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El secreto de la dama del tutú




        Había una vez una joven llamada Azucena a la que le pesaban mucho los pies. Cuando se ponía a andar tenía que hacer un esfuerzo tan grande, tan grande que sus piernas chasqueaban y chasqueaban como lo haría la porcelana de dos tazas de té chino al impactar entre sí. Muchas veces tenía que arrastrase por el suelo, dado que en ocasiones le daba la sensación de que sus huesos y músculos, no pudiendo soportar semejante esfuerzo, se quebrarían y romperían como el cristal.

        Un día decidió dar un paseo por la plaza de su pueblo. Habían puesto un mercado de objetos antiguos y ajados; de aquellos que contenían esa nostalgia y poder tan característicos de haber existido años y años; de aquellos cuyo destino fue terminar en un desván. Se deslizó por aquel lugar haciendo un notorio esfuerzo por sacudir sus piernas y avanzar entre estante y estante. Sus ojos, hipnotizados por aquel revuelo de objetos, fueron fijándose en cada artículo a la venta, ansiosos ante la expectativa de poder adquirir alguno de ellos.

        Centró su atención, entonces, en un joyero de madera de arce cuya estructura, de un marrón pálido, parecía haber sido construida por un artesano dedicado y sabio. Se imaginó durante unos instantes cómo fue creado: vio a un hombre de manos callosas y mirada honesta; vio cómo lijaba cada tabla de madera y le daba forma con una sierra caladora fina; vio cómo pulía las zonas más ásperas para, finalmente, darle una tierna y delicada capa de barniz. 

        Tras aquello encontró algo que la llamó todavía más la atención: bajo el joyero había una llave para darle cuerda. Extasiada por la anticipación de pensar que contenía una maquinaria en su interior giró la llave. Y le dio una vuelta. Y otra vuelta. Y otra. Y sonó una melodía semejante a una canción de cuna. Y se abrió la tapa del joyero, dando paso a la imagen de una bailarina, que giraba sustentanda por un suelo imantado por algo más que imanes; por magia, pensó Azucena, la bailarina se movía por magia. La melodía sonó fuerte, de modo que no pudo escuchar otra cosa que no fueran aquellas hechizantes notas. Entonces fue cuando Azucena quiso ser aquella mágica bailarina. Lo deseó con todas sus fuerzas; apelando a algún tipo de deidad para que ocurriera el milagro y sus pies en lugar de ser dos losas pesadas de granito se convirtieran en ligeras plumas, propias de los zapatos de Mercurio. 

        Y ocurrió. Durante la duración de aquella canción Azucena pudo volar. Su cuerpo adquirió la misma forma que el de la dama del tutú y se deslizó por los aires alto, muy alto. No obstante, cuando la melodía terminó volvió a sentirse tan mediocre y condenada como lo estaba antes de descubrir aquel objeto único. Se dio cuenta, entonces, de que el joyero debía de ser suyo y de que nunca, por nada del mundo, debía de confesar a nadie aquel secreto.





El recuerdo de Annie




          Annie recordó cómo hizo al señor Oso con la máquina de coser con mamá. Eligió la tela más bonita del mundo: era marrón, pero no de un marrón soso o del montón, era el marrón más bonito del mundo. Fueron a comprar aquel marrón tan precioso a una tienda de telas en la que las atendió una mujer que olía a caramelo, y con los ojos más pequeños que las gafas que llevaba puestas. Aquella mujer tenía una sonrisa inquieta y unas durezas en las manos que evidenciaban que le gustaba coser. Sí, le gustaba mucho coser.

             Annie le dijo: «Siento tener que comprar esta tela, ahora las niñas se quedarán sin poder coser ositos». Y la mujer le sonrió y le acarició el pelo, antes de contestarle «No te preocupes, princesa. Hoy a ninguna niña le gustan los ositos de peluche». Annie no entendió muy bien el significado de aquella frase pero, aun así, lo que dijo le dio pena y se puso un poco triste. Agarró la manita de su madre y pensó que le apetecía mucho tomar chocolate caliente con nubes.

            Cuando llegaron a casa mamá hizo los patrones en la tela. Annie los cortó con su ayuda y la miró coserlos con la máquina, impaciente. Daba saltos de alegría y giraba sobre sí misma tan excitada que se mareó, y el suelo le dio vueltas y le dolía la cabeza. «Ahora vamos a rellenarlo con felpa», dijo mamá. Entonces lo rellenaron mucho, quizá demasiado, y aquello a Annie le gustó: era suave y blandito. Se podía imaginar con él entre sus sábanas.

       Lo más difícil, según mamá, fue la cabeza. Había salido muy grande, excesivamente desproporcionada en comparación con sus patitas cortas y su cuerpecito menudo. Annie trajo dos botones: uno de la chaqueta de la abuela y otro de un chaleco suyo de pana. Le dijo a mamá que no quería que bordara los ojos, que quería que pusiera aquellos botones que traía porque eran especiales. Indecisa, la madre los cosió. Como resultado quedó un muñeco cabezón con un ojo más grande que el otro. Aquellos dos botones, además de ser uno más grande que el otro, daban al oso una mirada entre inexpresiva y siniestra. Era horrible.

         «Annie, ¿te parece bien que mamá vuelva a coserle la cabeza al oso?», preguntó mamá, esperando una respuesta afirmativa. «¡No!», chilló Annie. No iba a dejar que mamá cambiara al señor Oso. Aquel peluche era el más bonito del mundo. Era suave, demasiado perfecto, y estaba cosido con la tela más chachi del mundo. 

            La pequeña convirtió al peluche en su mejor amigo, aunque su madre en un inicio concibió imposible que le gustara siendo tan feo. «¡El señor Oso es el príncipe más precioso del mundo!», solía proclamar Annie. Y como príncipe hizo que su madre le cosiera una corbata para que estuviera elegante.

             Quizá su madre se habría comportado de manera diferente si hubiera conocido el secreto de Annie: a la pequeña le gustaba tanto el oso porque desde el primer momento en el que lo vio se dio cuenta de que estaba vivo.




 
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