El ángel



          Los suspiros se escapan de mi boca cuando te veo. Eres un ángel; un ser superior de alas blancas y piel suave. Destellos de ilusión, retazos de alegría, mientras tu cuerpo se eleva a las alturas y me observas. Y yo me mantengo con los pies en el suelo, pesada e impotente. No vueles, por favor, no te vayas. ¿Acaso no me entiendes? Te necesito en mi vida tanto, que duele. Mi estómago se revuelve y mi garganta se seca. Te anhelo.

          ¿Por qué? Llegaste aquí como una lluvia dorada y me bañaste. Me llenaste de una dicha que eclipsaría a cualquiera. ¿Y ahora qué? No puedes hacerme esto. Por favor, ángel, no te vayas. Si te elevas, ¿qué me queda? No creo ser capaz de afrontar tu pérdida. No creo ser capaz de vivir sin ti. Ni siquiera recuerdo cómo fue todo antes de conocerte. 

          Eso es, ven hacia mí. Agárrame fuerte y no me sueltes. Me iré contigo, vayas donde vayas no me verás dudar. Tómame. Te necesito ¿Es tan difícil entenderlo? Y mientras tanto tus ojos siguen fijos en mí y resurjo de los escombros de mí misma. Volaré contigo, a tu lado, sin mirar atrás. Siempre juntos. 

          ¿Qué tienes? No estés triste, por favor. Fui yo la que decidí detener mis latidos. Fui yo la que elegí volverme tan etérea como tú.







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