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Lazos y tul




          El mundo te pide que seas una gran bailarina. El tutú atusado con gracia; el moño recogido, apretándote unos rizos tan cautivos como tus ilusiones; los pies llenos de callos, agrietados, pero ligeros. Das vueltas con una alegría que te pica en los ojos porque, de nuevo, el mundo te pide que seas una joven feliz. 

          Luego estás tú, que amas los lazos y el tul: te gustan tanto que te olvidas de Ti. Ti está triste, porque es tan tú como los lazos, el tutú y el tul. Las raíces que te arden, porque de tan apretado que llevas el moño, te hace daño. Cuando te lo quitas estás horas rascándote la cabeza por la molestia, mientras te planteas si eres lo suficiente bailaria como para llevar el cabello recogido. La piel reseca, los dientes torcidos, la frente demasiado ancha. ¿Son eso arrugas? Sobre las cejas, que te tienes que volver a depilar. 

          Las expectativas, que se escurren entre tus manos como una pastilla de jabón. Nunca serás lo suficientemente buena para el tul, los lazos y las puntas de tus manoletinas. Eres indigna. Una indigna bailarina que baila sin bailar y se olvida de Ti. ¿Dónde se fue Ti? ¿Echas de menos a Ti? Yo te (me) echo de menos durante horas. Porque vivo con esa dualidad de quererme y odiarme a la vez. Me enseñaron a existir con el anhelo de un plié. Después aprendí que también me gustaban las deportivas. 

          Tengo dos ideas opuestas que coexisten en mi cabeza. A veces quiero más al tul que a (mi) ti misma. Y en este devenir me arrolla la vida. En el devenir de las canciones que desafinan, los pasos de baile descoordinados y los textos gramaticamente erróneos. Nunca representé un ballet. Nunca redacté nada digno de ser leído. Y nunca, por mucho que me duela admitirlo, he salido al escenario de la vida.




El secreto de la dama del tutú




        Había una vez una joven llamada Azucena a la que le pesaban mucho los pies. Cuando se ponía a andar tenía que hacer un esfuerzo tan grande, tan grande que sus piernas chasqueaban y chasqueaban como lo haría la porcelana de dos tazas de té chino al impactar entre sí. Muchas veces tenía que arrastrase por el suelo, dado que en ocasiones le daba la sensación de que sus huesos y músculos, no pudiendo soportar semejante esfuerzo, se quebrarían y romperían como el cristal.

        Un día decidió dar un paseo por la plaza de su pueblo. Habían puesto un mercado de objetos antiguos y ajados; de aquellos que contenían esa nostalgia y poder tan característicos de haber existido años y años; de aquellos cuyo destino fue terminar en un desván. Se deslizó por aquel lugar haciendo un notorio esfuerzo por sacudir sus piernas y avanzar entre estante y estante. Sus ojos, hipnotizados por aquel revuelo de objetos, fueron fijándose en cada artículo a la venta, ansiosos ante la expectativa de poder adquirir alguno de ellos.

        Centró su atención, entonces, en un joyero de madera de arce cuya estructura, de un marrón pálido, parecía haber sido construida por un artesano dedicado y sabio. Se imaginó durante unos instantes cómo fue creado: vio a un hombre de manos callosas y mirada honesta; vio cómo lijaba cada tabla de madera y le daba forma con una sierra caladora fina; vio cómo pulía las zonas más ásperas para, finalmente, darle una tierna y delicada capa de barniz. 

        Tras aquello encontró algo que la llamó todavía más la atención: bajo el joyero había una llave para darle cuerda. Extasiada por la anticipación de pensar que contenía una maquinaria en su interior giró la llave. Y le dio una vuelta. Y otra vuelta. Y otra. Y sonó una melodía semejante a una canción de cuna. Y se abrió la tapa del joyero, dando paso a la imagen de una bailarina, que giraba sustentanda por un suelo imantado por algo más que imanes; por magia, pensó Azucena, la bailarina se movía por magia. La melodía sonó fuerte, de modo que no pudo escuchar otra cosa que no fueran aquellas hechizantes notas. Entonces fue cuando Azucena quiso ser aquella mágica bailarina. Lo deseó con todas sus fuerzas; apelando a algún tipo de deidad para que ocurriera el milagro y sus pies en lugar de ser dos losas pesadas de granito se convirtieran en ligeras plumas, propias de los zapatos de Mercurio. 

        Y ocurrió. Durante la duración de aquella canción Azucena pudo volar. Su cuerpo adquirió la misma forma que el de la dama del tutú y se deslizó por los aires alto, muy alto. No obstante, cuando la melodía terminó volvió a sentirse tan mediocre y condenada como lo estaba antes de descubrir aquel objeto único. Se dio cuenta, entonces, de que el joyero debía de ser suyo y de que nunca, por nada del mundo, debía de confesar a nadie aquel secreto.





 
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