Nací con una espada bajo el brazo: nací preparada para luchar. Aunque os encarguéis de cuestionar mi fortaleza, no me amedrentaré. Vosotros, que me hundís en un océano de indecisión, sois mi peor rival. Vosotros sois mi dragón. Debo de daros muerte y, hasta que no lo consiga, no descansaré. Soy una guerrera que se ha curtido en más batallas de las que sois capaces de medir. Mi guerra, que está en el día a día, es agria al tragar. Lo agrio, que me ha enseñado que existe el sabor. Pronto, en vuestra condescendencia paladearé mi victoria.
Había una vez una princesa cautiva en lo más alto de la más alta torre. Qué era tan delicada que sus manos no podían tocar sus ventanas. Qué era tan sensible que no podía salir de su encierro porque se pondría enferma. Qué era tan guapa que no podía conocer a hombres porque, al contemplar su belleza, perderían absolutamente la cordura. Era muchas cosas, la princesa, y la mayoría de ellas no había podido escogerlas. Era lista y la tomaban como ignorante. Era autónoma y la hicieron esclava. Era valiente y la obligaron a vivir desde el miedo.
Escucha, princesa, lo mejor sería que dejaras de hacerles caso. ¿Está bien que los demás te condicionen, te limiten, dentro de un ideal absurdo que decidieron por ti? Abandona tu torre y olvídate del príncipe. Sé todo lo princesa que quieras sin olvidar que también eres persona y mereces ser libre. Aférrate a tus sueños y no vivas desde el temor de ser tan delicada, tan sensible, como para no poder sentir; como para no poder crecer; como para no poder experimentar.
Qué el cuento no te condicione, princesa, porque tú siempre fuiste algo más que un par de letras. Tú nos representas a todas nosotras y esa responsabilidad es muy grande. Concédete el crédito de a veces no ser tan hermosa, tan indefensa o tan dependiente. Enfréntate a tus propios dragones. Viaja. Ve al cine, recorre países y olvídate de todos los que eligieron por ti el camino del cuento. Sé tú misma, princesa. Sé tú misma por ti, por mí y por todas nosotras.
La encontraron en un barco. Estaba acurrucada en una esquina, con sus ojos fijos en sus dos piernas juntas pero sin ser consciente de que las miraba. Tenía el cabello gris, como quien había envejecido en ideas y tenía que exteriorizarlo de alguna forma. No sabían cuál era su nombre pero aquello, de todos modos, tampoco importaba. Un nombre era solo una etiqueta. Si te llamabas «Luna» ya no te podías llamar «Estela», «Lidia» o «Paula». Y entonces siempre serías «Luna«, y ya no podrías ser más cosas.
Lo que más les llamó la atención, a parte del pelo, fue en su tatuaje. Tenía escrito en su brazo izquierdo «Be free», del inglés «Sé libre». No sabían tampoco de qué país era; quizá era de allí o simplemente estaba escrito así para que sus palabras llegaran a más personas. El caso era que la chica estaba ausente y parecía bastante triste. Uno de los marineros le preguntó qué le ocurría y ella, como respuesta, clavó su vista en él mirándole sin mirarle; como había hecho antes al estar acurrucada con sus ojos fijos en la junta de sus piernas.
Pasó mucho tiempo allí, la chica. Tanto tiempo que terminaron olvidándose de ella. Estaba ahí, con su desazón, pero invisible. Esto no era una novedad; como sabréis ocurre con más cosas en el mundo. La gente está acostumbrada a ver la miseria y a pasar de largo como si nada. Pero volviendo al tema, que se me da muy bien irme por las ramas, yo estaba ahí porque llevaba mucho tiempo buscándola. Ella no es de este mundo, ¿sabéis? Y mi deber era traerla de vuelta. Ella es un eslabón muy importante en la cadena del cambio, pero la polución de aquel barco y la indiferencia la han hecho volverse un amasijo muy triste. Cuando la conocí tenía el pelo rosa y brillaba. Y ahora es gris porque sus ideas están marchitas y viejas.
Pero no os preocupéis; no es tan difícil devolverle la magia. Tan solo tenéis que creer en cualquiera de las ilusiones que tengáis intactas. Entonces la chica recobrará la conciencia. Tened fe en ella; es nuestra última esperanza y está enferma.
Me arrodillé sintiéndome entre desesperanzada e indefensa. El aire huía de mis pulmones y no sabía qué hacer al respecto. Mareada, me dejé caer sobre aquel trébol. Lo aplasté, arrastrando junto a mi vida la de aquella planta insignificante. Los ojos me pesaban y, siendo consciente de los pocos minutos que me restaban, luché por mantenerlos abiertos en una batalla perdida. Cuando la inconsciencia empezó a vencerme, lo vi.
Frente a mí se elevó el cuerpo de un desconocido, tapándome la luz brillante y enrojecida del enfermo sol. Se puso de rodillas y sus ojos, de un verde madreselva, se fijaron en los míos llorosos e irritados. Emití un quejido a penas audible, exteriorizando aquella agonía. Cada vez mis inhalaciones eran más lentas y pausadas. Colocó su mano encima de mi frente para medirme la temperatura. Aunque fuera a morir, al menos había conseguido compañía para mi último suspiro.
El desconocido se inclinó y acercó sus labios hacia mi boca reseca. Y entonces, cuando los posó sobre los míos, encontré la paz. Sentí cómo a través de mi garganta se deslizaba el sabor del néctar, la tierra húmeda y la estepa. Naturaleza, aquel beso me supo a naturaleza. Sacando fuerzas de un recodo oculto de mí, y hasta ahora desconocido, estiré los brazos y lo tomé por la nuca, presionando su rostro contra el mío con empeño. No quería que se separara, que aquellas sensaciones de paz y vida se desvanecieran.
Desplazó sus manos hacia mi espalda y el hueco trasero de mis rodillas. Me tomó en brazos y, todavía con nuestras bocas entrelazadas, comenzó a andar. No me resistí en absoluto, estaba extasiada. Empecé a experimentar cómo mis pulmones sanaban y cómo la piel reseca se me humedecía de un sudor que limpiaba mi maltrecho cutis. Gemí cuando sentí el latido de mi corazón fortalecerse y cuando mis articulaciones ganaron consistencia y flexibilidad. Estaba devolviéndome lo que había perdido; lo que aquella deconstrucción me había arrebatado.
Cuando finalmente nos separamos, dejó que su aliento descansara sobre mi rostro. Era cálido y mentolado. ¿Qué me había hecho? ¿Cómo me había salvado? Aquellas preguntas dieron vueltas y vueltas en mi cabeza hasta que, de repente, me di cuenta de que no importaban. Hipé, y empecé a llorar. Cayó un reguero de lágrimas sobre mis mejillas y el desconocido me miró entre desconcertado y divertido. «Gracias» atiné a articular sin estar del todo segura de que me escuchara.
Y miraba al horizonte sintiéndome pequeña, insignificante, sola. Frente a mí se extendía una vasta ciudad destruida. Los edificios, de metal, estaban oxidados. Las aceras, de hormigón, desquebrajadas. Las estaciones de autobús, los vehículos, las bocas del metro..., eran un incierto amasijo de escombros. La única luz que podía localizar entre todo aquello fue el enraizado de árboles y hierbajos, que trataba de resurgir entre las construcciones como si la naturaleza se antepusiera a la urbe. El cielo era una atmósfera gris y cancerígena, repleta de una neblina anaranjada que me quemaba la garganta cuando trataba de inhalar.
¿Qué hacer cuando no quedan esperanzas? ¿Qué hacer cuando la salvación se ha escapado por la puerta de atrás? Resignarse, y nada. Quedarse a mirar el fin de los días; paladear la agonía como quien saborea un manjar. No. Aquella mórbida imagen hería mis retinas; no quería ver el fin. Me gustaría irme antes, desaparecer antes. Pensé en la soga, en matarme: en adelantar las cosas. No. Carecía del valor suficiente. No.
Mientras la radiación consumía mis células, me pregunté cuántas personas continuaban con vida. Con determinación, me incorporé y empecé a andar en busca de supervivientes; si aquellos iban a ser mis últimos días no tenía la intención de pasarlos sola. Recorrí las callejuelas rastreando compañía, pero lo único que encontré digno de mi interés fue un trébol de cuatro hojas.