Mi Nana

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—Por favor, no te vayas —imploró el Chico tomando la pálida e intangible mano de la Chica—. Quédate conmigo.

La Chica bajó su mirada al arenoso suelo a la par que sus labios sonreían de manera triste. Bajo aquellos granos terrosos estaba su cuerpo; arropado por las raíces y los gusanos que habitaban bajo tierra. Dentro de unos años su putrefacta carne y sus delicados huesos pasarían a ser polvo y terminaría desapareciendo todo rastro de ella; como si nunca hubiera estado ahí.

La Chica se aproximó al acantilado.

—¡¡Nooo!! —chilló él en un tono estridentemente desesperado—. ¡No me dejes! Por... Favoor...

La Chica rodó los ojos con pesadez y cansancio. Estaba muerta; hacerle compañía sólo intensificaría el tormento del Chico.

La Chica se agachó, y en aquella postura señaló una parte del suelo frente a ella. La incorpórea falda de su vestido rojo fuego se movía al compás de la corriente marina cercana a la costa del acantilado.

—¿Qué? —le interrogó él ansioso—, ¿qué quieres?

Ella ya no estaba. Los ojos del Chico alcanzaron sólo a vislumbrar como su translúcido cuerpo saltaba desde lo más alto del precipicio hacia las rocas donde eclosionaban las olas.

El Chico gritó, con todas sus fuerzas; dejando que el aire apuñalara sus cuerdas vocales para después rasgarlas haciéndolas vibrar hasta desgarrarlas.

Sus dedos se hundieron como garras en el suelo con ira, cada vez más profundamente hasta que, inesperadamente se toparon con algo.

Ansiosamente confundido, se dio cuenta de que ello era lo que la Chica le trataba de indicar. Palpó una caja de madera; húmeda y mohosa.

La tomó con vehemencia y abrió con el pulso tembloroso. Había una nota.

Si tu corazón dejara de latir no quedaría nadie que fuera testigo de nuestra historia.

El Chico se enjugó una lágrima esquiva y arrugó conmocionado la hoja de papel. La corriente marina siseaba una canción de cuna.





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