Inspiration

 

La señorita Ahufinger contempló extasiada el hermoso paisaje; ante ella se extendía un cielo celeste de esponjosas nubes blancas. Los pájaros trinaban melódicamente, y el verde de las hojas de los árboles y arbustos otorgaba un deje armónico a la totalidad de la composición; parecía que aquel lugar se había escapado del más idealizado jardín de cuento de hadas.

Con parsimonia, desenfundó su pluma, y se dispuso a impregnar el blanco papel de su inmaculada libreta con un relato de fantasía, amor, y aventuras. No le salió nada. Frustrada, inspiró el aire puro de donde se hallaba, en busca de una inspiración que no llegaba.

—¿Qué haces? —interpeló Soledad—. No te entretengas mirando las musarañas; necesito que termines mi historia. Quiero tener final, para así no ser un simple bosquejo más en tu cabeza.

La señorita Ahufinger, pesarosa, suspiró.

—No puedo; no se me ocurre nada potable que escribir. El ambiente no me da ninguna idea con la que continuar garabateando. Lo siento.

Dolida, Soledad clavó su vista en la verde hierba.

—Te estás excusando —la acusó—. ¿Cómo, sino, te resulta imposible escribir con este ambiente tan idílico? Lo tienes todo; ahora mismo te hallas en la más plena de todas las bellezas. Debería de resultarte inspiradora.

Aquellas palabras no eran ciertas, pero claro, éso era algo que muy poca gente sabía. La señorita Ahufinger suspiró y explicó:

—Lo bello es éso; simplemente bello. Nos gusta todo lo considerado precioso porque está relacionado con la felicidad, y obviamente, nadie quiere estar triste. Pero es la tristeza aquella que nos inspira; aquella que hace al ser humano vislumbrar el mundo de manera distinta, y de este modo, poder crear algo profundo e increíble. Son las personas luchadoras, las que sobreviven a la pesadumbre, aquellas que crean las mejores obras. ¿No me crees? Si quieres empiezo a nombrar a artistas, tales como Van Gogh que no vendió nada en vida; Baudelaire que fue censurado y llevó una existencia autodestructiva; o Cervantes que en la batalla de Lepanto terminó sin un brazo.

»Piénsalo, el precio para ser un artista es vivir condenado; es no observar la hermosura del mundo y vivir en un eterno crepúsculo lluvioso. Es el dolor lo que nos evade; lo que hace a nuestra alma etérea, y de esta manera, nos permite construir castillos en las nubes y habitar en ellos, dichosos de nuestra quimera. Cuando un final es triste mueve más recovecos de nuestro ente que cuando todo termina bien; y es que, querida Soledad, la felicidad es demasiado idílica para ser creadora de algo grande. Sin dolor es imposible generar hermosura; la belleza en sí está vacía.

Soledad, reflexionó sobre las palabras de la escritora; ahora podía entenderla.

—¿Entonces, tengo que esperar a un día de lluvia para que escribas? No me apetece entristecerte para que continúes con mi relato, pero según lo que dijiste es necesario.

—A nadie le gusta una existencia torturada, pero es necesaria si se quiere llegar lejos en cualquier creación. Desgraciadamente, los autores no eligen tener una vida en la penumbra, de igual forma que tampoco son conscientes de su habilidad creativa. Querida Soledad, no estoy segura de estar condenada a sobrellevar una vida dura, pero te puedo asegurar que, si pudiera elegir, tomaría dejar atrás la felicidad. La creación artística se merece todo tipo de sufrimiento.



 

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