Cuenta atrás



         Mi cuerpo temblaba, se convulsionaba. Acurrucada en una esquina contemplé el arma del enemigo, que me miraba con sus pupilas dilatadas, brillantes. Aquellos ojos cargaban una rabia que me asustaba y ocultaban la promesa del derramamiento de sangre, de mi sangre. Iba a morir y estaba sorprendida al no ver la luz al final del túnel o una sucesiva retahíla de recuerdos del pasado. No, no había nada de aquello. Quizá era porque simplemente mi existencia fue tan insignificante como para  no poder rescatar algo excitante de ella.

         Para mi sorpresa no estaba asustada. Tenía un peso en la garganta y las cuencas de los ojos encharcadas, pero fuera de aquello no había nada más. Mi respiración era lenta, muy pausada. Tal vez los pulmones, para lo que les quedaba de funcionamiento, decidieron no esforzarse. El traqueteo de mi corazón también iba despacio, como si estuviera cansado. La idea de morir contaminaba mi cabeza; se repetía como un mantra. Lejos de no querer enfrentarla, del terror a lo desconocido, me vi con ganas de terminar con aquello. No quería seguir acurrucada en aquella esquina, presa de la incertidumbre y la espera. La espera siempre fue peor que el dolor.

         Escuché un chasquido en el tambor del arma y el disparo. Contuve el aliento, a la espera de un mordisco de dolor que no llegó. Algo caliente me ensució las manos; sangre que no me pertenecía. Inhalé lento y levanté la vista hacia el cadáver. En el suelo, frente a mí, estaba quien debía de matarme. Su cuerpo me recordó a un juguete roto; a un pelele, a un cacho de carne. Me sentí mal por no estar impactada por aquella escena, por alegrarme de lo ocurrido.

         —Ariadna, ¿estás bien?, ¿te disparó? —Todavía acurrucada en aquella esquina no me atreví a moverme. Tenía miedo de que aquello no fuera real; de estar delirando y descubrir que era mi cuerpo el que descansaba inerte bajo un charco de sangre.

         Unas manos me sacudieron con suavidad e, instantes después, me colocaron sobre su pecho. Estaba húmedo y olía a una mezcla de desodorante, loción de afeitar y sudor. Mis manos se movieron, también, y se clavaron sobre sus hombros quizá con demasiada fuerza. No, no quería que se fuera; necesitaba que no se alejaba de mí. Noté cómo palpaba todas las zonas en las que pensó que podría haber estado herida para asegurarse de que me encontraba bien. Por mi parte, lloré. Mucho. Perdí la noción del tiempo que estuve encogida sobre él, a la espera de que todo terminara. Asustada e incrédula de continuar con vida.

         —¿Por qué? —atiné a preguntar cuando fui capaz de encontrar la voz.

        —No lo sé —dijo simplemente, antes de estrecharme más fuerte. Me había entregado, me iban a matar. Y de repente estaba ahí salvándome la vida. Cuando creí que lo había perdido todo, que ya no habría un mañana, vino a devolvérmelo. Todavía temblando me incorporé lo justo para dejar nuestros rostros a la misma altura. Sentí su aliento en mi lengua y al instante supe que él también. Me incliné despacio y descansé mis labios sobre los suyos. 

         —Gracias —susurré moviendo mi boca, que aún mantenía el contacto con la de él. Su respuesta fue apretarme contra sí, como si de aquella forma se asegurara de mantenerme entera; como si creyera que después de aquella escena me había hecho pedazos. Era inteligente. Arrastré mis labios a su frente, a sus mejillas y a su cuello; donde noté que pulsaba apresurado. Por su parte él se dejó hacer, como si aquello fuera un regalo de los cielos.
         
         —Lo siento —murmuró y supe que si no hubiera llegado a tiempo a por mí jamás se lo hubiera perdonado.




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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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