Pasado

Melancólicamente, me dirigí al antiguo caserón abandonado de los De Una Noche. La polvorienta habitación de Diego, era con diferencia mi lugar favorito de la ahora siniestra casa.

Me senté en su cama, aferrándome a las sábanas raídas, que, a pesar del transcurso de los años aún atesoraban su aroma.

Me abracé a ellas, imaginándome su cálido cuerpo junto al mío.

Otro de mis lugares preferidos era el comedor, donde antes había un piano de cola, en el que Diego tocaba y componía sus canciones.

En alguna parte del espeso silencio pude apreciar en los difusos retazos de mis recuerdos una compleja melodía, escrita por él, que engrandeció el universo pues cada vez que cerraba los ojos tenía la sensación de escuchar su música acariciando mis tímpanos.

La gastada madera crujió, anunciando la llegada de una persona que ni mucho menos tenía que ver con las ratas, cucarachas o arañas que desde hacía diez años residían aquel domicilio, aparentemente maldito.

—Cristal ¿estás ahí?

No contesté.

—¿Cristal?

Las bisagras chirriaron, y la puerta se abrió.

Bajé la mirada cambiando de dirección.

—No deberías de estar aquí.

—Ni tú tampoco— mi voz sonó más gélida de lo habitual.

Paula sonrió, tendiéndose a mi lado sobre la cama.

—¿Te encuentras bien?— menuda pregunta más absurda, ¿cómo iba a estar bien? En mi vida nunca nada se había encontrado en condiciones.

Una parte de mi se ablandó ante su comportamiento; era una buena amiga, y yo no me merecía ni la mitad de la atención de la que me dotaba.

El silencio se instauró durante unos instantes entre nosotras.

—Han pasado diez años— concluyó Paula—, y aún sigues igual.

Me dolía admitirlo, pero era cierto.

—¿Qué quieres que haga?— mi voz sonó cansada, débil, sin ánimos.

—Superarlo.

—Resulta más fácil decirlo que hacerlo.

—Pues al menos deja de vivir en el pasado; el tiempo transcurre, la vida sigue y por mucho que nos duela hace que las cosas cambien, tanto para bien como para mal.

Tenía razón, pero eso no quitaba el hecho de que yo siguiera sintiendo dolor.

Justo en ese instante, la paciencia de mi única amiga explotó:

—Eres una cobarde; te encierras en tu universo centrándote sólo en tu agonía sin tan siquiera pensar en la que generas a las demás personas; a tu madre y a mí… ¿has pensado alguna vez la cantidad de noches que me pasado en vela sufriendo por tu tristeza?, ¿la cantidad de veces que me rompí la cabeza con ideas o gracias que consiguieran sacarte las más mínima sonrisa de cortesía? No, tú no eres consciente de nada.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Ignorar aquello que viví? Sabes perfectamente lo que ocurriría si lo hiciera.

—"Si olvidas lo tu pasado estarás siempre predestinado a revivir tus mismos errores"— citó Paula en tono burlón, mas aquella era la escusa que yo utilizaba siempre que mi mente miraba atrás.

—Exactamente— afirmé ignorando su entonación.

—¡¡Esto es absurdo!! Es cierto que si olvidamos nuestro pasado no existimos, pero también es verdad que no podemos vivir en el.

—¡¡Cállate Paula!!— le atajé tapándome los oídos.



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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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