...


Sofía llegaba tarde para comprar la cena; eran las ocho y el supermercado cerraba a y media. Se había entretenido demasiado en la biblioteca estudiando para los finales.

Su móvil sonó; era Emilio, su actual pareja.

Agotada, suspiró. Seguro que la llamaba para recordarle que comprara cervezas.

Parpadeó atónita cuando una lágrima emanó de su ojo derecho. ¿Qué le ocurría?

Quizá lo que le pasaba era que una parte suya estaba triste, nostálgica a lo mejor ya que últimamente su subconsciente le obligaba a rememorar tiempos mejores; momentos en los que era niña; dulces; sin complicaciones.

Pero todo había cambiado desde la muerte de sus padres.

Ahora se tenía que centrar únicamente en encontrar un buen trabajo tras concluir con sus estudios.

Sí; ese tenía que ser su único objetivo. Y para ello debía dejar de soñar y centrarse en llevar una vida responsable.

Suspiró de manera cansada.

Alzó su mano izquierda para enjugarse la gota salada cuando un Seat Panda se cruzó en su camino; la había adelantado por la derecha.

Sofía pisó el freno, pero fue demasiado tarde; impactó contra la parte trasera del vehículo.

Los airbags saltaron.

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Negro, todo a mi alrededor era de aquel insufrible color. Pero no obstante aquella tonalidad no era consecuencia de la noche o de la ausencia de luz, sino que era el resultado de la nada.

Podía verme a mí misma con nitidez, mis brazos y mis piernas, lo cual indicaba que mi hipótesis no iba desencaminada.

Me encontraba suspendida en el aire, levitando.

De algún modo incapaz de ser descrito con vocablos mi cuerpo pisó un suelo que no sentí, mas únicamente me había dado cuenta de ello porque había dejado de flotar.

La sensación era extraña; como si no apreciara mi peso; como si mi entidad fuera una pluma.

Frente a mí se mostró un espejo de pie, grande y ovalado; semejante al de mi habitación de cuando era una chiquilla.

Observé mi reflejo.

Aquella joven a la cual veía a través de el cristal no era yo o al menos no mi «yo» actual. Sino que resultaba ser mi aspecto de cuando era pequeña.

Tenía el cabello castaño, despeinado y revuelto de haber jugado en el parque. Una sonrisa traviesa desdentada adornaba mi rostro, creando unas arrugas en los extremos de mis ojos madreselva.

Llevaba puesto un vestido azul marino lleno de manchas de barro y arrugado. Mis piernas estaban repletas de tierra y moretones, como resultado de jugar con los chicos, y apenas se podía distinguir la tonalidad de mis zapatos de charol dado la suciedad que portaban.

Me veía feliz en aquella imagen.

Con añoranza traté de alcanzarla; mi brazo se extendió. Como respuesta el espejo se quebró y el reflejo se hizo añicos.

Fragmento de Con los ojos Cerrados—


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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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Érase una vez...

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