¿Qué escribes, Clara?



         Cuando la miro escribir no estoy viendo algo normal. Su cuerpo, que se inclina hacia adelante con ahínco como si quisiera darle un beso al folio en blanco, parece estar confesando amor eterno a las letras, a las palabras. Sus manos, manchadas por la tinta del bolígrafo mordisqueado y gastado, acarician las hojas de la libreta redescubriendo en ella una historia escondida. La imaginación desborda dentro de sí, burbujea en su pecho como espuma de mar. Inspira a sus latidos y siempre, o casi siempre, la ayuda a olvidar el peso de las noches y la aurora. La sal, la sal de Clara se convierte en menos sal y más azúcar. Y entonces regresa el color de los amaneceres brillantes y prometedores. 

         Por eso me gusta mirarla escribir. Toda ella es un espectáculo para mis pupilas. Mis sentidos cantan y se hincha mi pecho. Es tan mágica la forma en la que su trazo se despliega sobre las páginas del cuaderno, el modo en el que surgen las ideas como si fuera nueva vida. Demasiado, demasiado increíble para ser cierto, pero a la vez tan real que me siento mediocre cuando pienso en ello.

         —¿Qué escribes, Clara? —le pregunto, conmovida.

         Su respuesta es un sencillo encogimiento de hombros. Sus ojos, de un brillante marrón oscuro, se fijan en los míos y durante un insignificante instante me da la sensación de verme desde su óptica. Me gusta el modo en el que me ve, en el que creo que me mira.

         —¿Estás con la historia de la princesa Soledad? —la increpo.

         Quizá soy demasiado insistente, pero una parte de mí espera que alguna vez me responda; que sus labios abandonen su silencio. Clara asiente, antes de tenderme su trabajo. Le regalo una sonrisa lenta y empiezo a leer.





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