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Nuestros pies danzaban armoniosamente; deslizándose con elegante brío sobre el reluciente suelo de mármol. La melodía de aquel vals tejía un ambiente cálidamente prometedor.

Mi vestido azul medianoche era asombroso; cada vez que giraba parecía un mar iluminado por el brillo de la luna nocturna, las olas de aquel océano se hacían más notorias y juguetonas con el vaivén de mis caderas al compás de la música.

—Mi princesa —articuló él—, de cabellos de fuego y tez pálida.

—Mi príncipe —articulé yo—, de mirada gélida y ojos de plata.

La mano de él reposaba en la parte baja de mi espalda, presionando nuestros cuerpos de un modo indecorosamente excitante. Le sentía cerca; estaba ahí.

Sonreí, feliz, sintiéndome como la protagonista de La Cenicienta en el baile antes de que dieran las doce. Mi mirada, en aquel momento se centró automáticamente en el reloj del castillo; las diez y media.

—Princesa, es hora de despertarse —me susurró él al oído—; tienes que dejar atrás todos aquellos cuentos de hadas en los que sueñas cada noche.

—¿Por qué? —le digo yo, sorprendida por el sopor de mi voz.

—Porque nada de esto, es real. Abre los ojos.


Mi cuerpo yace tembloroso en un callejón, lleno de cortes y arañazos.
Mi hermoso vestido azul ha sido sustituído por una minifalda de cuero y un top rosa deshilachado.

—¡Puta! —me grita alguien a mis espaldas—. ¿A dónde coño te habías metido?



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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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Eres el visitante número...