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La Ofelia de Hamlet

Parte I: En el cauce de un río

Ofelia supo que su destino estaba ligado al de Ares el día en el que le pidió la cartilla de racionamiento. Iba vestido con su uniforme del ejército: perfectamente planchado, limpio, reluciente. Su pelo estaba engominado, en un intento pobre de ocultar sus rizos rebeldes, y su barba perfectamente rasurada. Sus uñas cortadas. Tenía los ojos del color de la mostaza, con una pupila que reflejaba las nubes amenazando la tormenta. Ella miró hacia el suelo, buscando no desafiarle, pasar desapercibida.

—Familia Vázquez. —Asintió, leyendo la información de la cartilla. —Tan solo una barra de pan. Sin pollo, ni arroz, y tampoco lentejas.

—Es porque solo somos dos. Mi madre y yo. —Ares sonrió con condescendencia, satisfecho por la información nueva. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y escribió algo en la cartilla. La tinta se hundió sobre la hoja como el arañazo de un cuchillo.

—A partir de ahora, dos barras de pan y dos contramuslos de pollo. Los martes podéis pedir lentejas o arroz.

Ofelia no supo cómo reaccionar. Se quedó en blanco, como una polilla cansada de golpear el vidrio de una ventana abierta. Si no veía la salida, ¿verdaderamente existía alguna forma de escapar de allí?

—Gracias. —Supo encontrar las palabras para regalarle su triste respuesta. Aquella voz no parecía suya; era como si le hubieran arrebatado la identidad. Esperaba no volverlo a ver nunca más aunque, muy en el fondo, sabía que aquello era apenas el principio.

A cal y canto; la ventana estaba cerrada a cal y canto.

***

Su nombre era Ares, como el dios de la guerra. «Pienso que mis padres escogieron llamarme así porque estaba predestinado», espetó uno de aquellos días en los que mantenía una conversación sosegada con Ofelia. Ella tan solo asentía, con miedo de llevarle la contraria. Tan valiente que era, tan insolente, tan fuerte…, y se quedaba en nada. En la presencia de la deidad belicista era tan solo un amasijo pequeño porque, como Cristóbal Colón, para conquistarla tuvo que hacerla añicos.

Al principio fue como una polilla hacia la luz: ella brillaba con el resplandor propio del vidrio. Era como el cristal: transparente, reluciente, auténtica. Y, como el cristal, se hizo pedacitos pequeños. Pedacitos mágicos, que no cortaban. Ofelia había llegado al mundo para sanar con su fulgor pero, por desgracia, su llama se estaba sofocando.

Aquella idea latió en su cabeza cuando se despertó aquella mañana sobre el colchón de su habitación. Tenía a Ares al lado, durmiendo a pierna suelta. Quiso levantarse, pero tuvo un pinchazo entre las piernas. Las sábanas estaban manchadas de carmesí; su característico olor a hierro le inundó la nariz. Pensó en la penitencia de sangrar que vivimos todas las mujeres; cómo la fertilidad nos castigaba derramando vida. ¿Iba a ser siempre así? Existía un hilo muy frágil que nos unía a todas y a cada una de nosotras; una cuerda que nos ligaba al dolor, y era roja.

Y quiso aquello para Ares también. Quizá si derramaba sangre empezaría a sentirse unida a él. Por lo menos tendrían algo en común. Así que se imaginó en distintos escenarios; en el primero, era ella quien le mandaba callar con un cuchillo en la mano derecha; en el segundo, el veneno; y en el tercero había cavado una tumba en su jardín. Pero él la quería, ¿verdad? Si tan seguro estaba de todo, aquello debía de ser cierto. Porque desde que apareció en su vida, Ofelia no estaba segura de nada en absoluto. Todo se había convertido en dudas y silencios.

Lo único que sabía era que aquella sangre no podía ser suya. En cambio se imaginó a sí misma, tumbada boca arriba, mirando hacia el techo. El sudor de él caía sobre su pecho. Su calor se sentía como un témpano de hielo. El colchón crujía bajo los cuerpos. Pero aquella sangre no era suya; se había despojado de la sangre. Porque desde fuera, todo era más sencillo. Ella era tan solo una mera espectadora, contemplándose en su herida, en su carne, en su piel. Y aquello tan surreal no podía ser cierto porque si aquel rojo le pertenecía, estaba tan cautiva como todas y cada una de nosotras.

***

Tal vez eran las caras de la misma moneda; dos dualidades construidas para formar a una persona entera. O eso le quería creer Ofelia. Porque a Ares le gustaba toda su ternura, su paz, su perdón. Ella le ofrecía espacio de redención que estaba dispuesto a tomar. Y dominar. Sin permiso; la dominaba sin permiso, como estaba tan acostumbrado ya. Así que no podía alejarse de su lado: si aquello ocurriera tendría que aceptar el monstruo en el que se había convertido o, si quiera, admitir que estaba tan hecho jirones como Ofelia. Y no. Un hombre como él no podía estar partido; su identidad no era un castillo de naipes a punto de derrumbar.

—Eres como yo —se aventuró a espetar Ares aquella mañana, mientras se vestía para acudir a las filas. Ofelia se encogió, ofendida por aquellas palabras.

—No es verdad. Yo no he matado a nadie. —Pero Ares, lejos de sentirse ultrajado, sonrió.

—Eres el espejo en el que me veo reflejado todos y cada uno de mis días. —Miró hacia sus ojos, como buscando reforzar aquellas palabras.

¿Qué quería decir con aquello? ¿Era una declaración de sentimientos? El día anterior le había traído pastas dulces; había escuchado que eran caras y difíciles de conseguir. Ofelia solo le dijo «Echo de menos el café, y las pastas». Ares no respondió; en cambio, al día siguiente tuvo las pastas y una cafetera italiana, todavía vacía. ¿La quería o no? Aquello iba a hacerle perder la cabeza. Desde luego, no tenía la necesidad de consentirla; era ella quien estaba relegada a sus caprichos. Y aún así, le trajo aquel regalo.

Miró hacia aquellos ojos mostaza, indescifrables, y se perdió a sí misma. De nuevo, su cabeza explotó fuera del cuerpo. A su mente acudieron mejores imágenes; cuando vivía con mamá, iba a la escuela y la reñían por mascar chicle en clase. Luego no hubo clases, solo silencio. Y otra vez se vio a sí misma contemplándose a ambos: Ares y la triste Ofelia. ¿Debía, acaso, ahogarse en el cauce de un río?

—Ahogado en el cauce de un río —repitió sin venir a cuento. Aquello la hizo reconectar con su realidad: aquel cuerpo, sus propias manos, se le hicieron ajenas.

—¿Cómo? —quiso saber.

—Me dijo Drusilda que mi vida terminará contigo ahogado en el cauce de un río. Ya sabes que ve el futuro.

—Esa es la Ofelia de Hamlet —musitó—. Recuérdale a Drusilda de mi parte que la próxima vez no seré tan benevolente con su trabajo.
 
Ares abandonó la casa a paso tranquilo, mientras Ofelia se quedó mirando la mesa de la cocina en silencio. Quiso levantarse, pero sintió el cuerpo ausente; las piernas no le respondieron y los ojos estaban fijos en el vacío. «Te dejo», murmuró. «No te quiero. Te dejo». Pero aquello era mentira; pensaba en él como catalizador de cosas demasiado complicadas para articularlas en voz alta. Sin embargo, hablar podía ayudarla a ubicarse en aquella habitación con las paredes insufriblemente blancas.


Parte II: El amor de una bruja


Ofelia estaba triste, y aquello era algo para lo que la bruja Drusilda no terminaba de estar preparada. ¿Cómo alguien que era mes de marzo podía estar triste? Se suponía que era la fuerte, la líder. No un amasijo afligido. No un charco de lágrimas en el suelo. Ofelia estuvo mirando la taza de té sobre el hule de la mesa; del hule a la bebida, y viceversa. Las pupilas color arcilla parecían encontrar algo estimulante en los girasoles estampados, como si quisiera que crecieran fértiles sobre su iris. La aprendiz de bruja se preguntó, vagamente, con cuánta facilidad se podrían encontrar respuestas en las flores. Quizá era más sencillo que en los posos de té. Debía de probarlo, algún día.

—Es un monstruo —espetó Ofelia en referencia a Ares, con su frente arrugada. La boca fruncida, en una mueca que oscilaba entre el miedo y el asco. El brillo del desengaño en su rostro deslumbró cualquier palabra reconfortante que pudiera dedicarle Drusilda, así que guardó silencio, por si la calma era una solución plausible. Sí, lo fue.

—¿Qué vas a hacer? —la apremió, cuando la tensión de su tesitura se hizo insostenible. Ofelia arrugó su frente, otra vez, como si se hubiera olvidado de hablar. Drusilda continuó callada; había veces que la amargura se comía las palabras por lo que Ofelia necesitaba materializar la respuesta a aquella pregunta, qué le doliera. Entonces, y solo entonces, podría empezar a sanar.

—Dejarlo. —Suspiró. —Bueno, no sé si esa es la palabra indicada. En realidad, nunca tuvimos nada.

Ambas suspiraron. Ofelia tomó un trago del té. Drusilda se colocó a su lado, después se permitió dedicarle una mirada de arriba abajo. Había algo roto en ella y tenía miedo que jamás pudiera regresar a su origen. ¿Cuántos nudos se podían hacer a una cuerda llena de mellas antes de que quedara inservible? ¿Cuántas veces, después de rota, se podía seguir usando? Tenía su cabello lacio, castaño, recogido en una coleta alta. Los ojos de arcilla, mancillados y sin girasoles. La piel pálida, las mejillas sin lustre. La boca seca, blanca. Y las pestañas cortas y mojadas. Había lágrimas sin que realmente estuvieran. Había alguien, que era y no era. Su cuello largo, elegante, inclinado hacia abajo. Los huesos de la espalda se asomaban hipnóticos a través de su camiseta de tirantes. Drusilda quiso acariciarlos, pero no lo hizo.

—¿Ves esa separación de los posos de té? Están divididos, como hizo Moisés con las aguas. —Guardó silencio, para confirmar que aquella conversación no era unilateral. Ofelia asintió. —Indican como estás; partida. Aun así, eso no es lo único que me dicen. Después de la rotura, los pedacitos se prolongan hacia casi elevarse sobre las paredes de la taza; como la rosa que nace entre dos rocas. Hay gente, como tú, que ha nacido para sobresalir a pesar de estar en tierra árida.

Ofelia capturó su pupila, como si estuviera redescubriéndola por primera vez en mucho tiempo. Drusilda, eclipsada, quiso decirle lo mucho que la quería. Pero no. Callada, con la certeza de que no era a ella a quien miraba; sino al anhelo de la ausencia de Ares, se dejó hacer. Se dejó tocar, le entregó todo su amor como si fuera infinito. Podía tomar todo lo que quisiera de ella; a fin de cuentas, aquella rosa no solo necesitaba agua para crecer.

Lo primero que hizo fue darle un beso. Ofelia sintió ajena aquella boca sin barba, blanda y suave. Las manos suaves, también, que le acariciaron el cabello con ternura. En realidad, aquello fue como un descubrimiento; como si tuviera a su lado la teoría de la gravedad y no se hubiera dado cuenta. Qué bien se sintió el tacto Drusilda, dulce, recorriendo su espalda. En tan solo una caricia le quitó las prendas: quedó entonces vulnerable, escudada solo por sus huesos y piel. Supo que, hasta aquel instante, no se había sentido jamás tan auténtica. La mirada de Drusilda parecía capaz de atravesarle las entrañas hasta alcanzar su corazón. Llegó para quedarse viéndolo latir, recreándose en su desdicha como si quisiera alimentarse de ella.

La aprendiz de bruja estaba enamorada de la tristeza de Ofelia. Quería tomar a la muchacha para demostrarle que el destino no solo estaba escrito en las estrellas. Quería leerle la felicidad en los lunares de su estómago y después lamerla ahí abajo, hasta hacerle creer que nacieron constelaciones en el techo, lleno de grietas, de su habitación. Ofelia, por su parte, se dejó hacer. Tirada sobre el colchón, abierta de piernas, fue más libre de lo que jamás pudiera haber recordado. El egoísmo la hacía sentir empoderada, irracional y frenética. Lo quería todo para ella. Iba a tomar el placer y exprimirlo hasta perder la cordura: deseaba quedarse tan saciada que no hubiera espacio en su mente para experimentar la desazón.

Entonces, la puerta se abrió. Apareció Ares con su uniforme de militar. La mostaza de su iris recorrió la habitación de Drusilda como quien observa un cuadro costumbrista. Las vio tiradas en el colchón; tan crudas que se alejaban de la fantasía lésbica que tenía el hombre sobre la sexualidad de la mujer. Y le dio asco la forma que tenía Drusilda que acariciar el vientre hendido y moreno de su amiga. Le dieron repulsa los gemidos trémulos de Ofelia, que iban en busca de un anhelo que no llegaba nunca. Pero, por encima de todo, se sintió traicionado: su virilidad se puso en entredicho. Así que quiso castigarlas de alguna forma que le hiciera sentirse a él como sujeto de deseo y devolverles a ellas, en cambio, la condición de objeto de consumo. Alejó a Drusilda de un tirón de encima de Ofelia, para evitar que le revocaran su conquista. Él era el hombre blanco y Ofelia se había convertido en la nueva América. Iba a someterla bajo la mirada de la aprendiz de bruja, que no podría detenerlo.

Entonces fue cuando Ofelia tuvo una epifanía sobre su destino, que parecía estar ligado a una tragedia clásica. Ella era la amante de Hamlet; su futuro no estaba escrito ni en las estrellas, ni en sus lunares. Nació para servir a un hombre y morir por y para él. Iba a ser la Ofelia de alguien que la relegaría a un segundo lugar, donde sus deseos nunca formaron parte de la ecuación. Ares, por tanto, sería el señor de su guerra; de su destrucción y su cautiverio. Ella, como el resto de mujeres del mundo, no necesitaba acudir a ninguna cruzada, porque la tenía en su día a día. Quiso llorar al visualizarse como la concibió Shakespeare: ahogada en un lago. Toda una vida erigida con el propósito de ser un personaje prescindible.

En el marrón arcilla de sus ojos, crecieron girasoles. Ofelia quería diferenciarse de su yo vulnerable, que tanto había visto que pintaban en cuadros barrocos hundida bajo el mar. Así que tomó aire y le dijo que no. Hizo acopio de todas sus fuerzas para quitárselo de encima con una patada en el estómago. Ares, señor de lo belicista, emitió un quejido de dolor. Aprovechó entonces Drusilda para ponerse delante y escudar a su compañera. Ofelia tomó un jarrón lleno de agua y margaritas, que estampó en la cabeza de su Hamlet. Ya no más, quiso decirle con la boca cerrada.

Cayó el cuerpo al suelo, inerte. Tenía el cabello mojado, como si el destino quisiera mostrarles lo bonitos que se verían sus rizos húmedos sobre el cauce de un río. Y así lo imaginaron: sepultado donde nadie jamás lo pudiera encontrar. A aquel Ares, reencarnado en Hamlet, le había llegado su San Martín. Y Ofelia no tendría que sufrir las consecuencias de pertenecerle, como tanto ocurrió en historias pasadas. Lo que siempre había necesitado era reinventarse como alguien distinta: descubrir que en aquella ocasión no había sido ella la destinada a perecer bajo el mar.

Crónicas de la bruja Amaranta

Amaranta fue devorada en un hospital. Nació el veintiocho de diciembre, el día de los inocentes, y hacía mucho frío. Aquella desgarradora madrugada, Romina, su futura mamá, olisqueó las habitaciones de natalidad en busca de sangre. «La maternidad y la sangre siempre fueron lo mismo, porque la vida se erige a través de nuestro dolor», susurró a Amaranta cuando alcanzó la edad de seis años. Aquella frase, que hasta pasado mucho tiempo no llegó a comprender, terminó calando hondo dentro de ella. Romina, como buena bruja malvada, devoró a la recién nacida, que descansaba inerte en su incubadora. Años después se lo confesó, le dijo «Te vi en el hospital y tu corazón no latía. Eras calva, roja y parecías un saco de huesos, así que me resultó sencillo engullirte en tan solo un bocado. Te llevé en mi panza desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche. Después, tu corazón volvió a funcionar. Te devolví la vida en un parto como los de antaño y tú llorabas como si buscaras aferrarte a algo pero no sabías a qué».

Pasados muchos años, Romina explicó a su hija Amaranta que si deseaba convertirse también en bruja, no iba a poder ser madre a la antigua usanza. «El castigo que recibimos las mujeres al abrazar el don de la magia nos arrebata nuestra feminidad», le susurró en el oído, porque era un secreto. «Y nos volvemos viejas, feas, y poco deseables. Y nos crecen verrugas y canas». «Pero a mí me gustan las canas, mamá. Resplandecen como la plata a la luz del sol», le increpó la pequeña Amaranta. «La sangre se escurre de nuestros cuerpos, así que no podemos concebir. Y la única forma de hacerlo es alimentarnos de la sangre de otra, de la vida de otra. Así fue como te di a luz». «¿Y eso por qué sucede, mamá?». «Hay gente que afirma que fue una maldición de los Dioses, porque fuimos quienes trajimos los milagros de la medicina. Decían que, además, embaucábamos a los hombres para arrebatarles el raciocinio, por eso contra más poder reside en nosotras, nos volvemos más feas». A pesar de aquella confesión de su madre, tomó la determinación de abrazar el don de la magia sin ningún tipo de temor a sus consecuencias.

☽●☾

Amaranta había descrito su transformación en bruja malvada como un cuento para asustar a los niños y las niñas. Empezaba con «Érase una vez» y proyectaba todas las ideas que tenía sobre lo maravilloso que era ser vieja y fea. Cada vez que se miraba en el espejo, en lugar de ver su rostro, parecía que estaba frente al de mamá. Su cabello, negro como el tizón, adquirió el blanco azulado de la vejez. Como mamá. Sus ojos —negros como el tizón, también— se volvieron inútiles. ¿Cómo los de mamá? No lo sabía. Suponía que sí, puesto que la magia alejaba la realidad hasta deformarla. Y aquello era como ser ciega, ¿verdad? Así que solo podía percibir las auras de las personas, el olor de las galletas y el espacio que ocupaban los elementos de la estancia. Sin embargo, como buena bruja, era capaz de disimular para que no lo descubrieran.

Las arrugas de su frente hacían que su piel recordara a una vela encendida, con la cera muy gastada. Sus dientes eran afilados y blancos. Sus manos delgadas y huesudas. Su nariz tenía una verruga. Como mamá. Como mamá. Como mamá. Ella era hermosa, porque recordaba a mamá. Y aquello, desde luego, era el mejor regalo del mundo. Aunque antaño fue bonita; con la piel tersa, el cabello largo y liso, los ojos redondos y llenos de preguntas… Ahora era no-joven. No-bonita. Pero, por encima de todo, se sentía libre. Triste y libre. Más libre que triste, aunque triste a fin de cuentas.

A veces, fumaba peyote porque tenía la capacidad de hacerla viajar a otros lugares que la empujaban a sentirse como si fuera otra persona. Aquello la hacía feliz, porque era capaz de hacerle olvidar la pérdida de Romina. Solía inhalarlo en pipa, tumbada en su sofá de estampado morado. Se quedaba, entonces, mirando hacia las grietas del techo mientras intentaba crear figuras a través de ellas. Imaginaba a un perro. Después era un perro que hablaba con gafas de sol. Más tarde, era un perro que hablaba con gafas de sol, uniforme de policía y que montaba sobre un vehículo deslizante. Hasta que, de repente, todo se volvía negro.

☽●☾

Mamá se marchó una madrugada en la que Amaranta no podía dormir; quizá porque sus dotes mágicos la avisaron, tratando de anticipar la tragedia. Escuchó ruidos en su habitación, así que acudió a rescatarla como si se tratara de la princesa cautiva de un cuento. Pero, cuando destapó las sábanas, estaban vacías. Así que se quedó durante unos instantes frente al colchón vacío, de la cama vacía. Y vacía se sintió ella, también, porque aquello fue como si se hubieran secado todos los órganos de su cuerpo. La bruja Amaranta, ahora era una cáscara de la bruja Amaranta. Le habría gustado llorar, romper la almohada, quemar su hogar. Quería, desde luego, hacer algo. O que el tiempo se detuviera en aquel instante, porque la experiencia le había enseñado que los sucesos traumáticos congelaban las cosas. Pero no ocurrió. Así pues, el castigo de la Bruja Amaranta llegó con el inexorable paso de los días, de las horas, en un mundo donde nadie, a parte de ella, recordaría la imagen de mamá. Bajo las mantas encontró un montón de plumas de pato, así que tuvo el impulso de creer que su madre se convirtió en ave para salir volando por la ventana que, efectivamente, estaba abierta.

En alguna ocasión pensó que la había abandonado, aunque después llegó a la conclusión de que era imposible. ¿Cómo iba a dejarla sola mamá, cuando le dijo que era la luz de sus ojos? Si le preparaba galletas de chocolate era porque la quería, y lo que el azúcar unía, nadie lo podría separar jamás.

Tras la desaparición de mamá, Amaranta empezó a heredar su magia. Su cabello se hizo blanco como la cal, sus ojos se volvieron opacos y su rostro se convirtió en el de una anciana. Sabía que había sucedido por la tristeza, que tenía el poder de convertir a las brujas en desgracia. La mayoría de ellas eran viejas porque la desdicha las había llenado de agujeros. Sin embargo, a Amaranta no le importó; de hecho, incluso le gustaba. Se miraba en el espejo para admirar su cara de bruja malvada, y su verruga, y sus arrugas, y sus uñas largas y afiladas. Ahora era una villana completa. Y, como villana completa, no podía ser feliz.

☽●☾

En la nueva ciudad, plagada de tecnología, las mujeres ya no daban a luz como antaño. Ahora se pedían los bebés por encargo en las incubadoras del hospital, de modo que la sangre ya no ocupaba un papel fundamental en el embarazo. Amaranta estaba muy asustada por aquello, porque pensaba que los dispositivos electrónicos habían dejado fuera de lugar a la magia y, como consecuencia, ella y todas las brujas iban a desaparecer de la faz de la tierra. Por eso, daba clases sobre hierbas medicinales en su casa, a la par que intentaba educar a las mujeres sobre la importancia del sacrificio de la sangre.

Mira, una de sus alumnas predilectas, había acudido aquella tarde con Axel, su pareja, a que le hiciera una tirada de Tarot. Se había quedado embarazada por el método tradicional, a pesar de los intentos de Axel por hacerla cambiar de opinión. De hecho, a Axel no le agradaba Amaranta en absoluto; podía verlo en su aura, que pasaba a oscurecerse cada vez que estaba cerca de ella. De la misma forma, Axel tampoco podía entender la implicación que tenía Mira por sufrir un embarazo, cuando podía ahorrarse todo el dolor y riesgos médicos mediante el uso de la incubadora. «Las mujeres somos creadoras de vida y debemos de experimentarlo en nuestras carnes. La naturaleza nos pertenece y no debemos de profanarla. Es una aberración que una máquina tenga a nuestro bebé en lugar de nosotras», espetó Mira, como si estuviera haciéndole un reproche a sus pensamientos.

El estómago de Mira había crecido como un globo, le llegaron las náuseas, los antojos y, en última instancia, las pataditas del futuro bebé, Elías. Axel solía poner su mano sobre su vientre hinchado, buscando conectarse con él. Le gustaba regalar palabras de cariño, mientras besaba la piel del estómago de Mira, que de contener a Elías parecía dada de sí. En ocasiones, Axel tenía pesadillas en las que se abría una brecha en la redondez de su amada, que la engullía a ella y al feto.

La puerta de entrada de la casa de Amaranta tenía la estatua de la diosa Hécate en un relieve de madera. Aquellos seis ojos, de las tres cabezas, parecían observar cada uno de sus movimientos como si buscaran proteger la entrada del hogar. Mira colocó su mano derecha sobre una de las cabezas de la diosa, después le susurró a Axel «Ella nos representa a nosotras, las mujeres». Axel guardó silencio, mientras sopesaba qué relación habría entre la feminidad y aquellos rostros.

Entraron a la casa de la bruja, que olía a sándalo. Estaba repleta de piedras mágicas, además de otros objetos que Axel no supo identificar. Tenía un péndulo de cuarzo rosa, una bola de cristal y diferentes barajas de cartas con poder para la adivinación. Amaranta les recibió con una sonrisa bajo sus diminutos ojos grises, enmarcados por unas gafas de media luna. Tenía el cabello cano, prácticamente blanco, con matices que variaban entre el violeta y el azul. Sobre su cabeza llevaba un sombrero de bruja hecho de papel de aluminio. Mira censuró a Axel, por miedo a que se riera de aquel extraño accesorio.

—¡Muchas gracias por invitarnos! Teníamos ganas de visitarte —empezó a hablar Mira, con genuina emoción. Axel decidió no comentar nada al respecto. —Como ya sabrás, me he quedado embarazada por el método tradicional y quería asegurarme de que todo está marchando bien con mi futuro bebé.

Amaranta asintió, antes de animarse a hablar.

—En primer lugar, me gustaría que antes de que empecemos con la sesión de Tarot me hagáis un favor. Tenéis que dejar cualquier artilugio electrónico que llevéis encima en esta caja. Antes de iros, os traeré la caja de vuelta. —Tomó aire. —Espero que me disculpéis, pero las ondas electromagnéticas me consumen como el aceite de un candelabro. Y me pongo enferma. El electromagnetismo es incompatible con la magia.

Mira asintió, después colocó su teléfono móvil dentro de aquella caja, que estaba hecha de metal. Axel imitó a la futura mamá de su hijo. Tras aquello, Amaranta les dirigió a un comedor con la mesa redonda, cubierta con un mantel con dibujos de constelaciones del horóscopo. Sacó su Tarot del bolsillo, encendió una vela blanca y volvió a sonreírles.

Lo cierto era que, desde que la tecnología había ocupado un lugar tan importante en la ciudad, Amaranta se había ido sintiendo más enferma. Pensaba que tenía alergia a las ondas, porque eran incompatibles con su poder arcano. Por eso solía pasearse con su sombrero de papel albal en la cabeza, ya que desviaba los rayos lejos de su cerebro.

—¿Cuál era el motivo principal de vuestra consulta?

—Me gustaría saber el sexo del bebé, y el color de sus ojos. También quiero saber si nacerá sano y si será feliz. —La emoción vibraba en la voz de la futura mamá de Elías.

Amaranta guardó silencio y se puso a repartir las cartas sobre el tapete de la mesa; las colocó en forma de cruz, siguiendo el órden de las agujas de un reloj. Mira reconoció la Rueda de la Fortuna, el Carro, la Sacerdotisa y la Templanza como los arcanos mayores. El resto de cartas fueron un Dos de Copas y el Rey de Oros. De todas ellas, la que le pareció más bonita fue la de la Sacerdotisa. Representaba al número dos de la baraja y aquello, evidentemente, era bastante revelador. El número dos como sinónimo de un segundo lugar. ¿Segunda en qué? En la vida, tal vez. Las cualidades de Mira nunca habían destacado en particular y siempre tenía la sensación de que había alguien dispuesto a ensombrecer su brillo. Segunda, también, por lo que implicaba ser mujer. Nosotras éramos la otredad. Mientras que el estándar —lo primero—, siempre fue lo masculino. Así que teníamos que seguir los pasos de un sendero que jamás pudimos escoger, que nos impusieron.

Mira también pensó en que había otras connotaciones en aquel arcano. El conocimiento desde la practicidad, que terminaba originándose en su misma esencia; innato. La plenitud del universo tampoco podía escapar a la sabiduría de la Sacerdotisa que, encerrada en un palacio, había desentrañado el significado del mundo sin tan siquiera haberlo podido visitar. Y así se sentía Mira: como un pájaro cautivo. Ella, igual que muchas de nosotras, tuvo que aceptar el rol de la contemplación.

—¿Qué te pasa? Te noto dispersa —le increpó Amaranta.

—Nada, es solo que a veces me da la sensación de que puedo saborear las cartas. La Sacerdotisa tiene un deje a clorofila y la Templanza sabe a mar.

—Eso te sucede porque tienes el don de la videncia. —Amaranta sonrió. —La Triple Diosa nos lo regaló a todas nosotras. Sin embargo, todos los dones acarrean envidias y maldiciones. Por eso, como a la Sacerdotisa de la baraja, nos quisieron arrebatar la habitación propia.

Tras aquello, empezó a hablar de lo que veían sus ojos sobre el futuro del pequeño Elías. Les dijo que sería un niño metódico, con la cabeza cuadrada, y de ojos azules. Les dijo, además, que tendría todos los dones que le había otorgado el Tarot al segundo arcano pero luciendo el tan deseado primer puesto, que solo podría serle otorgado por la masculinidad. Después les habló de que la Templanza lo bendijo con autocontrol y equilibrio. En él iba a residir la dualidad de pisar con uno de sus pies tierra firme mientras, con el otro, acariciaría el mar de la costa. Su Elías estaba capacitado para darlo todo; el frío y el calor. Sin embargo, habría un momento en la vida de Elías en el que su preciado equilibrio se difuminaría; por eso estaba ahí el Carro. Era un arcano que se posó al revés, para delatar un desequilibrio entre las fuerzas físicas y materiales.

—Elías está maldito —determinó la bruja—. Elías, como mucha gente con un don, nacerá maldito. Cuando llegue a su edad adulta, como estaba leyendo en el Carro, se congelará. Como sucede aquí, en la ciudad, que estamos todos muertos. Perderá su talento hasta convertirse en un bloque de hielo.

☽●☾

Desde aquella visita, Amaranta no paraba de tener revelaciones respecto al bebé. A pesar de que jamás iba a ser madre, la magia le recordaba todas las madrugadas cada uno de los achaques que vivían las mujeres antes del parto. Pasados varios meses, tuvo una de las visiones que más la sorprendió en su larga vida. Todas las brujas sabían que el fruto de su poder trascendía más allá de la carne y residía a través de su feminidad. Por tanto, todas las brujas debían de ser mujeres para terminar interconectadas. Así pues, no la sorprendió el hecho de que, en uno de sus viajes astrales, viviera un nuevo parto. Podía presenciar su tripa redonda, tensa. Y experimentar los antojos a chocolate y la pesadez de pies. Sabía quién era, puesto que una parte de ella empezó a sentir que existía un hilo invisible que la unía irrevocablemente a Mira. Por ello, determinó que el universo engarzaba a las personas como si fueran las piezas de un intrincado rompecabezas que, una vez terminado, podía cobrar sentido.

Entonces, sintió cómo se removían sus entrañas, como si trataran de decirle algo. La boca le sabía a menta y su corazón se volvió hiel. Y lo supo. Tuvo toda la certeza del mundo de la maldición de Elías. Aquella visión, seguida por aquel aroma profundo a madera húmeda, le caló desde dentro. Así que derramó lágrimas con la evidencia de que tanto Mira como ella eran la misma persona; alguien que claudicaría en la desgracia. Malditas estaban ambas, y su descendencia debía de heredar la ponzoña.

Sin embargo, quisieron posponer lo inevitable. Por ello, abrazaron con todo el cariño del mundo aquel vientre inflado, con el único consuelo de que mientras lo aguardaran en su interior estaría alejado del dolor. No obstante, cuando llegaron las contracciones y el agua llovió entre sus piernas, erosionaron también sus ojos. Lloraba la vagina de la misma forma que lo hacía el resto de su cuerpo; con sus lágrimas, con su sudor, y con sus babas. El agua corrió hacia fuera en un llanto desgarrador, que buscaba sobreponerse al destino. Aceptaron, entonces, la epidural y empujaron con fuerza tratando de sentirse lo menos culpables posibles porque aquella vida, que acababa de eclosionar, perdiera el delicado vínculo en su ombligo.

☽●☾

Aquella mañana, amaneció Amaranta con el desenlace del cuento en la cabeza pero, por desgracia, no iba a terminar con un «Vivieron felices y comieron perdices». Evocó a Mira como protagonista y a ella misma como su mejor amiga, tomándola de la mano. Las imaginó a ambas lidiando batallas contra dragones para romper todos y cada uno de los hechizos del reino. Sin embargo, aunque la ciudad en la que vivían estuviera congelada, su magia no iba a obrar suficiente fuerza como para romper con aquellos grilletes. De hecho, tampoco iban a apoyarla a ella, una bruja a la antigua usanza, a la hora de liderar la batalla. La gente quería a princesas jóvenes y guapas; sin celulitis, delgadas, y con toda la inocencia y promesas intactas. Mientras que ella, en cambio, era huérfana. Estaba malograda por una vida que la convirtió en fea. Y le gustaba ser fea, se lo repetía a menudo.

Acudió a la habitación de su madre para regodearse en su ausencia y se encontró con que sobre la colcha de la cama había un huevo de pato. Era redondo, blanco. Brillaba tanto que, durante unos instantes, creyó que estaba recubierto de plata. «¡Mamá!», gritó como la niña perdida que era. «Por favor, dime que eres tú quien está aquí dentro». Pero Romina no respondió porque, evidentemente, todavía no había eclosionado. Además, los patos no hablaban. «Ha nacido el bebé de Mira, y está maldito. Él es el destinado a liberar esta ciudad del hielo, pero no va a poder hacerlo. Y yo, con estas manos arrugadas, con estos labios finos, pálidos. Con estos ojos inútiles. Toda yo, no sirvo para prestarle ayuda». Hizo acopio de sus fuerzas para no ponerse a llorar, porque no quería quedar en evidencia delante de su madre.

Con la ilusión renovada, decidió acudir al hospital con Romina metida dentro de su bolso. En la recepción fue atendida por una chica joven, vestida de un blanco aséptico y con una cofia en su cabeza. Tenía los ojos del marrón de un roble, las pestañas tan largas que parecían infinitas, los labios rojos como manzanas. Le sonrió despacio, con miedo a asustarla por sus dientes afilados. Le preguntó por Mira, aunque sin saber su apellido no iba a llegar a ningún sitio. Sin embargo, Axel apareció tras ella, seguido por el olor a cigarro. «Buenas tardes, cuánto tiempo», saludó Amaranta. «Vengo a ver a Mira, sé que debe de estar ya ingresada en la planta de maternidad. ¿Qué tal está el bebé?». Axel, en respuesta, le regaló una sonrisa seca que incluso Amaranta, con sus dones de adivinación, no pudo descifrar. «Ven conmigo».

Llegaron a la habitación veintiocho, donde Mira descansaba con gesto agotado, pero satisfecho. Entonces, Amaranta se acercó a ella con el ansia de confiarle el secreto más preciado del mundo.

—Mi madre ha vuelto a verme, y es la prueba de que los milagros existen. Así que quizá pueda haber esperanza para el pequeño Elías. —Le mostró el huevo de pato, que brillaba como si fuera mágico bajo las luces del flexo del hospital.

—Eso es un huevo, no un milagro —le reconvino Mira, más desorientada que cualquier cosa.

—No es verdad, es mi madre Romina que desapareció dejando plumas de pato y, ahora, regresa como su victoria contra la muerte. Con razón me confesó que las brujas éramos inmortales.

Y aquello era cierto. No había mayor prueba de vida que la existencia misma de los huevos: dentro de su cáscara contenían una sustancia que parecía inocua, muerta, pero en cambio de su interior resurgía una nueva vida. Los huevos eran la evidencia más clara de ganar una batalla contra la muerte; del paso del frío del invierno al calor de los rayos del sol.

—Creo que no te sigo, y tampoco entiendo lo que propones, Amaranta.

La bruja malvada Amaranta usó la magia en sus ojos inútiles para sopesar el cuerpo cansado de Mira. Primero, contempló su cabello carente de brillo, después la palidez de su rostro y, en último lugar, valoró lo opacas que tenía sus pupilas. La sangre de aquel embarazo le había arrebatado gran parte de su esencia; era como si aquel bebé hubiera robado la mitad de la vida que le restaba a su madre. Y así iba a suceder por los siglos de los siglos, porque aquella era una de muchas de las penitencias que pagábamos las mujeres.

—Pienso que Romina, cuando nazca, va a apadrinar al pequeño Elías para enseñarle cómo combatir su maldición helada. Creo que, a veces, estar maldito o vivir en desgracia es la consecuencia de ser incomprendido por aquello que nos rodea. Y, en última instancia, pienso que tu bebé va a ser un alma que ha nacido para marcar un hito en la forma tan fea que tiene el mundo de ver a las brujas.

—¿Será él quien nos dé voz?

—El primer paso para cambiar las cosas es que quienes construyeron nuestra penitencia reconozcan que estamos presas.

Ambas se giraron hacia Axel, que guardaba silencio. De fondo, escucharon el llanto del pequeño Elías, en un reclamo de atención que rompió la complicidad que durante siglos habían construido todas y cada una de las mujeres.

Cuaderno de anotaciones de Ofelia



                    Recuerdo que el día que descubrí quién era mi padre, decidí que habría sido mejor no haber nacido. Era un soldado, cómo no. Un héroe que no era un héroe. Un monstruo disfrazado de galán. Se llamaba Saúl y vestía con el uniforme canela de su división. No era ni alto ni bajo; ni gordo ni delgado. Tenía la barba sin cuidar, algo de entrecejo y la nariz un poco doblada porque probablemente se la rompió alguna vez. Lo veía algunas veces en Karolina, mi ciudad. Todas las tropas estaban en el foco más alejado del conflicto armado, Salamina, mientras que el resto estábamos en la capital.

                    La cosa había desembocado en un cerco, que dividía el centro en el que estábamos nosotros de la periferia donde ellos se resguardaban. Si querías salir, no podías; tenías que llevar un permiso especial. Ya que por supuesto, ellos no tenían cómo saber si eras un rebelde y querías bombardear o asesinar civiles en sus dominios. Porque sus dominios valían más que los nuestros y sus civiles eran, también, más importantes que nosotros.

                    Sabía yo que Saúl acudía a la plaza de la iglesia de Karolina todos los sábados por la mañana. Era el día en el que la periferia hacía alarde de su caridad y nos traía comida. Normalmente eran legumbres, arroz y alguna que otra conserva. Aunque a veces teníamos suerte y había pan blanco; otras nos daban unas tortas oscuras y duras que distaban mucho de estar hechas con trigo. Ahí iba mamá junto con otras mujeres a hacer cola para conseguir abastecerse. Y ahí fue, obvio, donde conoció a aquel señor.

                    Me imaginaba a mamá más joven y menos cansada. Con su melena negra, larga y lacia, como una cortina a través de sus hombros descubiertos; solo provistos por una camiseta de tirantes algo gastada. Sus ojos avellana serían expresivos, acentuados por sus pestañas largas. No tendría tantas bolsas ni ojeras y su piel olivácea no se vería tan amarillenta como en sus últimos años. Había descubierto que las arrugas, en muchas ocasiones, además de delatar la edad iban a juego con el cansancio de la vida. Las arrugas eran testigos de cómo nos quisimos comer el mundo y, al final, él nos engulló a nosotros.

                    Saúl seguro que la vio con su pelo carbón y millares de ilusiones intactas. Fue él quien quiso alimentarse de la felicidad de mi madre, y desde luego que lo hizo. ¿Cómo no iba a conseguirlo en un mundo donde el hombre blanco ejercía su hegemonía? Héroes, los llaman, y yo solo rompo a reír con ironía, porque las lágrimas se me han gastado del todo. Mamá no me dijo que la violó y, probablemente, dentro de los estándares de muchos tampoco lo hiciera. Para la mayoría violar es que te aten a una cama y hagan lo que quieran contigo. Qué te metan una paliza mientras suplicas clemencia e imploras que no te introduzcan un pene dentro de tu vagina.

                    Pero siempre existieron otro tipo de violaciones; más silenciosas pero igual de horripilantes. Violaciones encubiertas; donde no puedes optar a otra cosa que no sea cerrar los ojos y asentir mientras hacen lo que quieran contigo. Violaciones donde te ves intimidada por un señor a rebosar de billetes con los que alardea de un prestigio inmerecido. Lo odias, pero te engañas; como pensando que te está ayudando dándote algo de dinero. Que eres su juguete más valioso. Que tuviste suerte de que estuviera contigo en lugar de con otra. «En realidad, Ofelia, fui afortunada por que apareciera en mi vida. A veces me traía pan blanco o telas para que me cosiera vestidos»; me confesó mamá. Y yo quise, solo quise... Quise muchas cosas pero no sabía designarlas. La rabia me comió la lengua.

                    Ella parecía muy convencida de engañarse con que quería compartir intimidad con ese señor. Y para mí explicarle la complejidad que veía en el consentimiento; decirle todo aquello de la luz de gas o de la coacción se me hacía un mundo. Creo que había roto tanto a mi madre que hacerle juzgar su pasado, terminaría de quebrarla. Prefería hacer como que no pasaba nada. Enfocaba su felicidad en sus aficiones; como sus brebajes de bruja.

                    Cambió de tema y empezó a explicarme por qué me puso Ofelia. Me confesó que antes de que apareciera Saúl en su vida ella iba a la escuela. La formación obligatoria era hasta los dieciséis años y ella, por supuesto, se consideraba una alumna aventajada. Mi madre era muy curiosa y le encantaba investigar las cosas que aprendía en clase por su cuenta. Acudía mucho a la biblioteca para alquilar libros que luego tener que leer en casa. Aquel era su mayor entretenimiento dado que su familia, de etnia gitana, le había declarado la guerra a cualquier ápice de tecnología. No era que la gente de a pie tuviera muchos avances: solo constábamos de un móvil que nos daba el Estado y una Tablet con teclado, que se podía poner o quitar, de muy baja potencia. Ambas eran de la misma marca, BQ, defendida como producto nacional.

                    Fuera de Karolina, donde estábamos nosotros, se podía adquirir más variedad de productos. En Salamina había bastantes tiendas donde grandes marcas ejercían su competencia. Y, además, estaba también la opción de adquirir productos a través de internet; en un mercado menos restrictivo y menos limitado de lo que estaba aquí. Mi madre, como sus padres, tenía sus dispositivos electrónicos pero no les hacía demasiado caso. Las horas de uso que tenía mamá estaban, por supuesto, restringidas por sus progenitores.

                    La abuela Zita a veces le leía la mano. Desde que le llegaba la memoria tenía en la cabeza el presagio de Zita «Naciste con las tristeza bajo el brazo, Ciara. Aléjate de la tecnología porque solo la naturaleza te podrá dar la luz». Entonces mamá Ciara se imaginó a toda ella como un remolino de oscuridad. Le afectó tanto que ni siquiera cuestionó las restricciones irracionales de Zita y yayo Lucas. Así que solo se pasaba las tardes leyendo para matar el tiempo.

                    Confesó, entonces, que el primer libro que le hizo un agujero en el corazón fue Hamlet. Lo cierto era que la mayoría de novelas que leía estaban limitadas; había algunas restricciones en cuanto a la ideología de lo que podríamos leer. La idea era no introducir pensamientos rebeldes dentro de Karolina. Porque, para la periferia, toda Karolina estaba llena de asesinos sin corazón. Hamlet se publicó como excepción: a los patriotas de Salamina les encantaba el ideal de justicia y venganza que imponía aquella obra de teatro. Vengarse del asesinato de tu padre. Qué heroico. Qué patriótico. Qué lícita era la crueldad del honor para defender tu familia y tus tierras. Hamlet, como protagonista, dudó. Dudó sobre si estaba haciendo bien, pero al final nada importaba. El ideal tóxico del héroe, que tanto le gustaba a mamá, seguía estando ahí. Ciara me repetía una y otra vez el monólogo.

Pero silencio. ¡La gentil Ofelia!

¡Ah, ninfa! En tus plegarias

que todos mis pecados se recuerden.

¿Qué es mejor para el alma,

sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,

o levantarse en armas contra el océano del mal,

y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...


                    Así que me dijo que yo iba a ser como Ofelia. Mi primera reacción fue el horror. No quería parecerme a una mujer que caía en la locura por los desaires de un hombre. Al principio la odié. Odié tanto a Ofelia, como a Eco, como a Dafne, como a Penélope y como a una larga lista más de damas cuya existencia solo había sido una premisa para destruirlas a ellas y enriquecer a algún hombre. Luego pensé. Pensaba mucho en si tenían algo que decir. Y quise darles voz. Ojalá ellas tuvieran el poder de hablar. Ojalá no las hubieran creado mudas.

                    Fue en aquel momento cuando redescubrí mi nombre. Le dije a mamá que iba a ser una Ofelia mejor. Que iba a hacer justicia por todas las que jamás tuvimos la oportunidad de hablar. Ciara me sonrió, creo que sin entender las convicciones desde las que hablaba o sin analizar lo horrible que era el ideal romántico de venganza. Mi deber era matar a Hamlet para que, por fin, dejaran de pintarme en cuadros barrocos ahogada en un lago. 
 

Alexandre Cabanel (1823-1889), Ofelia; 1883. Óleo sobre lienzo, 77 × 117,5 cm.


Indefensa



             La princesa Soledad estaba en su torreón con la mirada fija en el infinito. Sus ojos clavados donde la aurora se fundía con la tierra. Imaginaba el cielo como el lugar en el que habitaba todo lo etéreo, mientras que la tierra englobaba un amasijo inconsistente y mundano. La tierra era tan aburrida, que le causaba rechazo pensar en ella. Por eso le gustaba estar en un lugar tan alto, donde podía ver nacer las gotas de agua.

             Aguardaba a su príncipe de yelmo de plata: tenía ganas de que fuera a por ella y la ayudara con sus dragones. Todas sus ilusiones las había enfocado en que en algún momento sería rescatada y, entonces, su vida cambiaría radicalmente. De hecho, aquello para Soledad era una exigencia: ella no solo anhelaba ser rescatada, sino que también lo exigía. Se merecía estar triste, ser débil y vulnerable. Cautiva en su torre, la princesa Soledad revindicaba su derecho de no ser valiente. Con orgullo, quería demostrar que lo erróneo no era buscar a un príncipe sino que su vida estuviera condicionada por aquello.

             Así pues, Soledad sonrió con lágrimas en los ojos. Se las imaginó hermosas, como las gotas de agua que bailaban hacia el asfalto. Sus ojos eran otro torreón que, hasta aquel instante, había almacenado cada una de sus emociones. Pero ahora no importaba, porque encerrada entre cuatro paredes se sentía más libre que nunca.





Un, deux, trois



         Un, deux, trois. Se mira en el espejo. Cabello largo, rizado y oscuro. Ojos chocolate y diminutos. Mejillas gruesas, boquita de piñón. Nariz delgada, como lo es ella entera. Dientes torcidos. Un, deux, trois. Su imagen le dice muchas cosas que no sabe cómo expresar. Se inclina sobre la pila y abre el grifo. El agua fría, las ideas de sal. Alza el rostro húmedo y sonríe sin sonreír. Los ojos enrojecidos por unas lágrimas que no caen. Un, deux, trois. Toma el maquillaje de su neceser. La base primero, para cubrir imperfecciones. Después el colorete, la sombra y el eyeliner. Y, más tarde, el gloss. 

         Un, deux, trois. Su reflejo se desdibuja, hasta que termina olvidando de quién es. Alza el rostro hacia los focos de baño y se imagina sobre la escena de un ballet. Ella, hermosa y distinta. Sus labios tararean una melodía tan desfasada como lo está ella misma. Un, deux, trois. Retoma el baile y sonríe. A su lado una imagen que no es su imagen; los delirios de inmortalidad. Un, deux, trois. Una bailarina, una princesa. Lo eres todo, muñeca. Un, deux, trois. A carcajadas. Sonríe a carcajadas. Pierde el equilibrio, y cae. A su lado, un bote de pastillas de Diazepan.







Dafne 2.0


Las historias, en ocasiones, necesitan actualizarse

           Corro con todas mis ganas. Me persigues y trato con ahínco de no desestabilizarme en mi huida. Trastabillo con una raíz seca. Un, dos, tres. Cojeo y retomo el equilibrio. Siento tu aliento en mi nuca, a pesar de que no estás lo suficientemente cerca. Se me pone el vello de punta y continúo corriendo. El bosque espeso, lleno de ramas que me arañan los brazos. No las noto a penas, pero la sangre gotea despacio; como si tuviera miedo a salir. Trastabillo de nuevo, y caigo. Atino a percibir dos raspones en mis rodillas, antes de incorporarme torpe y rápido. Un, dos, tres. Vuelvo a correr, pero me detienes. Tu mano derecha, que me toma del brazo lleno de cortes. La sangre que baila, el tono rojizo de la piel herida y el escozor que está ahí pero ignoro.

           —Dafne —murmuras sin aliento, como si fuera una súplica. Me retuerzo lejos de tu agarre, pero tienes más fuerzas. Mi mirada al cielo, rogando un milagro.

       —Suéltame, por favor… —Pero no me escuchas, Apolo, porque mi opinión nunca tuvo importancia; porque soy insignificante dentro de la ecuación. Pienso durante unos breves instantes en otras a las que les ocurrió lo mismo, y las compadezco. No como ellas; nunca como ellas. Mi mirada al cielo, todavía rogando un milagro.

         —Dafne —repites, arrodillado ante mí como quien se postra ante un dios. ¿Me idolatras, Apolo? Me cuestiono con sorna. Lo suficiente como para hacerme esclava de algo que nunca quise. Deseo ser libre, pero ese es un deseo demasiado grande para alguien como yo. Un milagro, necesito un milagro.

           Tus pupilas se dilatan con horror y yo, aprovechando la distracción, trato de aventarme lejos de ti. Son tus pies los que están sellados, enraizados en tierra. Tu cuerpo se llenó de madera, caucho y se hizo marrón. Sonrío, mientras tu boca hace una mueca aterrorizada. La sangre de los cortes de mi brazo gotea sobre tu corteza. Despacio, acaricio con mis dedos las hojas de laurel que surgen en la palma de tu mano. Hermoso, Apolo, te volviste alguien hermoso y vulnerable.

           Me alejo de ti, ostentando por primera vez en mi vida poder. Me siento fuerte. De las lagunas de tus ojos cae una lágrima que capturo, antes de que termine tu conversión. El cielo llora, como quieres llorar tú también. Las nubes se apiadan de tu tristeza y caen truenos. La lluvia me purifica, me da fuerzas. Soy libre, Apolo. Las tornas han cambiado.

           —¿Cómo te sientes? ¿Insignificante? ¿Desvalido? —te pregunto con acidez, antes de alejarme a por una antorcha.






Dafne






           Corro con todas mis ganas. Me persigues y trato con ahínco de no desestabilizarme en mi huida. Trastabillo con una raíz seca. Un, dos, tres. Cojeo y retomo el equilibrio. Siento tu aliento en mi nuca, a pesar de que no estás lo suficientemente cerca. Se me pone el vello de punta y continúo corriendo. El bosque espeso, lleno de ramas que me arañan los brazos. No las noto a penas, pero la sangre gotea despacio; como si tuviera miedo a salir. Trastabillo de nuevo, y caigo. Atino a percibir dos raspones en mis rodillas, antes de incorporarme torpe y rápido. Un, dos, tres. Vuelvo a correr, pero me detienes. Tu mano derecha, que me toma del brazo lleno de cortes. La sangre que baila, el tono rojizo de la piel herida y el escozor que está ahí pero ignoro.

           —Dafne —murmuras sin aliento, como si fuera una súplica. Me retuerzo lejos de tu agarre, pero tienes más fuerzas. Mi mirada al cielo, rogando un milagro.

           —Suéltame, por favor… —Pero no me escuchas, Apolo, porque mi opinión nunca tuvo importancia; porque soy insignificante dentro de la ecuación. Pienso durante unos breves instantes en otras a las que les ocurrió lo mismo, y las compadezco. No como ellas; nunca como ellas. Mi mirada al cielo, todavía rogando un milagro.

           —Dafne —repites, arrodillado ante mí como quien se postra ante un dios. ¿Me idolatras, Apolo? Me cuestiono con sorna. Lo suficiente como para hacerme esclava de algo que nunca quise. Deseo ser libre, pero ese es un deseo demasiado grande para alguien como yo. Un milagro, necesito un milagro.

           Tus pupilas se dilatan con horror y yo, aprovechando la distracción, trato de aventarme fuera de ti. Mis pies están sellados, enraizados en tierra. Mi brazo ya no sangra, ni siente. Ahora es hermoso: marrón tierra húmeda, coronado por unas delicadas hojas de laurel. Una sonrisa se construye en mi boca, mientras se disuelve lo poco humano que queda de mí.

           —¡No te vayas, Dafne! —imploras histérico. Mi sonrisa se eleva todavía más; absuelta de compasión. La calma se edifica desde lo más profundo de mi pecho. El último pensamiento coherente que tengo es que, al fin, soy libre.





Tengo las palabras atragantadas



Tengo las palabras atragantadas;
abro la boca, y nada.
Quiero,
pienso,
siento,
padezco.

Tengo las palabras atragantadas;
y eres tú quien no me permite sacarlas.
Esclava de los silencios
funambulista de medias verdades.

Dices tener razón
desde donde empiezan
hasta donde terminan 
mis males.

Tengo las palabras atragantadas
y no me ayudas a liberarlas.
Piensas,
sientes,
padeces.
Lo tuyo siempre.

El dolor me socava,
me hunde,
me humilla
y me rebasa. 
Lo tuyo siempre.

Es tu inmovilismo una jaula;
de grilletes gruesos 
y gruesas amenazas.

Derramo lágrimas como 
un cántaro a rebosar. 
Que cargo yo sola,
mi cántaro de agua.

Tengo las palabras atragantadas
y me olvido de mis demonios.
Lo tuyo siempre.

Somos las mujeres
quienes ni sienten,
ni padecen.






 
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