La princesa se quedó pensativa. Sentada en el suelo, con los azulejos fríos y las ilusiones a fuego lento. Lentas como ella misma; cansadas como ella misma. Estaba quebrada, con sus añicos en tierra como pequeños cristales. Las ilusiones, que relucían sucias en el suelo. Los pedazos a su lado, sentados. Quiso tomarlos entre sus manos para poder recomponerlos, pero las fuerzas no le alcanzaban. Solo estuvo mirándolos con todo el anhelo que le quedaba: deseando que volvieran a juntarse para empezar otra vez.
Ella, que estaba rota, pensaba en todas sus malas decisiones y en otras tantas cosas que hizo mal. Ya no podía volver atrás, así que se quedó sola junto a sus pedazos. Algún día vendrían a barrerla para tirarla dentro del contenedor. Sería el juguete que ya no gustaba al pequeño de la casa. Porque la vida se regía por los caprichos de un chiquitín avaricioso y egoísta.
Pero ella; ella también había sido avariciosa y egoísta. Tonta, la princesa tonta: que llevaba el vestido raído y el maquillaje hecho un asco. Tenía las puntas del pelo abiertas, por cortar, y las ojeras de color añil. Estaba llena de miedos demasiado grandes para sus zapatos. Las circunstancias la superaron, y cayó. Por eso tenía que plantearse qué era lo que esperaba de la vida.
Creo que tengo el bloqueo del escritor; que las ideas, cuando tratan de salir, se topan con una puerta cerrada. Miro muchas veces a la pantalla de mi ordenador y no veo nada, y las ansias de querer contar algo y no saber el qué me queman por dentro. Yo solo quiero subiros al cielo; mostraros la constelación de Casiopea y la Osa Mayor. Pero no, al vacío eso no le gusta. Quiere meterme entre sus fauces blancas y afiladas; quiere engullirme como si fuera una gamba, algo insignificante, un pececillo en el caso de que no le gustaran los crustáceos.
Por eso he decidido rendirme y hablaros de esto; de mi silencio, de la escasez de palabras y la sal. La sal es una constante en la vida de muchos: la llena de olvido, reprimendas y desazón. La sal es el aderezo más frecuente en la vida de la gente perdida, de las personas tristes, que se olvidaron del azúcar. A veces también me gusta mencionar el azúcar; el edulcorante, la piruleta. Cuando tenemos al azúcar no nos preocupamos de las caries, de que el exceso de dicha termine por hacernos daño y caigamos al suelo, y nos golpeemos con el asfalto. Ningún desfase es positivo, nada es eterno. Las cosas suben y bajan e, incluso, a veces nos hacen olvidar lo que está en las alturas y en las aceras. Entonces es cuando nos preguntamos quiénes somos y cómo hemos llegado al punto en el que estamos.
Me gusta extrapolar lo que sentimos a cosas reales, a sensaciones tangibles. Darle el olor a humedad a la tristeza y el arcoíris tras la tempestad a las sonrisas. Eso hace que las cosas se sientan más cercanas, menos letras, menos palabras. Hace que lo que os cuento os sepa al amargo café de un lunes por la mañana o a el chocolate caliente que compartimos la noche de un sábado en diciembre con nuestra pareja, mientras en la televisión titilitan las luces de una película horrible que en el fondo disfrutamos. Luego pensamos, ¿por qué he disfrutado de algo tan simple? Por la compañía, siempre es la compañía el exponente máximo.
Yo escribo a veces porque no sé cómo me siento, ¿sabéis? Se me revuelven las emociones en el estómago y las etiquetas se desprenden. Son inquietas, y me confunden. La mayoría de veces me cuesta ponerle nombre a las emociones y siento acidez en el estómago, siempre en el estómago. Todo se vuelca en él. Cuando escribo todo es siempre más sencillo porque no soy yo, soy otra persona. Porque no son mis asuntos, son los de otra persona. Y todo sale fuera bajo un nombre o una imagen que no es la mía. Y entonces no tengo miedo de enfrentar cualquier asunto, porque da igual; porque nada va conmigo.
Este tiempo he estado sin nada que contar porque mi cerebro no tenía ganas de abrir la boca; se había quedado sin gasolina o, mejor dicho, sin glucosa. Me estreso mucho por los exámenes, por las ganas de tener alas. Quiero volar y me siento tan pesada... Quiero estar libre de ataduras y simplemente hacer lo que quiera con mi vida, y no. Todavía no. Solo espero que llegue el momento del sí. El bloqueo del escritor son ganas de hablar y tener un parche en los labios; son ganas de gritar y carecer de cuerdas vocales.
Con esta entrada, en la que os estoy hablando de mí pero no, espero estar dando un paso al frente para volver a ser la de antes. Para que, cuando termine el infierno de las recuperaciones, todos los proyectos a cuestas izen sus velas y naveguen a buen puerto.