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El ángel



          Los suspiros se escapan de mi boca cuando te veo. Eres un ángel; un ser superior de alas blancas y piel suave. Destellos de ilusión, retazos de alegría, mientras tu cuerpo se eleva a las alturas y me observas. Y yo me mantengo con los pies en el suelo, pesada e impotente. No vueles, por favor, no te vayas. ¿Acaso no me entiendes? Te necesito en mi vida tanto, que duele. Mi estómago se revuelve y mi garganta se seca. Te anhelo.

          ¿Por qué? Llegaste aquí como una lluvia dorada y me bañaste. Me llenaste de una dicha que eclipsaría a cualquiera. ¿Y ahora qué? No puedes hacerme esto. Por favor, ángel, no te vayas. Si te elevas, ¿qué me queda? No creo ser capaz de afrontar tu pérdida. No creo ser capaz de vivir sin ti. Ni siquiera recuerdo cómo fue todo antes de conocerte. 

          Eso es, ven hacia mí. Agárrame fuerte y no me sueltes. Me iré contigo, vayas donde vayas no me verás dudar. Tómame. Te necesito ¿Es tan difícil entenderlo? Y mientras tanto tus ojos siguen fijos en mí y resurjo de los escombros de mí misma. Volaré contigo, a tu lado, sin mirar atrás. Siempre juntos. 

          ¿Qué tienes? No estés triste, por favor. Fui yo la que decidí detener mis latidos. Fui yo la que elegí volverme tan etérea como tú.







Slow Death



 

Había una vez, una hermosa ángel de inmaculadas alas blancas. Su gesto era pacífico; como el de todos los seres portadores de conciliadora belleza, y tenía unos ojos, increíblemente claros, que contradecían al resto de sus facciones. En ellos se podía vislumbrar el tedio que conllevaba su existencia encerrada en su palacio.

Dicha ángel, como ser celestial, debía de permanecer cautiva en un palacio construido sobre las nubes del ecuador, cuyas paredes eran de etéreo viento, y cuyas ventanas estaban constituidas por gotas frescas de rocío. Así pues, con el transcurso del tiempo y como consecuencia de la reclusión, la belleza de la ángel se extinguió; su sonrisa se tornó de mármol y su semblante de piedra caliza. Había perdido su fuego interior, pues el motor que la impulsaba a seguir viviendo, a seguir sintiendo, expiró. El aislamiento la había matado, dejando tras de sí un cadáver podrido por dentro y cristalizado por fuera.

En aquel palacio del cielo no había ningún ser con vida. ¿Era, acaso, por la cárcel oculta tras sus cuatro paredes? Pretendió, el Dios creador, almacenar todo tipo de belleza en aquel recinto, actuando como si la hermosura no necesitara nutrirse de otra cosa que no fuera aire estéril y rayos ultravioletas. Siendo que, todo lo existente necesita beber de esperanzas e ilusiones. Siendo que, hasta la más bella mariposa disecada, termina convertida en ceniza; presa del polvo y de las polillas.

No apto para menores de 12 años


 
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