Cometa




       Tomé el cordel, hecho de hilo de palomar, y corrí en dirección contraria al viento con la intención de elevarla alto, muy alto. Quería que se confundiera con los pájaros, que se empachara del azúcar de las nubes, y bailara al son del lento vaivén de una canción de cuna. Surcó las alturas con desdén y elegancia mientras mis ojos se posaban sobre su estructura rojiza, amarilla, naranja, azul... Los colores que la decoraban eran tan vividos que durante unos breves instantes me imaginé viendo el arco iris, en lugar de un trozo de papel pinocho con unos mástiles de bambú.

       Ante aquella hermosa visión de los cielos corrí sosteniendo el cordel entre mis ansiosas manos. Ojalá nunca, por nada del mundo, dejara de bailar entre los astros. Me encantaría que siguiera hasta el fin de sus días ahí, entre los cielos, como recordatorio del fogoso vendaval que mecía mi cabello cariñosamente. Mis pies continuaron moviéndose por aquel inmenso descampado con ansias de más; con fuerzas y ánimos para que aquella hermosa cometa jamás finalizara su viaje.

       Fue entonces cuando el suelo desapareció y fui yo la que volé; la que llegó lejos y se confundió con los pájaros; la que se empachó del azúcar de las nubes y bailó al son de una canción de cuna. Surqué las alturas con desdén y elegancia y pude asegurar, sin lugar a dudas, que nunca en toda mi vida había sido tan feliz.




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