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Chris no sonrió; mantuvo su mirada fija en el suelo.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Sofi... —empezó él. Una lágrima voló desde la altura de sus ojos al suelo—. Tengo miedo.

Me acerqué a él y lo estreché con fuerzas entre mis brazos.

—¿Miedo? —le interrogué peinando sus hebras castaño claro con suavidad—. ¿Miedo de qué?

Chris cerró sus diminutos brazos en torno a mi cintura a la par que apoyaba su cabeza en mi pecho.

Le sentí inhalar profundamente mi aroma. La tensión de su cuerpo cesó, como si el olor procedente de mi piel le otorgara paz.

—Tengo miedo del olvido.

Aprecié cómo se humedecía mi camisa.

—No seas tonto —le consolé—, no tienes por qué temer por eso.

Chris se apretujó aún más fuertemente a mí.

—Pero Sofi —hipó—, tarde o temprano dejaré de formar parte de ti.

—Shhhh... —siseé—. No llores; te prometo que eso no va a ocurrir.

Las lágrimas de Chris continuaron impactando contra el terroso asfalto.

Suspiré, sin saber qué decir; sin tener la más remota idea de qué palabras lograrían detener su amargo llanto.

Cerré los ojos, y simplemente sentí su calidez, tratando de hacerla compañera de la mía. Con suavidad, empecé a tararear una canción de cuna que mi madre todas las noches me cantaba.

Con aire resignado, Chris me miró a los ojos, antes de pronunciar:

—Soy un recuerdo; represento a tu infancia, y, cuando finalmente te hagas adulta terminarás por convertirme en el compañero del olvido.


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