Me dijeron que mi destino estuvo forjado desde que nací, pero no fui capaz de creérmelo hasta que lo vi con mis propios ojos. Recuerdo que tenía ocho años cuando me crucé con ellos, los soldados. Mi madre me tenía agarrada de su mano derecha, que sudaba. Sudaba también yo. ¿Cómo hacía tanto calor? Arrugué mis cejas rubias, de niña. Mi piel era morena, tenía el cabello fino y pálido; recogido en una coleta. Estábamos estáticas, a la espera de que nos proveyeran de lo que nos correspondía según la cartilla de racionamiento. Llegó un tipo que no era demasiado alto. De tez morena, semblante sudoroso y hebras oscuras. Me miró, luego a mamá. Parecía estar midiéndonos en nuestra desesperación y desconsuelo. Sonrió, pero no le llegó al rabillo del ojo. Su frente estaba arrugada y la barba mal rasurada. Le miré mal, buscando un desafío al que, en realidad, debía de someterme. Qué tierna fue mi inocencia y con qué velocidad se extinguió. Cómo un cirio. Aquel día me sentí como una vela, al borde de consumirse.
Los tipos trataban a las mujeres como cosas y, de hecho, eso éramos para ellos. Objetos. Cosas con las que divertirse; una inversión a la que sacarle partido. Y ahí, mientras tanto, estábamos mamá y yo. Ella a la espera de ser lo suficientemente bonita como para interesarles. Y yo en vilo, sin comprender lo retorcido de aquella escena. A mí también me miraban, como quien aprecia el ganado. ¿Podría ser una niña de ocho años un trozo de carne? Por supuesto. Porque la lujuria y la ambición de los hombres, apenas tenía cabida en este mundo. Qué nos gustaba preguntarnos por qué las cosas iban mal y señalar las tesituras sociales y económicas, obviando la base. El mundo va mal, porque son ellos quienes nos gobiernan. La masculinidad es tóxica; pedófila, violenta, competitiva, sádica, entre otras cosas. Nos administran monstruos. Y nosotras somos su presa.
Mamá iba a ser la presa de aquel soldado a cambio de comida. Pero no. Llegué yo, Ofelia. Mamá me puso ese nombre porque era el de un personaje de una novela que le hicieron leer en el colegio. Era la enamorada de Hamlet, que vivía por y para él. Su muerte fue por él y su propósito en la obra fue, también, el de orbitar bajo su estela. Ahora pienso en que, si a las mujeres nos enseñan que debemos de ser un apéndice de los hombres, terminamos siendo su sombra. Mi destino iba a ser convertirme en la Ofelia de un Hamlet; en la esclava de un basilisco. Pero no quería. Y mamá tampoco debería de serlo. A veces pensaba en quién sería mi padre; otro Hamlet patético, por supuesto. Todas embarazadas y ninguno de ellos responsable del cuidado de los niños. No tenían empatía con nosotras, que éramos como mercancía.
Cuando el soldado desconocido se llevó a mamá y me pidieron que me quedara esperando fuera, no lo hice. Con mis ojitos marrones, oteé la escena. Él agresivo, violento, sobre ella. Ella toda blanca, inexpresiva, a la espera de ser devorada. ¿Acaso a el tipo le importaba mamá? ¿Era demasiado problemático que mi yo de ocho años concibiera la empatía como base en cualquier tipo de relación? Me asomé entonces, y lo vi sin camiseta. Él grande, mamá pequeña. Y le tuve asco. A mi derecha, en la mesa auxiliar, había una lámpara de aceite. La cogí con rabia y la lancé hacia él con otras mis fuerzas. Él gritaba. Puta, decía, con una misoginia tan feroz que a mi yo del pasado le habría gustado poder definir de alguna manera.
Puta, qué palabra más bonita. Puta, como sinónimo de esclava. Puta, como penitencia. Puta, como chaleco salvavidas. Porque en aquel mundo nos vendieron que todas éramos putas como elección cuando, en realidad, era un acto desesperado. Así que terminamos sintiéndonos representadas por aquella etiqueta; la veíamos como una referencia hacia la lucha para un futuro mejor. Mi madre ya era una puta: había tenido a una hija de un desconocido que no quería encargarse de ella. Mi madre no disfrutaba ni de los hombres, ni de su vida, ni de su cuerpo. Pero en cambio era puta porque quería continuar luchando; por ella y por mi futuro. Era puta por querer darme de comer y proveerme de un futuro mejor. Y aquel soldado, en cambio, era un monstruo proxeneta. Un putero. Un hombre blanco, acostumbrado a que el mundo estuviera hecho a su medida.
La lámpara golpeó en su cabeza, y cayó al suelo. Mamá, que salió de su trance, le pegó patadas en el estómago. Sonrió hacia mí, empoderada como no la había visto nunca hasta el momento. El soldado, inconsciente, siguió pareciéndome un basilisco. Me habría gustado vomitarle encima, para desquitarme con el asco que sentía. Los hombres eran mortales: aquella epifanía se quedó grabada a fuego en mi mente todavía de niña. Tal vez mi destino, grabado en piedra, pudiera ser maleable. Quizá no tendría por qué ser la Ofelia de un Hamlet cualquiera. Quizá mamá tampoco tendría porqué serlo. Me agaché sobre el cuerpo del desconocido para robarle los vales para adquirir comida. Sonreí de verdad, porque estaba feliz.
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Ofelia de niña
Hamlet sin Ofelia
Ofelia estaba triste, y aquello era algo para lo que la bruja Drusilda no terminaba de estar preparada. ¿Cómo alguien que era mes de marzo podía estar triste? Se suponía que era la fuerte, la líder. No un amasijo afligido. No un charco de lágrimas en el suelo. Ofelia estuvo mirando la taza de té sobre el hule de la mesa; del hule a la bebida, y viceversa. Las pupilas color arcilla parecían encontrar algo estimulante en los girasoles estampados, como si quisiera que crecieran fértiles sobre su iris. La aprendiz de bruja se preguntó, vagamente, con cuánta facilidad se podrían encontrar respuestas en las flores. Quizá era más sencillo que en los posos de té. Debía de probarlo, algún día.
—Es un monstruo —espetó Ofelia en referencia a Ares, con su frente arrugada. La boca fruncida, en una mueca que oscilaba entre el miedo y el asco. El brillo del desengaño en su rostro deslumbró cualquier palabra reconfortante que pudiera dedicarle Drusilda, así que guardó silencio, por si la calma era una solución plausible. Sí, lo fue.
—¿Qué vas a hacer? —la apremió, cuando la tensión de su tesitura se hizo insostenible. Ofelia arrugó su frente, otra vez, como si se hubiera olvidado de hablar. Drusilda continuó callada; había veces que la amargura se comía las palabras por lo que Ofelia necesitaba materializar la respuesta a aquella pregunta, qué le doliera. Entonces, y solo entonces, podría empezar a sanar.
—Dejarlo. —Suspiró. —Bueno, no sé si esa es la palabra indicada. En realidad, nunca tuvimos nada.
Ambas suspiraron. Ofelia tomó un trago del té. Drusilda se colocó a su lado, después se permitió dedicarle una mirada de arriba abajo. Había algo roto en ella y tenía miedo que jamás pudiera regresar a su origen. ¿Cuántos nudos se podían hacer a una cuerda llena de mellas antes de que quedara inservible? ¿Cuántas veces, después de rota, se podía seguir usando? Tenía su cabello lacio, castaño, recogido en una coleta alta. Los ojos de arcilla, mancillados y sin girasoles. La piel pálida, las mejillas sin lustre. La boca seca, blanca. Y las pestañas cortas y mojadas. Había lágrimas sin que realmente estuvieran. Había alguien, que era y no era. Su cuello largo, elegante, inclinado hacia abajo. Los huesos de la espalda se asomaban hipnóticos a través de su camiseta de tirantes. Drusilda quiso acariciarlos, pero no lo hizo.
—¿Ves esa separación de los posos de té? Están divididos, como hizo Moisés con las aguas. —Guardó silencio, para confirmar que aquella conversación no era unilateral. Ofelia asintió. —Indican como estás; partida. Aun así, eso no es lo único que me dicen. Después de la rotura, los pedacitos se prolongan hacia casi elevarse sobre las paredes de la taza; como la rosa que nace entre dos rocas. Hay gente, como tú, que ha nacido para sobresalir a pesar de estar en tierra árida.
Ofelia capturó su pupila, como si estuviera redescubriéndola por primera vez en mucho tiempo. Drusilda, eclipsada, quiso decirle lo mucho que la quería. Pero no. Callada, con la certeza de que no era a ella a quien miraba; sino al anhelo de la ausencia de Ares, se dejó hacer. Se dejó tocar, le entregó todo su amor como si fuera infinito. Podía tomar todo lo que quisiera de ella; a fin de cuentas, aquella rosa no solo necesitaba agua para crecer.
Lo primero que hizo fue darle un beso. Ofelia sintió ajena aquella boca sin barba, blanda y suave. Las manos suaves, también, que le acariciaron el cabello con ternura. En realidad, aquello fue como un descubrimiento; como si tuviera a su lado la teoría de la gravedad y no se hubiera dado cuenta. Qué bien se sintió el tacto Drusilda, dulce, recorriendo su espalda. En tan solo una caricia le quitó las prendas: quedó entonces vulnerable, escudada solo por sus huesos y piel. Supo que, hasta aquel instante, no se había sentido jamás tan auténtica. La mirada de Drusilda parecía capaz de atravesarle las entrañas hasta alcanzar su corazón. Llegó para quedarse viéndolo latir, recreándose en su desdicha como si quisiera alimentarse de ella.
La aprendiz de bruja estaba enamorada de la tristeza de Ofelia. Quería tomar a la muchacha para demostrarle que el destino no solo estaba escrito en las estrellas. Quería leerle la felicidad en los lunares de su estómago y después lamerla ahí abajo, hasta hacerle creer que nacieron constelaciones en el techo, lleno de grietas, de su habitación. Ofelia, por su parte, se dejó hacer. Tirada sobre el colchón, abierta de piernas, fue más libre de lo que jamás pudiera haber recordado. El egoísmo la hacía sentir empoderada, irracional y frenética. Lo quería todo para ella. Iba a tomar el placer y exprimirlo hasta perder la cordura: deseaba quedarse tan saciada que no hubiera espacio en su mente para experimentar la desazón.
Entonces, la puerta se abrió. Apareció Ares con su uniforme de militar. La mostaza de su iris recorrió la habitación de Drusilda como quien observa un cuadro costumbrista. Las vio tiradas en el colchón; tan crudas que se alejaban de la fantasía lésbica que tenía el hombre sobre la sexualidad de la mujer. Y le dio asco la forma que tenía Drusilda que acariciar el vientre hendido y moreno de su amiga. Le dieron repulsa los gemidos trémulos de Ofelia, que iban en busca de un anhelo que no llegaba nunca. Pero, por encima de todo, se sintió traicionado: su virilidad se puso en entredicho. Así que quiso castigarlas de alguna forma que le hiciera sentirse a él como sujeto de deseo y devolverles a ellas, en cambio, la condición de objeto de consumo. Alejó a Drusilda de un tirón de encima de Ofelia, para evitar que le revocaran su conquista. Él era el hombre blanco y Ofelia se había convertido en la nueva América. Iba a someterla bajo la mirada de la aprendiz de bruja, que no podría detenerlo.
Entonces fue cuando Ofelia tuvo una epifanía sobre su destino, que parecía estar ligado a una tragedia clásica. Ella era la amante de Hamlet; su futuro no estaba escrito ni en las estrellas, ni en sus lunares. Nació para servir a un hombre y morir por y para él. Iba a ser la Ofelia de alguien que la relegaría a un segundo lugar, donde sus deseos nunca formaron parte de la ecuación. Ares, por tanto, sería el señor de su guerra; de su destrucción y su cautiverio. Ella, como el resto de mujeres del mundo, no necesitaba acudir a ninguna cruzada, porque la tenía en su día a día. Quiso llorar al visualizarse como la concibió Shakespeare: ahogada en un lago. Toda una vida erigida con el propósito de ser un personaje prescindible.
En el marrón arcilla de sus ojos, crecieron girasoles. Ofelia quería diferenciarse de su yo vulnerable, que tanto había visto que pintaban en cuadros barrocos hundida bajo el mar. Así que tomó aire y le dijo que no. Hizo acopio de todas sus fuerzas para quitárselo de encima con una patada en el estómago. Ares, señor de lo belicista, emitió un quejido de dolor. Aprovechó entonces Drusilda para ponerse delante y escudar a su compañera. Ofelia tomó un jarrón lleno de agua y margaritas, que estampó en la cabeza de su Hamlet. Ya no más, quiso decirle con la boca cerrada.
Cayó el cuerpo al suelo, inerte. Tenía el cabello mojado, como si el destino quisiera mostrarles lo bonitos que se verían sus rizos húmedos sobre el cauce de un río. Y así lo imaginaron: sepultado donde nadie jamás lo pudiera encontrar. A aquel Ares, reencarnado en Hamlet, le había llegado su San Martín. Y Ofelia no tendría que sufrir las consecuencias de pertenecerle, como tanto ocurrió en historias pasadas. Lo que siempre había necesitado era reinventarse como alguien distinta: descubrir que en aquella ocasión no había sido ella la destinada a perecer bajo el mar. Las tornas habían cambiado y ya no estaba tan indefensa como tanto la concibieron los demás.
—Es un monstruo —espetó Ofelia en referencia a Ares, con su frente arrugada. La boca fruncida, en una mueca que oscilaba entre el miedo y el asco. El brillo del desengaño en su rostro deslumbró cualquier palabra reconfortante que pudiera dedicarle Drusilda, así que guardó silencio, por si la calma era una solución plausible. Sí, lo fue.
—¿Qué vas a hacer? —la apremió, cuando la tensión de su tesitura se hizo insostenible. Ofelia arrugó su frente, otra vez, como si se hubiera olvidado de hablar. Drusilda continuó callada; había veces que la amargura se comía las palabras por lo que Ofelia necesitaba materializar la respuesta a aquella pregunta, qué le doliera. Entonces, y solo entonces, podría empezar a sanar.
—Dejarlo. —Suspiró. —Bueno, no sé si esa es la palabra indicada. En realidad, nunca tuvimos nada.
Ambas suspiraron. Ofelia tomó un trago del té. Drusilda se colocó a su lado, después se permitió dedicarle una mirada de arriba abajo. Había algo roto en ella y tenía miedo que jamás pudiera regresar a su origen. ¿Cuántos nudos se podían hacer a una cuerda llena de mellas antes de que quedara inservible? ¿Cuántas veces, después de rota, se podía seguir usando? Tenía su cabello lacio, castaño, recogido en una coleta alta. Los ojos de arcilla, mancillados y sin girasoles. La piel pálida, las mejillas sin lustre. La boca seca, blanca. Y las pestañas cortas y mojadas. Había lágrimas sin que realmente estuvieran. Había alguien, que era y no era. Su cuello largo, elegante, inclinado hacia abajo. Los huesos de la espalda se asomaban hipnóticos a través de su camiseta de tirantes. Drusilda quiso acariciarlos, pero no lo hizo.
—¿Ves esa separación de los posos de té? Están divididos, como hizo Moisés con las aguas. —Guardó silencio, para confirmar que aquella conversación no era unilateral. Ofelia asintió. —Indican como estás; partida. Aun así, eso no es lo único que me dicen. Después de la rotura, los pedacitos se prolongan hacia casi elevarse sobre las paredes de la taza; como la rosa que nace entre dos rocas. Hay gente, como tú, que ha nacido para sobresalir a pesar de estar en tierra árida.
Ofelia capturó su pupila, como si estuviera redescubriéndola por primera vez en mucho tiempo. Drusilda, eclipsada, quiso decirle lo mucho que la quería. Pero no. Callada, con la certeza de que no era a ella a quien miraba; sino al anhelo de la ausencia de Ares, se dejó hacer. Se dejó tocar, le entregó todo su amor como si fuera infinito. Podía tomar todo lo que quisiera de ella; a fin de cuentas, aquella rosa no solo necesitaba agua para crecer.
Lo primero que hizo fue darle un beso. Ofelia sintió ajena aquella boca sin barba, blanda y suave. Las manos suaves, también, que le acariciaron el cabello con ternura. En realidad, aquello fue como un descubrimiento; como si tuviera a su lado la teoría de la gravedad y no se hubiera dado cuenta. Qué bien se sintió el tacto Drusilda, dulce, recorriendo su espalda. En tan solo una caricia le quitó las prendas: quedó entonces vulnerable, escudada solo por sus huesos y piel. Supo que, hasta aquel instante, no se había sentido jamás tan auténtica. La mirada de Drusilda parecía capaz de atravesarle las entrañas hasta alcanzar su corazón. Llegó para quedarse viéndolo latir, recreándose en su desdicha como si quisiera alimentarse de ella.
La aprendiz de bruja estaba enamorada de la tristeza de Ofelia. Quería tomar a la muchacha para demostrarle que el destino no solo estaba escrito en las estrellas. Quería leerle la felicidad en los lunares de su estómago y después lamerla ahí abajo, hasta hacerle creer que nacieron constelaciones en el techo, lleno de grietas, de su habitación. Ofelia, por su parte, se dejó hacer. Tirada sobre el colchón, abierta de piernas, fue más libre de lo que jamás pudiera haber recordado. El egoísmo la hacía sentir empoderada, irracional y frenética. Lo quería todo para ella. Iba a tomar el placer y exprimirlo hasta perder la cordura: deseaba quedarse tan saciada que no hubiera espacio en su mente para experimentar la desazón.
Entonces, la puerta se abrió. Apareció Ares con su uniforme de militar. La mostaza de su iris recorrió la habitación de Drusilda como quien observa un cuadro costumbrista. Las vio tiradas en el colchón; tan crudas que se alejaban de la fantasía lésbica que tenía el hombre sobre la sexualidad de la mujer. Y le dio asco la forma que tenía Drusilda que acariciar el vientre hendido y moreno de su amiga. Le dieron repulsa los gemidos trémulos de Ofelia, que iban en busca de un anhelo que no llegaba nunca. Pero, por encima de todo, se sintió traicionado: su virilidad se puso en entredicho. Así que quiso castigarlas de alguna forma que le hiciera sentirse a él como sujeto de deseo y devolverles a ellas, en cambio, la condición de objeto de consumo. Alejó a Drusilda de un tirón de encima de Ofelia, para evitar que le revocaran su conquista. Él era el hombre blanco y Ofelia se había convertido en la nueva América. Iba a someterla bajo la mirada de la aprendiz de bruja, que no podría detenerlo.
Entonces fue cuando Ofelia tuvo una epifanía sobre su destino, que parecía estar ligado a una tragedia clásica. Ella era la amante de Hamlet; su futuro no estaba escrito ni en las estrellas, ni en sus lunares. Nació para servir a un hombre y morir por y para él. Iba a ser la Ofelia de alguien que la relegaría a un segundo lugar, donde sus deseos nunca formaron parte de la ecuación. Ares, por tanto, sería el señor de su guerra; de su destrucción y su cautiverio. Ella, como el resto de mujeres del mundo, no necesitaba acudir a ninguna cruzada, porque la tenía en su día a día. Quiso llorar al visualizarse como la concibió Shakespeare: ahogada en un lago. Toda una vida erigida con el propósito de ser un personaje prescindible.
En el marrón arcilla de sus ojos, crecieron girasoles. Ofelia quería diferenciarse de su yo vulnerable, que tanto había visto que pintaban en cuadros barrocos hundida bajo el mar. Así que tomó aire y le dijo que no. Hizo acopio de todas sus fuerzas para quitárselo de encima con una patada en el estómago. Ares, señor de lo belicista, emitió un quejido de dolor. Aprovechó entonces Drusilda para ponerse delante y escudar a su compañera. Ofelia tomó un jarrón lleno de agua y margaritas, que estampó en la cabeza de su Hamlet. Ya no más, quiso decirle con la boca cerrada.
Cayó el cuerpo al suelo, inerte. Tenía el cabello mojado, como si el destino quisiera mostrarles lo bonitos que se verían sus rizos húmedos sobre el cauce de un río. Y así lo imaginaron: sepultado donde nadie jamás lo pudiera encontrar. A aquel Ares, reencarnado en Hamlet, le había llegado su San Martín. Y Ofelia no tendría que sufrir las consecuencias de pertenecerle, como tanto ocurrió en historias pasadas. Lo que siempre había necesitado era reinventarse como alguien distinta: descubrir que en aquella ocasión no había sido ella la destinada a perecer bajo el mar. Las tornas habían cambiado y ya no estaba tan indefensa como tanto la concibieron los demás.
Cuaderno de anotaciones de Ofelia
Recuerdo que el día que descubrí quién era mi padre, decidí que habría sido mejor no haber nacido. Era un soldado, cómo no. Un héroe que no era un héroe. Un monstruo disfrazado de galán. Se llamaba Saúl y vestía con el uniforme canela de su división. No era ni alto ni bajo; ni gordo ni delgado. Tenía la barba sin cuidar, algo de entrecejo y la nariz un poco doblada porque probablemente se la rompió alguna vez. Lo veía algunas veces en Karolina, mi ciudad. Todas las tropas estaban en el foco más alejado del conflicto armado, Salamina, mientras que el resto estábamos en la capital.
La cosa había desembocado en un cerco, que dividía el centro en el que estábamos nosotros de la periferia donde ellos se resguardaban. Si querías salir, no podías; tenías que llevar un permiso especial. Ya que por supuesto, ellos no tenían cómo saber si eras un rebelde y querías bombardear o asesinar civiles en sus dominios. Porque sus dominios valían más que los nuestros y sus civiles eran, también, más importantes que nosotros.
Sabía yo que Saúl acudía a la plaza de la iglesia de Karolina todos los sábados por la mañana. Era el día en el que la periferia hacía alarde de su caridad y nos traía comida. Normalmente eran legumbres, arroz y alguna que otra conserva. Aunque a veces teníamos suerte y había pan blanco; otras nos daban unas tortas oscuras y duras que distaban mucho de estar hechas con trigo. Ahí iba mamá junto con otras mujeres a hacer cola para conseguir abastecerse. Y ahí fue, obvio, donde conoció a aquel señor.
Me imaginaba a mamá más joven y menos cansada. Con su melena negra, larga y lacia, como una cortina a través de sus hombros descubiertos; solo provistos por una camiseta de tirantes algo gastada. Sus ojos avellana serían expresivos, acentuados por sus pestañas largas. No tendría tantas bolsas ni ojeras y su piel olivácea no se vería tan amarillenta como en sus últimos años. Había descubierto que las arrugas, en muchas ocasiones, además de delatar la edad iban a juego con el cansancio de la vida. Las arrugas eran testigos de cómo nos quisimos comer el mundo y, al final, él nos engulló a nosotros.
Saúl seguro que la vio con su pelo carbón y millares de ilusiones intactas. Fue él quien quiso alimentarse de la felicidad de mi madre, y desde luego que lo hizo. ¿Cómo no iba a conseguirlo en un mundo donde el hombre blanco ejercía su hegemonía? Héroes, los llaman, y yo solo rompo a reír con ironía, porque las lágrimas se me han gastado del todo. Mamá no me dijo que la violó y, probablemente, dentro de los estándares de muchos tampoco lo hiciera. Para la mayoría violar es que te aten a una cama y hagan lo que quieran contigo. Qué te metan una paliza mientras suplicas clemencia e imploras que no te introduzcan un pene dentro de tu vagina.
Pero siempre existieron otro tipo de violaciones; más silenciosas pero igual de horripilantes. Violaciones encubiertas; donde no puedes optar a otra cosa que no sea cerrar los ojos y asentir mientras hacen lo que quieran contigo. Violaciones donde te ves intimidada por un señor a rebosar de billetes con los que alardea de un prestigio inmerecido. Lo odias, pero te engañas; como pensando que te está ayudando dándote algo de dinero. Que eres su juguete más valioso. Que tuviste suerte de que estuviera contigo en lugar de con otra. «En realidad, Ofelia, fui afortunada por que apareciera en mi vida. A veces me traía pan blanco o telas para que me cosiera vestidos»; me confesó mamá. Y yo quise, solo quise... Quise muchas cosas pero no sabía designarlas. La rabia me comió la lengua.
Ella parecía muy convencida de engañarse con que quería compartir intimidad con ese señor. Y para mí explicarle la complejidad que veía en el consentimiento; decirle todo aquello de la luz de gas o de la coacción se me hacía un mundo. Creo que había roto tanto a mi madre que hacerle juzgar su pasado, terminaría de quebrarla. Prefería hacer como que no pasaba nada. Enfocaba su felicidad en sus aficiones; como sus brebajes de bruja.
Cambió de tema y empezó a explicarme por qué me puso Ofelia. Me confesó que antes de que apareciera Saúl en su vida ella iba a la escuela. La formación obligatoria era hasta los dieciséis años y ella, por supuesto, se consideraba una alumna aventajada. Mi madre era muy curiosa y le encantaba investigar las cosas que aprendía en clase por su cuenta. Acudía mucho a la biblioteca para alquilar libros que luego tener que leer en casa. Aquel era su mayor entretenimiento dado que su familia, de etnia gitana, le había declarado la guerra a cualquier ápice de tecnología. No era que la gente de a pie tuviera muchos avances: solo constábamos de un móvil que nos daba el Estado y una Tablet con teclado, que se podía poner o quitar, de muy baja potencia. Ambas eran de la misma marca, BQ, defendida como producto nacional.
Fuera de Karolina, donde estábamos nosotros, se podía adquirir más variedad de productos. En Salamina había bastantes tiendas donde grandes marcas ejercían su competencia. Y, además, estaba también la opción de adquirir productos a través de internet; en un mercado menos restrictivo y menos limitado de lo que estaba aquí. Mi madre, como sus padres, tenía sus dispositivos electrónicos pero no les hacía demasiado caso. Las horas de uso que tenía mamá estaban, por supuesto, restringidas por sus progenitores.
La abuela Zita a veces le leía la mano. Desde que le llegaba la memoria tenía en la cabeza el presagio de Zita «Naciste con las tristeza bajo el brazo, Ciara. Aléjate de la tecnología porque solo la naturaleza te podrá dar la luz». Entonces mamá Ciara se imaginó a toda ella como un remolino de oscuridad. Le afectó tanto que ni siquiera cuestionó las restricciones irracionales de Zita y yayo Lucas. Así que solo se pasaba las tardes leyendo para matar el tiempo.
Confesó, entonces, que el primer libro que le hizo un agujero en el corazón fue Hamlet. Lo cierto era que la mayoría de novelas que leía estaban limitadas; había algunas restricciones en cuanto a la ideología de lo que podríamos leer. La idea era no introducir pensamientos rebeldes dentro de Karolina. Porque, para la periferia, toda Karolina estaba llena de asesinos sin corazón. Hamlet se publicó como excepción: a los patriotas de Salamina les encantaba el ideal de justicia y venganza que imponía aquella obra de teatro. Vengarse del asesinato de tu padre. Qué heroico. Qué patriótico. Qué lícita era la crueldad del honor para defender tu familia y tus tierras. Hamlet, como protagonista, dudó. Dudó sobre si estaba haciendo bien, pero al final nada importaba. El ideal tóxico del héroe, que tanto le gustaba a mamá, seguía estando ahí. Ciara me repetía una y otra vez el monólogo.
Pero silencio. ¡La gentil Ofelia!
¡Ah, ninfa! En tus plegarias
que todos mis pecados se recuerden.
¿Qué es mejor para el alma,
sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,
o levantarse en armas contra el océano del mal,
y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...
Así que me dijo que yo iba a ser como Ofelia. Mi primera reacción fue el horror. No quería parecerme a una mujer que caía en la locura por los desaires de un hombre. Al principio la odié. Odié tanto a Ofelia, como a Eco, como a Dafne, como a Penélope y como a una larga lista más de damas cuya existencia solo había sido una premisa para destruirlas a ellas y enriquecer a algún hombre. Luego pensé. Pensaba mucho en si tenían algo que decir. Y quise darles voz. Ojalá ellas tuvieran el poder de hablar. Ojalá no las hubieran creado mudas.
Fue en aquel momento cuando redescubrí mi nombre. Le dije a mamá que iba a ser una Ofelia mejor. Que iba a hacer justicia por todas las que jamás tuvimos la oportunidad de hablar. Ciara me sonrió, creo que sin entender las convicciones desde las que hablaba o sin analizar lo horrible que era el ideal romántico de venganza. Mi deber era matar a Hamlet para que, por fin, dejaran de pintarme en cuadros barrocos ahogada en un lago.
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| Alexandre Cabanel (1823-1889), Ofelia; 1883. Óleo sobre lienzo, 77 × 117,5 cm. |
[Retomando la escritura después de muchísimo tiempo]
Ofelia tenía tan solo catorce años la primera vez que vio a Daria. Fue en uno de sus discursos, con sus característicos labios pintados de rojo y aquella confianza en sí misma de la que Ofelia tanto carecía. Daria era menuda, delgada —como la mayoría de gente en aquella época de hambruna— y llena de esperanza. Tenía el cabello castaño claro sobre sus orejas, recogido con una coleta en la que no atinaban a entrar todos los mechones. Algunos se escapaban, demasiado cortos y rebeldes para alcanzar la goma del pelo. Sus ojos eran almendrados, algo pequeños, y del azul del mar. Sus pantalones vaqueros estaban gastados, igual que su camiseta raída de tirantes. Pero, aun así, Daria era feliz porque cargaba a cuestas una esperanza que siempre la empujaba a sonreír.
—Las Damas de rojo estamos hoy aquí para vosotras, no para ellos. Aparecimos como la ilusión que despunta una noche sin luna. Y os vamos a liberar. —Hizo una pausa, solemne. —Qué el Partido no os engañe, mujeres, porque no somos libres. Qué no os engañen los hombres, mujeres, porque estamos doblemente cautivas. Tenemos dos grilletes: el de esta dictadura y el de nuestro sexo.
Había gente entre el público que la abucheaba, otra que se mantenía en silencio con escepticismo y luego estaba Ofelia, que la miraba con admiración.
—Es a nosotras a las que nos humillan y violan. Es a nosotras a quienes nos controlan mediante nuestra descendencia; cómo, cuándo y con quién la tenemos. Es a nosotras a quienes siempre nos han impedido ir a la guerra cuando, ignorantes ellos, no veían que la guerra la teníamos en el día a día: en nuestras casas. A veces el peor enemigo era nuestro marido y otras veces lo era nuestra impotencia al ver que no podíamos despegar las alas para volar.
»Luego…, luego nos dijeron que éramos igual que el resto; o sea, igual que los hombres. Luego nos dijeron que habíamos alcanzado la igualdad. Pero no, compañeras, seguimos en guerra. En guerra para derrocar una dictadura que está dinamitando nuestro ideal de sociedad inclusiva. En guerra contra quienes se aprovechan del yugo de su masculinidad para convertirnos en esclavas. Y yo digo qué no: no quiero.
»Nos convertimos en las Damas de rojo para recordar a nuestras compañeras, las sufragistas. Ellas se pintaron los labios de rojo aun a riesgo de que las tildaran de rameras o las lapidaran. Ellas se aliaron como compañeras en pos de un mundo mejor. Uníos a nosotras, mujeres.
Ofelia aplaudió con ganas y, aquella misma tarde, robó el pintalabios rojo de su madre. Tomó entonces la tradición de llevar siempre los labios de aquel color en honor a las Damas de rojo, mientras se imaginaba con la edad necesaria para militar en ellas.
Ofelia, agazapada, observó a Ares. Estaba frente a ella con una sonrisa burlona bailando entre sus labios. Era muy alto, mediría por lo menos uno noventa, de piel canela. Tenía pecas en la nariz y en parte de los pómulos, igual que en la zona de los hombros, el centro del pecho y la espalda. Lo había visto sin camiseta cuando iban a nadar a la playa y se había quedado intimidada por la forma en la que se forjaron aquellos músculos. Tenía los pectorales muy marcados, en conjunto con gran parte de sus abdominales. La columna delimitada, también, por sus oblicuos.
Sus ojos eran grises, como los que tenía su hermano Mercurio. Aunque los de Ares quizá fueran más distantes o fríos; cosa que iba a juego con su carácter huraño. Hacía poco que se había animado a entrenar con él, aunque tampoco estaba segura de estar haciendo lo correcto.
Todo fue dado por la muerte de Daria. Las Damas de rojo, decían, habían muerto junto a su fundadora. Ofelia, por desgracia, no se había podido despedir de ella. Nunca más se iban a escuchar aquel eco de equidad que tanto aspiraba a representar a la mayoría silenciosa femenina. Una bomba, venida a manos del Estado, había fulminado a gran parte de las integrantes. Drusilda, su amiga, lo auguró en su baraja. Lo triste fue que, como era bruja, la tomaron como loca. Sus palabras, como siempre, caían en saco roto.
Drusi estaba fumando algo envuelto en papel púrpura: ella lo llamaba Alicia, porque la ayudaba a descubrir la verdad de las cosas. Tenía muchos libros de conocimientos arcanos que la llevaban a memorizar y averiguar sus hechizos; en uno de ellos encontró el origen de la palabra «Verdad», que era considerada antónima de «Olvido». En castellano evolucionó a Alicia, así que tomó a aquel canuto púrpura como si fuera su hija. Exhaló el humo blanco y denso, luego habló: «Acaba de aparecer la carta de El juicio sobre la mesa. —Hizo una pausa. —Acaba de aparecer la carta de La muerte sobre la mesa. Esta semana, habrá una quema de brujas».
Ofelia no la quiso creer porque, para ser sinceros, a nadie le gustaba asimilar ningún vaticinio negativo. Así que se mantuvo callada, contemplando el humo que inundaba la instancia mientras se preguntaba por qué el Estado castigaba tanto que la gente fumaba, cuando el humo de Alicia tenía un olor tan agradable a lavanda. También se preguntó si siquiera aquello tenía nicotina.
—La quema de brujas tendrá una gran repercusión en el mundo—la increpó Drusilda, que tomó una nueva bocanada de Alicia. —El colgado sale al derecho, así que sus almas descansan en paz. Las brujas quemadas serán un sacrificio, como en el cristianismo lo fue la crucifixión de Jesús.
Ofelia parpadeó y volvió a centrarse en Ares, que la acababa de dejar tendida en el suelo. A poca distancia de su rostro tenía el de su amigo; una palabra que siempre le amargaba en el paladar. Ares se quedó mirando los rasgados ojos de Ofelia, el largo y delicado tabique de su nariz y sus labios gruesos y rosados. Bajó entonces la vista hacia su pequeño, aunque insinuante escote. Tuvo el impulso de inclinarse para hundir su nariz en él. Sentir la piel pálida y suave hasta emborracharse y olvidar. Después salió de su ensoñación y se obligó a clavar su iris gris en el castaño de Ofelia.
—No estás en lo que deberías estar —farfulló, más molesto consigo mismo que con ella—. Creía que desde la muerte de Daria deseabas resucitar a las Damas de rojo; por eso te dije de entrenar.
Ofelia movió sus manos con lentitud sobre los bíceps de Ares, todavía en tensión por la postura en la que la cubría. Conmocionado, Ares se retiró.
—Tu cuerpo ha cambiado mucho estos tres últimos años —musitó, sin querer admitir lo amedrentada que estaba por aquella masa de músculos—, probablemente a ti te cojan para la Resistencia; todo el mundo te admira. —Para Ares aquella admiración era agria: estaba aderezada con miradas de lástima por la muerte de sus padres o de preguntas sobre si aquella fue la razón por la que decidió formar parte de la revuelta. En ocasiones tenía la sensación de que el respeto era lo mismo que el miedo, solo que sosteniendo una careta.
—Hemos cambiado todos, en general —musitó, incómodo—. Cada pérdida se lleva un pedazo de nosotros, hasta que de acumular tantas solo nos quedan jirones. Entonces nos vemos obligados a construirnos de nuevo sin alguna de las piezas más importante de nuestro rompecabezas.
—Me siento perdida, ¿sabes?
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