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Slow Death



 

Había una vez, una hermosa ángel de inmaculadas alas blancas. Su gesto era pacífico; como el de todos los seres portadores de conciliadora belleza, y tenía unos ojos, increíblemente claros, que contradecían al resto de sus facciones. En ellos se podía vislumbrar el tedio que conllevaba su existencia encerrada en su palacio.

Dicha ángel, como ser celestial, debía de permanecer cautiva en un palacio construido sobre las nubes del ecuador, cuyas paredes eran de etéreo viento, y cuyas ventanas estaban constituidas por gotas frescas de rocío. Así pues, con el transcurso del tiempo y como consecuencia de la reclusión, la belleza de la ángel se extinguió; su sonrisa se tornó de mármol y su semblante de piedra caliza. Había perdido su fuego interior, pues el motor que la impulsaba a seguir viviendo, a seguir sintiendo, expiró. El aislamiento la había matado, dejando tras de sí un cadáver podrido por dentro y cristalizado por fuera.

En aquel palacio del cielo no había ningún ser con vida. ¿Era, acaso, por la cárcel oculta tras sus cuatro paredes? Pretendió, el Dios creador, almacenar todo tipo de belleza en aquel recinto, actuando como si la hermosura no necesitara nutrirse de otra cosa que no fuera aire estéril y rayos ultravioletas. Siendo que, todo lo existente necesita beber de esperanzas e ilusiones. Siendo que, hasta la más bella mariposa disecada, termina convertida en ceniza; presa del polvo y de las polillas.

No apto para menores de 12 años


Y la vida sigue....



La chica contempló, entonces, al cuerpo desmadejado y roto de aquella persona que tanto amó. Él había muerto; ahora era únicamente un pesado pelele de carne en camino a la descomposición. La mujer se aferró a él con fueza, sollozando frenética; como si con su desgarrador llanto consiguiera que él regresara a la vida.

—Por favor... —murmuraba ella, meciendo lentamente en su descorazonador dolor al cuerpo del chico—. Por favor...

Aquellas palabras eran una vehemente súplica para que el corazón de él volviera a funcionar. Para que su alma regresara nuevamente a su cuerpo. Para que volviera a besarla, a abrazarla, a decirle «Te quiero». 

Con los ojos hinchados, rojos y húmedos, la mujer vislumbró al cadáver, y llegó a la conclusión de que en aquel instante sólo se podría animar pensando que tal vez, cuando ella también falleciera, estarían juntos. Pensando que sus almas se unirían y crearían a un único ente. Pensando que entonces ambos serían felices y no tendrían que preocuparse por nada más.




 

Peccavi

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No puedo dejar de desearla. Dejar de contemplar su cabello largo y brillante; y sus ojos grandes y castaños. Quiero inhalar el aroma de su piel y sumergirme en la delicadas curvas de su cuerpo. Hacerla mía.

Puniat me.
Puniat me.
Puniat me.

Hice un pacto hace unos años, en el cual prometí a aquel que gobierna las alturas no amar a nadie, a cambio de su bendición. Y a pesar de ello veo que soy incapaz de mantener mis palabras. Llegados a este punto, todo me da igual. Que la furia de Dios recaiga sobre mí, si ello conlleva estar a su lado; tocarla, besarla, sentirla.

Puniat me.
Puniat me.
Puniat me.


Deus, punial me, quia ego deside eam.
 
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