Mío

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Contemplé atemorizado el rostro de aquel ser. Parecía cincelado en algún tipo de mineral cálcico, no obstante aquella faz no daba la talla de ser una piedra dura y fría. Sus ojos eran de un amarillo brillante, como los de un gato.

Me aproximé a él cautelosamente, con miedo a que saltara sobre mí.

Quise saber por qué físicamente aparentaba ser humano, ya que si no fuera por aquel aura sobrenatural que le envolvía yo habría pensado que se trataba de algún tipo innegablemente agraciado.

—¿Qué eres? —le interrogué, asustado.

No me contestó. El ámbar de sus ojos destilaba cansancio, y, en el fondo, desesperación.

—Mío —musitó. Su voz sonaba como la de un arpa desafinada—. Mío.

Aquellas palabras fueron expulsadas de su boca sin fuerzas. Tuve que concentrarme para poder dotarlas de significado.

—¿Tuyo? —dije confundido. Me arrodillé, apoyando con desconfianza mi mano derecha sobre sus hombros asombrosamente huesudos.

Aquel hermoso ente estaba en un callejón poco transitado, acurrucado en una esquina como un animalillo indefenso; aunque por su poderío resultara inaudito vislumbrarle como si se tratara de una criatura débil.

—¿Qué es tuyo? —le interrogué con curiosidad. La profundidad de su pupila se hallaba vacía; como si en su interior no hubiera nada y fuera un hueco títere a merced de sus más primitivos instintos básicos.

—Mío —repitió sonriendo con sorna. En su boca brillaban sugerentemente sus blancos dientes.

—¿Qué es tuyo? —repetí, perdiendo la paciencia. Coloqué mi otra mano sobre su hombro y traté de zarandearle vanamente. Pesaba toneladas.

—¡Mío! —chilló de manera desgarradora.

Noté la caída de un cálido líquido sobre mi garganta. El color borgoña estropeó el inmaculado blanco de mi camisa.

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