Como Ellos

 

Y entonces me encontré con ellos por la calle; con dos niños vagabundos comiendo frutas. Aquellos chiquillos a pesar de su pobreza eran felices; capaces de hallarse en la dicha por alguna minucia que para nosotros no tendría valor alguno. Aún a pesar de que los pequeños tuvieran que vivir al día; trabajando a su corta edad y peleando desde el alba hasta el crepúsculo para no irse a la cama con el estómago vacío, en su boca siempre se veía una sonrisa. Aún a pesar de que posiblemente pasen frío cuando el sol abandone el cielo y sus andrajosos ropajes no sean suficientes para las noches húmedas de estos días, los pequeños eran capaces de saborear cada bocanada de aire que inhalaban como si fuera oro puro.


«Niños comiendo Fruta», de Murillo

Tan dura era su existencia que en ella no debería de tener cabida una sonrisa, y aún así me veía sorprendida por el deje cándido de sus ojos y la mueca dichosa de su boca. Eran felices. Sintiéndome mal conmigo misma tuve envidia de ellos: ¿Cómo era posible que paladearan de semejante manera tan mundanos alimentos?, ¿cómo era posible que disfrutaran del más diminuto de los hechos? 

Aunque  quisiera negarlo, una parte de mí
quería ser como ellos.

 

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