidad. Hacia el mundo de las ideas, donde todo es perfecto y no existe el dolor. 

         Quiero que vuelvas. Que dejes de tener ese tubo metido en los pulmones y te recuperes. Y me abraces. Y me hagas pensar que, durante unos instantes, mi aborrecedora vida de estudiante universitaria es similar a cualquier novela de aventuras y acción que vende tanto mi madre. 

         Ojalá pudieras leer esta publicación ahora. Ojalá estuvieras aquí conmigo y fuera yo, en persona, la que te la enseñara.



         Cuando miraba a Irene no veía otra cosa que no fueran cactus. Las lágrimas que salían de sus ojos me recordaban a esa planta, y aquello no me gustaba en absoluto. La psicóloga me dijo que si veía un cactus en los demás era porque ellos se sentían igual que cuando yo lo tenía por dentro. Eso no era bueno y, por tanto, mi obligación tenía que ser evitarlo. Era su amiga y, como tal, tenía que hacer esas cosas, ¿no?
      
         Una vez identifiqué el problema de Irene, pensé en qué tenía que hacer para conseguir que en vez de esos cactus aparecieran rosas. Las rosas estaban cada vez que alguien sonreía, y las relacionaba con esa alegría y satisfacción que sentía cuando había tortitas para desayunar. Todos los miércoles mi madre me las hacía con caramelo y chocolate y, de no ser así, aparecía mi cactus y me ponía nerviosa. Podría decir, por tanto, que los miércoles por la mañana solían ser de rosas.

         Me acerqué hacia Irene y la miré a los ojos. No paraban de salirle lágrimas; parecía que se iba a inundar el cuarto. Aunque claro, estaba exagerando; que ocurriera eso distaba de ser real. 

         —¿Estás bien? —atiné a preguntar; eso era lo que se decía siempre, ¿no?

         —S... Sí —sollozó Irene, repleta de cactus.

         —Tienes cactus, ¿te puedo ayudar con ellos? —dije torpemente, sin saber muy bien cómo actuar. Irene no contestó y siguió con su llanto. 

         Repentinamente, me vino a la cabeza una imagen: mi madre abrazando a mi hermana pequeña Clara, repleta de cactus. Indecisa, avancé un paso y la abracé forzadamente.

         —Espero que con esto empiecen a florecer las rosas —musité, tratando de hacer todo lo posible para que ocurriera.



         Siento que no vale la pena seguir adelante; que el océano de dolor e impotencia me ahoga. Y sin aire no existe nadie, absolutamente nadie, capaz de vivir. Entonces, es cuando el frío y el viento empiezan a formar parte del juego. La muerte ¡A mí no me engañan, de eso van disfrazados! 

         Mis piernas se han vuelto demasiado débiles para sostenerme, mis brazos son dos pingajos inútiles que cuelgan ridículamente de mis hombros y yo soy una grotesca marioneta que pende de un débil hilo. Un hilo que ha quebrado. Que se ha roto.

         Incoherencia; creo que esa es la palabra adecuada para describir todo lo que ahora mismo estoy tecleando. Mis pensamientos en este instante son caóticos y desordenados. Ninguna de mis palabras tienen sentido. Qué gracia, ¿no? Pero tranquilos que ellos, mis pensamientos, van a juego conmigo, con su dueña. Son tan incoherentes como lo puedo ser yo.

         Escribo esto para desahogarme; para terminar con esas ganas que tengo de subirme a un peñasco y gritar. Y decirle al universo lo que pienso de él; lo que lo odio. Lo que me detesto a mí misma.



         Estas son rayadas que hago cuando me aburro. Nos las he subido antes porque eran demasiado cortas y absurdas, pero como he acumulado unas cuantas me he animado a ponerlas. Sé que son una tontería pero bueh...

Anillo de recuerdos




       Aquel planeta se veía diminuto a lo lejos; era un mero punto del montón entre toda la extensión del universo. A su alrededor había más puntos, de los cuales destacaban más aquellos que brillaban y conocíamos como estrellas. Cerca de él estaba resplandeciendo una de ellas; era bastante grande y luminosa. De las más bonitas.

     Nuestra nave se aproximó al planeta, con curiosidad. Queríamos conocer cómo era, y saber cuáles habían sido las consecuencias de encontrarse al lado de un lucero tan luminoso. Cuando llegamos cerca de su superficie reparamos en una capa gaseosa que la cubría, que se hacía llamar atmósfera, y era de un color grisáceo y rojizo. No me gustó en absoluto cómo se veía aquella combinación cromática. Daba la sensación de que aquella capa volátil estaba contaminada o, mejor dicho, que como consecuencia de la contaminación se había vuelto fea y aparentemente inútil.

     La atravesamos sin ningún problema e, instantes después, aterrizamos sobre lo que parecía ser el área del planeta. Aquello que miraron mis ojos por la ventana de la nave no me gustó en absoluto; era una vasta extensión de piedra y construcciones derruida que empezaban a estar invadidas por un material verde que crecía del suelo y envolvía todos los alrededores. Quizá fuera el responsable de la contaminación y la consecuencia del abandono del planeta. Quizá hubiera liquidado la vida en él y por ello aún se podía ver el resquicio de lo que fueron construcciones por seres inteligentes. Bajé de la nave, vestido con mi traje de protección, y empecé a inspeccionar la zona con la ayuda de mis compañeros. 

     Encontramos numerosos utensilios rudimentarios, cuyo uso desconocemos, y otros tantos objetos que parecían delatar un nivel no muy elevado de avance tecnológico. Hubo un hallazgo en particular que llamó mi atención: era rectangular, endeble, estaba arrugado y en sobre él se encontraban escritas palabras en un idioma muy arcaico y difícil de descifrar. Mis ojos se clavaron en él extasiados y deseosos de poder traducir a mi lengua su significado.

     Hola Anna, si te soy sincero no sé muy bien por dónde empezar. En primer lugar me convendría poner en claro mis ideas y organizarlas de modo que sea sencillo entender lo que estoy intentando decirte, así que sí; eso será lo primero que haré.

     Antes que nada quiero señalar que eres y serás el amor de mi vida; que siempre te he querido más que al mismo aire que toman mis pulmones todos los días. Que te adoro; que eres la llave de mi felicidad y que temo perderte más que dejar de escuchar a mis propios latidos. Siento tener que decirte esto tan tarde y lamento aún más no poderlo hacer en persona. Pero, como ya sabes, esto se acaba. Ello nos está matando y no sabemos cómo pararlo.

     Me inscribí en la Orden para liquidarlo, para salvarte, pero Ello es demasiado poderoso y sé, con toda la certeza del mundo, que nos queda poco tiempo. El ser humano dejará de ser el rey de este planeta en breves. Quizá lo que debí de haber hecho es quedarme contigo: haberte dicho lo mucho que te amo y haber pasado el resto de días a tu lado. Pero no. Estaba obcecado, cegado por la idea de que sería mejor luchar para salvarnos y, si no lo lograra y muriera en el intento, creía que te dolería menos que no conocieras mis sentimientos hacia ti.

     Ahora sé que esto es absurdo; que nuestra especie, junto con el esto de organismos vivos, va a desaparecer de la faz de la Tierra. He descubierto que no hay salvación y que lo mejor habría sido dejar de lidiar una causa perdida.

     Pienso desertar de la Orden y regresar a recogerte lo antes posible. Quiero que tomes este regalo, mi anillo, y me esperes el lunes en tu casa. Llamaré tres veces al timbre de tu puerta; esperaré el tiempo que sea necesario a que la abras. Si al finalizar el día no recibo respuesta iré a entregarme a Ellos, puesto sin estar a tu lado no merece la pena posponer más días el final de mi vida.

     Te amo, Anna. Espero que me perdones. 


Siempre tuyo:
Ian

     PD: No tardará mucho tiempo en cundir el pánico; los medios de comunicación no podrán mantener siempre la tranquilidad ciudadana. Estate atenta y aprovéchate de la calma previa a la tempestad.

     Uno de mis compañeros me llamó y me indicó que deberíamos volver a la base y entregar todos nuestros hallazgos. Asentí y me guardé aquel trozo extraño y rectangular en el bolsillo de mi traje. 

     Poco después, cerca de donde encontré el misterioso objeto en el que estaba escrito aquel idioma antiguo, desenterraron dos cuerpos de los seres que habitaron en este planeta. Ambos llevaban ropajes extraños y se encontraban en un elevado grado de descomposición. Uno de ellos tenía en una de sus extrañas y alargadas manos un objeto circular y vacío en su centro. Llevaba su dedo metido dentro de él a modo decorativo, o eso supuso un compañero mío. De todos modos, no creí que hubiera otra razón por la cual llevarlo. No me llamaba en absoluto la atención aquel accesorio; era aburrido. Cosa de la que me retracté más tarde; en cuanto pude averiguar por mi cuenta un modo de descifrar el idioma del objeto rectangular que tenía en mi bolsillo.





Visión




              Estaba sentado en el colchón de su cama; no podía dormir. Sus ojos viajaron hacia la puerta de su habitación para vislumbrar en ella, con curiosidad, las formas que hacían las sombras sobre su estructura. Desvelado como se encontraba, no pudo evitar sucumbir a la tentación y coger su bloc de dibujo y su lapicero de punta blanda. Tomó una gran bocanada de aire y empezó a dibujar un bosquejo de una inhumana sirena. Tenía una cola enorme, muy larga, y adornada con unas hermosas escamas alargadas y diminutas. Sus ojos reflejaban su carencia de alma y, por tanto, caracterizaban a la perfección lo que era aquel ser retratado.

             Tan ensimismado estaba en su trabajo que no se percató de que alguien tenía los ojos puestos sobre él. Gracias una desconocida y verdosa luz, que se fijó en sus pupilas, pudo darse cuenta de que había algo extraño en su entorno. Aquella noche no era como las otras tantas que estuvo en vela y evocando millares de ideas para sus creaciones artísticas. Esta era diferente; especial a las demás. Se reprendió a sí mismo por no haberse dado cuenta; por tener siempre la vista fijada en sus fantasías y olvidar con frecuencia  su alrededor.

                Aquella luz era avasalladora e imponente. Desconcertado, el chico se dispuso a buscar su foco de procedencia. No lo encontró. Parecía venir de la puerta de entrada de su habitación, no obstante aquello era incoherente: ¿Cómo podía proceder de allí? Un trozo de madera, por sí mismo, no podía emitir luz. Se levantó de la cama y se acercó al resplandor verdoso. Cuando, finalmente, estuvo lo suficientemente próximo como para tocarlo extendió su mano derecha y posó sus temblorosos dedos sobre él. La luz se hizo más brillante, le cegó. Cayó hacia atrás, de espaldas y desorientado.

               Cuando se vio con fuerzas para abrir los ojos se encontró con un rostro que distaba de ser humano. Tenía un cráneo gigantesco y alargado, y su pupila le recordaba a las de los moscardones que se colaban las mañanas de verano por la ventana de su habitación. Quiso moverse y alejarse de aquella imagen que le era tan ajena e incoherente, pero no pudo. Tenía el cuerpo paralizado por lo que creía que era pánico puro; en su más sincera esencia.

                    Aquel ser sonrió con su extraña boca. Era una línea fina, sin labios, que, cuando se abría, se convertía en un agujero enorme de amedrentadora dentadura. El ser le mostró lo que parecía ser un cráneo que se asemejaba bastante a su extravagante cara inhumana. El chico lo tomó entre sus manos sudorosas. Parecía no estar constituido por huesos, sino, por algo blando y semejante al cartílago. Aunque lo más seguro era que estuviera hecho de algo desconocido para la gente del planeta Tierra.

                   Parpadeó e, inesperadamente, su habitación volvió a estar vacía. La única prueba que tenía de aquel suceso fue la extraña calavera, que aún sostenía entre sus inseguras manos. Tembloroso, la depositó sobre el escritorio y esta se hizo ceniza. Habiendo perdido la miserable muestra de lo acaecido, tomó su bloc de dibujo e hizo lo que mejor se le daba, dibujar.



Dibujo realizado por Davido Ahufinger

                          Una vez terminó con su obra pensó que aquella había sido su única creación hecha con la intención de reflejar la realidad. Era una lástima que a ojos de cualquier humano fuera una fantasía. Y así, de este modo, el chico pasó el resto de sus días tratando de demostrar que lo que había vivido era cierto sosteniendo, en todo momento, entre sus manos, aquel grotesco dibujo.


                    Aquí os dejo esta mini historia para compensar mi ausencia. Lo siento mucho, pero la universidad está absorbiendo más tiempo del que creía. Tengo mucho que leer, mucho que estudiar, mucho que mirar. Y a parte, también me gusta tener tiempo de ocio. Así que bueno, el tiempo para estar en el blog se ha reducido considerablemente.

                         Igualmente, me gustaría añadir que no tengo ninguna intención de abandonarlo, ¿okaay? Y bueno, mejor dejo de teclear ya, que me emociono escribiendo.

PD: Soy una chica mala y estoy escribiendo esto en clase. Así que no está revisado. Sorry si hay fallos, más tarde lo corregiré.


Improvisación





        Había una vez una hermosa princesa, encerrada en una torre, que no paraba de derramar lágrimas. Anhelaba tener unas coloridas alas y poder volar sobre las nubes, para así vislumbrar, extasiada, el reino de su madre. Quería aprenderse de memoria las colinas y los montes; los ríos y los lagos; los pueblos y las ciudades que lo constituían.

         Una noche, la princesa llamó a su hada madrina y le rogó con vehemencia que la liberara de su prisión. Esta, divertida por la situación, le dijo que le era imposible hacerlo porque ese trabajo estaba destinado a un príncipe.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger
         
           Pasaron los años y la princesa continuó en su gélida celda, derramando lágrimas y anhelando sus alas. Hasta que llegó un día en el que se le vino a la cabeza una macabra idea: saltaría por la ventana. De este modo, al menos podría experimentar lo que era ser libre durante los segundos que precedieran a su muerte. Y así lo hizo.

            Lo sorprendente fue que el torreón no era tan alto como parecía y sus alrededores tan bellos como los presenciaba. Cuando cayó a tierra se percató de que en realidad todo era un montaje cutre de cartón piedra. Había estado toda su existencia viviendo en un decorado de un teatro de tres al cuarto y disfrazada con una tela azul celeste de disfraz.





               Siento mucho tener el blog abandonado, pero los exámenes es lo que tienen. Para compensaros subo esta improvisación que escribí hace poco; consistió en dejar la mente en blanco y escribir lo primero que se me pasara por la cabeza. Es una historia sin planear ^^

                 La he ilustrado con un dibujo de David, cuya expresión parece estar acorde con lo escrito. ¡¡Sayonara, peanut!!

Elfos




              Vivo en un mundo en el que las princesas son todas rubias; con el cabello oxigenado, pajizo, y el cuerpo repleto de silicona. Llevan vestidos feos e insinuantes con los que presumen de estar muy guapas, y en sus ojos reluce un resplandor hermoso los días en los que están de rebajas. Vivo en un mundo en el que los príncipes presumen de ser muy hombres, y consumen drogas. Se pasan horas y horas en busca de conseguir lucir músculos, con su camiseta de tirantes, en el gimnasio.

              Vivo en un mundo en el que te dicen que no eres nadie si no te vuelves princesa o príncipe. Pero a mí no me gustan ellos; no tienen nada que les haga especiales. No obstante, allá donde voy me encuentro con gente que aspira a convertirse en eso, y me duele. No paran de insistir en que mi obligación es ser una princesa con escasos estudios, y con un príncipe al que le guste la cerveza y los partidos de fútbol. Pero yo siempre les respondo que quiero seguir en la universidad para convertirme en escritora y que ese deporte no me gusta; en vez de invertir tiempo en él, preferiría pasar la tarde comiendo tortitas y hablando de cosas banales.

            Vivo en un mundo en el que las personas no paran de repetir que tengo pájaros en la cabeza; que todas mis ilusiones son imposibles y que haga lo que haga terminaré convirtiéndome en ellos, o sea, poniendo los pies en la tierra. Y yo siempre les replico, aun a sabiendas de que no me harán caso, que están equivocados y no hacen más que mancillar a los príncipes y las princesas. Porque, como bien sé, las princesas son mujeres hermosas y luchadoras que no tienen miedo de ser ellas mismas, y los príncipes son hombres tenaces y justos; tolerantes y encantadores. Ellos en realidad son elfos; orgullosos y vanidosos, mentirosos y astutos. A mí no me engañan. 

             Así pues, tendré que sacar mi espada de guerrera y luchar contra ellos. Pero claro, ando a la espera de más gente que, como yo, los haya desenmascarado. Así que ya sabes... Sí, tú: ¿eres lo suficientemente valeroso para acompañarme? Yo, por mi parte, te dejo la puerta abierta.






Virgina




Aquella mujer cada vez que se miraba al espejo, se percataba de lo corrosivos que eran los años. Y rememoraba con nostalgia su otro yo; aquel que era joven y bello. Pensaba en esos tiempos en los que creía que era inmortal: que no existía nada que hiciera mella en su tez de nácar y cuerpo de sílfide; bello y aparentemente etéreo. Quisiera regresar a su época de locuras juveniles; a sus instantes de inocente gloria y desinhibición desenfadada. Y no podía.

Aunque lo detestara, el transcurso de los instantes era inexorable. Con cada tintineo del reloj su ente iba degradándose más: marchitándose cual pétalo de rosa en un ridículo florero. Y por ello, lo acaecido hacía unas escasas horas era inconcebible. Que aquel tipo tan joven, atractivo y dulce le hubiera dicho que la amaba se le antojó un chiste y, como consecuencia, trató de alejarse de él como lo haría un cachorrillo confundido y asustado. 

No obstante, la cosa no se quedo ahí. El chico insistió, hasta llegar a un punto en el que la mujer terminó dudando de sí misma y pensando que, tal vez, el paso del tiempo había sido un tanto benevolente con ella. Y así fue como estuvieron juntos aquella noche, y la siguiente, y la siguiente. Su autoestima fue en aumento y en consonancia con el número de complementos, maquillaje, y productos para la belleza femenina que poblaron su armarito del cuarto de baño. El chico, por su parte, dejó su cepillo de dientes junto al de la mujer, tras sonreír al pensar que estaba más cerca de conocer el número de su cuenta bancaria.





Rojo




Vengo de un sendero de cuentos;
desde un universo de sueños,
ilusiones y miedos.

Vengo de un sendero de maravillas;
desde un universo de pesadillas,
canciones y bambalinas.

Quiero arrancarte un beso;
acercarme a ti y entegarte mi amor.
Conducirte con mi pálida mano
a un paraíso en el que no exista el dolor.

Soy tu fantasía; soy tu realidad.
Soy  aquella que por los cielos
te hará volar.

Y si, acaso, pasajero
de mis palabras empiezas a dudar,
con esta rosa roja que sostengo
tus latidos me dispondré a silenciar.




Poemita de caca, lo sé. Me veía en la obligación de subir algo, dada la inactividad que últimamente está teniendo el blog. Prometo que ahora que estoy de vacaciones intentaré publicar más cosas. 

Un beso, personajillos.

Lo que me habría gustado escribir




Y, entonces, la vi. La contemplé como si su presencia en la esquina de aquel callejón fuera el hecho más maravilloso del mundo. Vislumbré extasiada a aquella diminuta mendiga, que reposaba sentada con su humilde cesta de pedigüeña. Su semblante cansado y malogrado por el paso de los años me enterneció, del mismo modo que lo hicieron sus ojos; de un verde madreselva digno de pigmentar la mismísima selva del amazonas. 

La ropa que portaba parecía ser el vestigio mismo de las desgracias de su existencia, las cuales no iban en consonancia con el deje de su mirada. Aquellas ventanas a su alma destilaban un sentimiento de alienación apabullante; me daba la sensación de que no eran de aquí. Podría considerarlas etéreas; livianas y claras.

Repentinamente, sentí una sacudida y, poco después, los pude apreciar. Pude apreciar una cantidad de sentimientos inigualable; cada cual más profundo, sincero y desconcertante. Emociones que, posiblemente, hasta aquel momento no hube experimentado en mi vida. Sensaciones que me planteé si para un humano eran posibles de percibir. Más tarde, en mi confusión, vi un hermoso castillo situado en el límite de nuestro horizonte y constituido por vapor, arena y sal. Extendí mi mano tratando de alcanzarlo pero cuanto más esfuerzo hacía para acercarme a él, más se alejaba.

En sus alrededores pude intuir el atisbo de una mujer de ojos verde madreselva y de aspecto humilde, la cual clavó su mirada en mí y sonrió. Aquel tirón de labios fue de esos que calan hondo; de esos que hacen las alegrías más dichosas y las tristezas menos pesadas. Quise acercarme a ella y preguntarle por qué me daba la sensación de haberla visto antes. Volví a intentar aproximarme y el castillo, nuevamente, se alejó de mi alcance.

Una inesperada nube de alquitrán empezó a devorar a aquel reino. La chica desconocida parecía no darse cuenta y los peatones, de cuya presencia me acababa de percatar, tampoco. Grité tratando de advertirles de su peligro; corrí con todas mis fuerzas intentando vanamente socorrerles. Pero ninguno de mis intentos surtió efecto. 

Cuando aquel misterioso lugar quedó consumido, la mujer se elevó hacia las alturas propulsada por sus dos enormes y coloridas alas brillantes. Se deslizó por los cielos cual grácil mariposa; bailando con las aves y las hojas secas del otoño. Hasta que, desafortunadamente, el resplandor de sus bellas alas se desvaneció y estas se secaron, quedándose inútiles. Y cayó al suelo. Y se hizo daño.

Sus ropas, en el mundo mortal en el que fue a parar, se hicieron monótonas y feas. Y su hermoso rostro, demasiado delicado para la realidad mundana, se marchitó por el paso de los años. Finalmente, quedó una mendiga apelando a la compasión con su cesta de mimbre, cuyos ojos aguardaban el secreto de su verdadera historia.





Elegí ser princesa



De entre todos los trabajos, de entre todas las posiciones; elegí ser princesa. Elegí ser hermosa y etérea; deslizarme por las nubes cual crisálida mariposa, y volar. Y volar. Y volar.

Y olvidarme de las penas del mundo; viendo, únicamente, lo hermoso que es el cielo. Confundirme, en él, con las nubes de olor a algodón de azúcar. Vivir en las estrellas. Ahogarme en los océanos de Marte.

De todos los trabajos, de entre todas las posiciones; elegí ser sacerdotisa. Elegí ser la emperatriz de un templo olvidado, de paredes de roca, decorado con madreselvas.

Y olvidarme del tedio de la existencia; sumergiéndome, ansiosa, en la plenitud de un campo de lirios. De rosas. De girasoles. ¡De flores!

Quisiera ser tan alta como la luna...




¿Y tú?, ¿qué elegiste ser?


Caminando por la calle... [Parte II]




Antes que nada, ojela el anterior párrafo de la  primera parte, sino no sabrás a qué se refiere el inicio de la parte II.

Ambas estarían juntas muchos años, tantos que la mendiga habrá perdido ya la cuenta. Irían todos los días a clase y se sentarían juntas en la fila del centro; en una zona que no estuviera ni muy delante ni muy detrás, para no llamar la atención. Atenderían y serían buenas alumnas, puesto tendrían la motivación de, si sacaban lo bastante buenas notas, poder encontrar un buen trabajo y hacerse ricas; y vivir juntas en un caserón de techos altos: repleto de cortinas de seda china y óleos retratando puestas de sol.


También anhelarían con todas sus fuerzas viajar por el mundo y conocer las diferentes culturas de las rodean: comer platos extraños, portar ropas extravagantes y extasiarse por la inmensa variedad de idiomas y dialectos existentes, de los que tanto les habla su profesor de geografía. A Judith, sobre todo, le gustaría aprendérselos todos y errar por el mundo como lo haría un pirata; adentrarse en las profundidades de la humanidad y hacerse uno con ella. Beber de las diversidades existentes y basarse en ellas para volverse una persona mejor. Judith no quería ser únicamente española: quería convertirse en ciudadana del mundo; ser patriota de todos los lugares y de ninguno a la vez.

Pero para cumplir aquellos sueños de adolescentes jóvenes y dichosas les quedaba mucho trabajo, así que de momento solo podían aspirar a realizarlos dentro de su cabeza; donde nadie, jamás, podría interferir en ellos y decirles que lo único que hacían era construir castillos en el aire; tener aspiraciones que dos jóvenes, en aquella época, jamás podrían realizar.

Por aquel tiempo, se iniciaron los problemas en casa de la mendiga, a la cual, finalmente, se le abrieron los ojos ante su trágica realidad familiar. Dejó de vislumbrar a su padre como a una persona circunspecta y empezó a ver en él a un tirano digno de competir con el mismísimo Lucifer. En su niñez siempre pensó que su progenitor era callado porque no le gustaba demasiado hablar y relacionarse, y que no aparecía mucho por casa porque estaba plenamente entregado a su trabajo.

La madre de la mendiga, todas las noches, lloraba desconsoladamente. Y como consecuencia de ello, la joven sentía un dolor inmenso al verla así y no poder hacer nada por remediarlo. Quería ser capaz de quitar la pena de sus ojos y dibujar en ellos el brillo prometedor de la felicidad. La pupila de su madre, la cual heredó su hija, también tenía magia. No obstante, había algo mal en ella: estaba rota. Se había abierto una brecha enorme que dejaba que se filtraran todo tipo de sentimientos negativos. De modo que, si vislumbrabas sus ojos, eras engullido hacia un océano de ponzoña y hiel.

En diversas ocasiones, la mendiga buscó a su padre para pedirle, por favor, que no regresara tan tarde de trabajar porque mamá se pasaba la noche derramando lágrimas. Su padre, en respuesta, se ponía tieso como un palo y, seguidamente, se dilataban los músculos de sus brazos morenos. Acto seguido, sonreía a su hija, de una forma un tanto forzada, y le decía que le resultaba imposible volver más pronto del trabajo; que si lo hacía no ganaría el suficiente dinero como para llegar a fin de mes. La mendiga, entonces, le sonreía y le decía que lo entendía, y, seguidamente, le agradecía todo lo que hacía por mamá.

Aquellas noches, en las que la indigente hablaba con su padre, su mamá lloraba más fuerte. Eso la hacía sentir peor; le hacía pensar que papá tenía que echarle una charla a su madre, por su culpa, para convencerla de que no era necesario llorar.

Una noche, cuando le vino la primera regla, se levantó a las tantas de la madrugada, desvelada por el dolor que sentía en sus ovarios. No podía dormir y en su casa no había medicamentos para poder combatir su dismenorrea. Acudió a la cocina con la idea de tomarse un vaso de leche caliente, con la finalidad de que fuera una improvisada cura para su mal. Fue entonces cuando lo vio.

Mi mirada se centró de nuevo en la indigente y en su herida de la muñeca; esta vez ya entendía el porqué de ella. Se la hizo su padre; fue él. Suspiré, ahora frustrada por el hilo amargo de mis pensamientos; aquella mujer no se merecía sufrir esa pena, sino lo que de verdad necesitaba era ser feliz.

En aquel mismo instante, pude vislumbrar con toda la facilidad del mundo el sufrimiento de la mendiga adolescente; el dolor en sus mágicos ojos y la brecha que se abría en ellos, del mismo modo en el que le ocurrió a su madre. Aquel individuo, al que ya no se atrevería jamás a llamarle padre, estaba blandiendo entre sus manos una botella de cristal. Tenía la intención de lanzarla contra la cabeza de su madre, la cual pasó de ser la mujer amorosa con olor a bizcocho, a una niña desorientada, indefensa y perdida.

La mendiga gritó con todas sus fuerzas y se lanzó a parar el golpe sin pensarlo dos veces. De ese modo, su muñeca fue la mártir de su ataque.

Inmediatamente, dejé de pensar en aquella imagen; me hacía daño. No quería evocar más veces aquella turbulenta escena. Finalmente, descubrí cuál era el secreto de los ojos de la indigente y, a decir verdad, no me gustaba en absoluto lo que veía.



Y ahora debería de colocar una nota de autor pero, como no sé qué poner, he decidido que es mejor aporrear el teclado. Akjlkafjlksajflkjsldfjklsdjflkjdskfjskdf.

Caminando por la calle... [Parte I]

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Me deslicé por la calle tranquilamente; estaba rodeada de peatones y gente cualquiera que se dirigía hacia un destino irrelevante. Al finalizar la calzada fue cuando vislumbré algo que, extrañamente, llamó mi atención: era una indigente. Cuando me refería a indigente, estaba hablando de una mujer de esas del montón; que se sientan en la esquina de la calle y, con su cestita de mimbre, piden limosna apelando nuestra compasión.

Llevaba puesta ropa vieja; de esa que está ya pasada de moda o tan gastada que, en muchas ocasiones, resulta hasta complicado determinar qué tipo de prenda es. Pensándolo con objetividad, tampoco era que empleara mucho tiempo en fijarme en lo que llevaba puesto; en realidad dediqué menos de un segundo de mi atención en eso. Era compresible, supongo, que no le brindara mucho interés: una indigente llevando harapos gastados era lo más normal del mundo. Destacaría más si portara algo nuevo o engalanado, pero eso, obviamente, no ocurrió.

Cavilé que era extraño que, entonces, aquella mendiga me llamara tanto la atención. Aunque claro, podría afirmar con toda la seriedad del mundo que en sus ojos había magia. Su mirada no era la de una mendiga cualquiera; tras su iris se notaba que había algo escondido, y ese algo, me hacía sospechar que era el desencadenante de toda su decadencia. Su vida, sí, era eso: su vida estaba tatuada en la profundidad angosta de su pupila; la cual parecía dilatarse cada vez que caía una moneda en su diminuta y gastada cesta de pedigüeña.

Me aproximé a ella, estando yo repleta de curiosidad, y deposité una moneda de diez céntimos en su cestita. La mujer me sonrió dulcemente, dejando entrever sus amarillentos dientes, lo cuales, a pesar de todo, parecían estar demasiado cuidados para el tipo de vida que aparentaba llevar. La dentadura tenía una forma perfecta y, aunque el color fuera amarillento, daba más la sensación de que ese tono fuera resultado de años de consumición de tabaco que de portar millones de caries o sucedáneos.

Por otro lado, no pude apartar la vista de su muñeca; en ella había una cicatriz de lo que sería en su tiempo una herida muy profunda y, posiblemente, mal sanada. Daba la sensación de había sido hecha con algo bastante afilado; ¿tal vez intentó lesionarse? Arqueé mis cejas, con amplia intriga, desechando esa idea: aquella mendiga no parecía ser el tipo de persona que tuviera como afición autolesionarse. Más bien diría yo que eso se lo hizo alguien; que se metió en una pelea y salió mal parada. Aunque, de todos modos, yo tampoco la confería como un prototipo de mujer camorrista.

Según mi manera de verlo, esta mendiga habría llevado una buena vida hasta que ocurrió algo que la destrozó. Y además, me atrevía a aseverar que posiblemente, lo que minó su felicidad transcurrió en su adolescencia. ¿Por qué? Todos los cambios de nuestra existencia, o al menos los más importantes, suelen acaecer en la adolescencia. Supongo que eso pasa porque es la época en la que maduramos y empezamos a tener conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor. Viéndolo desde ese punto, tal vez, incluso su vida se empezó a torcer antes de que le viniera la primera regla, pero ella, por su inmadurez mental, no se habría dado cuenta.

El caso es que podía imaginarla con catorce años yendo a clase; con su largo cabello recogido en una cola de caballo alta, para que no le molestaran los pelos en la cara, y con su mochila de pana en la espalda, repleta de libros de diversas asignaturas; algunas para ellas insípidas y, otras, repletas de información dinámica e interesante.

Sería una muchacha tímida e introvertida y, como consecuencia de ello, no tendría muchos amigos. La visualizaba como una joven cualquiera, de esas que no destacan entre la multitud; como una adolescente del montón. Aunque, en realidad, la cosa no debería ser así; de hecho, si la gente se molestara en vislumbrar sus ojos, nadie la catalogaría como a una joven mediocre. En esos ojos suyos había una magia que era capaz de movilizar cielo y tierra. Estaba segura de que serían capaces de, con una simple mirada, hacer sentir a alguien la persona más afortunada del mundo o la más desdichada.

Cabía añadir que, por otro lado, dudaba de que en aquel tiempo la gente se dedicara a mirar las pupilas de sus semejantes. Posiblemente, en la época de la adolescencia de la mendiga, no estuviera de moda intercambiar miradas. Sería uno de esos tiempos en los que todos miran al suelo, o al techo, o al mueble que está escondido detrás de la persona con la que hablan… Pero, ¿a los ojos? Nunca.

Para mí, eso de no mirar a los ojos debería de ser un pecado, puesto, si no los contemplamos, somos incapaces de conocer verdaderamente a la persona con la que nos relacionamos. Son la clave para descubrir secretos, virtudes y sueños.

Me gustaría creer que la mendiga sí tendría a una compañera descubridora de su pupila; una joven especial, dulce y guapa con la cual compartir inquietudes, esperanzas y deseos. Sería una chica de familia extranjera cuyo nombre fuera enigmático y refinado: Judith.

Judith tendría el cabello muy largo, hasta más de media espalda, y un color de ojos capaz de competir con el azul más profundo del océano pacífico. Su tez sería blanca como la nieve y suave como la textura de un melocotón. Aunque sin duda, lo mejor de Judith sería su olor: tendría ese aroma tan característico de la fresa; dulce, fresco y cítrico. A la mendiga, por ello, le encantaría darle abrazos y, disimuladamente, hundir la nariz su cuello e inspirar. E inspirar. E inspirar. Hasta quedarse sin aire y sin palabras, y, entonces, retroceder atontada y lanzarle una sonrisa entre avergonzada y nostálgica.




Historia que me están mandando escribir en clase. He estado un tanto limitada, dado que me han dado hasta el tema en el que la debo de escribir; el de una persona que pasa por la calle y se encuentra a una indigente y reflexiona sobre la vida que llevó.

No es que me convenza demasiado cómo me ha quedado, pero bueh... Tampoco me puedo quejar; me podría haber salido peor, ya que es la primeza vez que escribo algo parecido a esto. 

En cuanto pueda, subo la siguiente parte de la historia.

Horizonte




La Bruja del Miedo contempló el horizonte desde el acantilado. El cielo se fundía con la tierra de un modo extasiante y, a la vez, simple. Resultaba hermoso vislumbrar cómo el azul celeste, al llegar a la línea que determinaba el inicio de la tierra, variaba y se tornaba marrón; y aparecían los árboles, el mar, y la estepa. Debajo del acantilado en el que se hallaba estaban ocultas unas puntiagudas rocas; esas que tanto aparecen en las historias de amor en las que los amantes se lanzan al mar y perecen bajo las olas. Miedo pensó que le gustaría vivir una historia así: un amor tan intenso que hiciera que mereciera la pena perder la vida. Un amor que doliera tanto como hiciera feliz. Un amor tan necesario como el mismo respirar.

Entonces, sin saber por qué, pensó en Soledad; en la hermosa princesa de cabello azabache. Ella seguro que se enamoraría de algún príncipe de cuento; un joven dulce, dispuesto a dar su vida por ella. Un príncipe de cabellos dorados y ojos aguamarina; de yelmo de plata y espada forjada en adamantita. La bruja tuvo envidia —mucha envidia—; ya tenía otra cosa que añadir a su larga lista de cosas en las que la joven princesa la superaba. Su odio infundado hacia Soledad, con el paso del tiempo, fue creciendo y se hizo grande. Enorme.

Posiblemente, lo que Miedo más detestaba de sí misma eran sus ojos. En ellos se podía ver lo vieja que era y la persona tan horrible en la que se había convertido. Por culpa de sus orbes castañas, todo el mundo podía averiguar lo que ocultaba su aspecto infantil de niña de ocho años. Y es que, a pesar de que exteriormente fuera una chiquilla, en realidad tenía medio milenio de vida. Los ojos de Soledad, en contraposición, no eran así. Eran jóvenes, dulces y melancólicos. Miedo quiso arrancárselos y sustituirlos por los propios; así Soledad portaría ojos enfermos, secos y de anciana. Y Miedo, con sus nuevas pupilas rejuvenecidas, podría enamorar a su anhelado príncipe y entregarse enteramente a él.

No obstante, lo que la bruja no sabía era que no merecía la pena dar su vida por un príncipe, del mismo modo que tampoco era válido quitarle los ojos a Soledad. Y es que los príncipes de cuento en realidad eran basiliscos, y las pupilas de la princesa, a la que tanto detestaba, estaban consumidas por la amargura y la tortura diaria de vivir en su opulento castillo.





Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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