Haz de luz



Clara estaba destrozada; se había percatado de que su vida entera era un fracaso. Todo el tiempo que llevaba su corazón latiendo había transcurrido en vano. Desolada como se hallaba no podía parar de llorar. Sus lágrimas hicieron un reguero inmenso en la habitación de semejante manera que  llegó a pensar en lo probable que era que se inundara el cuarto. Aunque bueno, ¿importaba acaso si ella perecía bajo las saladas aguas de su pena? Tal vez, incluso sería lo mejor; dejaría de sufrir.

Se planteó también, mientras el reguero salado seguía cayendo en el suelo de azulejos, cuál era su propósito vital. Incentivos; necesitaba encontrar incentivos para abandonar sus eternos días de decadencia. Si dejara atrás la dejadez de su existencia y encontrara un propósito por el que luchar, posiblemente, dejaría de llorar y empezaría a encontrarle un sentido a su vida. Si, por lo contrario, no hiciera nada, sus ojos continuarían húmedos y terminaría con los pulmones encharcados con un agua amarga llena de sal. Para Clara, ambas situaciones eran atractivas.

El brillo de la luna hizo acto de presencia en la ventana de su habitación. Extasiada, Clara quiso contemplar el foco del hermoso haz de luz. Quería vislumbrarlo plenamente; completamente. Así que se asomó a su ventana, llorosa aún, y deslizó la vista por los alrededores hasta dar con su procedencia. Impávida, descubrió que aquel resplandor no era de la luna, sino de una princesa; de una hermosa y desdichada princesa. Su nombre era Soledad.

«Soledad mirando al cielo» realizado por David

Los ojos de Soledad eran idénticos a los de Clara; ambos llevaban la misma pesadumbre. Quizá, cuando creó a su princesa, intentaba reflejar en ella todos sus males y su dolor; todo lo perdida que estaba en el mundo. Y ahora, la princesa le hacía un llamado con su magia. Le enseñaba que no estaba sola, que la tenía a ella para acompañarla; que su amargura la llevaban a cuestas dos espaldas.

Durante unos instantes, sintió paz. Le gustó la imagen de Soledad con su vestido de fiesta azul turquesa y su cabello medianoche resplandeciente. Le gustó el brillo perdido que portaban sus ojos verde madreselva. Luego, se sintió culpable. Por su culpa Soledad no era feliz. Por su culpa era un personaje que vivía cautivo en un universo opulento y vacío. La princesa jamás sería ella misma, del mismo modo en el que Clara tampoco lo era.

Las lágrimas que caían de sus ojos cesaron. Soledad se merecía ser feliz; Clara se merecía ser feliz. Su visión de la brillante princesa se giró hacia ella y le sonrió; se veía resignación y cansancio en aquel tirón de labios. Sentimientos que a Clara le gustaría cambiar. Ojalá pudiera coger una goma y borrarlos; y dibujar sobre ellos alegría y dicha.

Clara ya no quería ahogarse en las lágrimas de su habitación. Quería coger la mano a la hermosa Soledad y susurrarle al oído «Ya queda menos para liberarte de los grilletes. Te daré alas; te convertiré en golondrina, y por los cielos podrás volar. Serás libre».



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