Mostrando entradas con la etiqueta Tecnología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tecnología. Mostrar todas las entradas

Cuaderno de anotaciones de Ofelia



                    Recuerdo que el día que descubrí quién era mi padre, decidí que habría sido mejor no haber nacido. Era un soldado, cómo no. Un héroe que no era un héroe. Un monstruo disfrazado de galán. Se llamaba Saúl y vestía con el uniforme canela de su división. No era ni alto ni bajo; ni gordo ni delgado. Tenía la barba sin cuidar, algo de entrecejo y la nariz un poco doblada porque probablemente se la rompió alguna vez. Lo veía algunas veces en Karolina, mi ciudad. Todas las tropas estaban en el foco más alejado del conflicto armado, Salamina, mientras que el resto estábamos en la capital.

                    La cosa había desembocado en un cerco, que dividía el centro en el que estábamos nosotros de la periferia donde ellos se resguardaban. Si querías salir, no podías; tenías que llevar un permiso especial. Ya que por supuesto, ellos no tenían cómo saber si eras un rebelde y querías bombardear o asesinar civiles en sus dominios. Porque sus dominios valían más que los nuestros y sus civiles eran, también, más importantes que nosotros.

                    Sabía yo que Saúl acudía a la plaza de la iglesia de Karolina todos los sábados por la mañana. Era el día en el que la periferia hacía alarde de su caridad y nos traía comida. Normalmente eran legumbres, arroz y alguna que otra conserva. Aunque a veces teníamos suerte y había pan blanco; otras nos daban unas tortas oscuras y duras que distaban mucho de estar hechas con trigo. Ahí iba mamá junto con otras mujeres a hacer cola para conseguir abastecerse. Y ahí fue, obvio, donde conoció a aquel señor.

                    Me imaginaba a mamá más joven y menos cansada. Con su melena negra, larga y lacia, como una cortina a través de sus hombros descubiertos; solo provistos por una camiseta de tirantes algo gastada. Sus ojos avellana serían expresivos, acentuados por sus pestañas largas. No tendría tantas bolsas ni ojeras y su piel olivácea no se vería tan amarillenta como en sus últimos años. Había descubierto que las arrugas, en muchas ocasiones, además de delatar la edad iban a juego con el cansancio de la vida. Las arrugas eran testigos de cómo nos quisimos comer el mundo y, al final, él nos engulló a nosotros.

                    Saúl seguro que la vio con su pelo carbón y millares de ilusiones intactas. Fue él quien quiso alimentarse de la felicidad de mi madre, y desde luego que lo hizo. ¿Cómo no iba a conseguirlo en un mundo donde el hombre blanco ejercía su hegemonía? Héroes, los llaman, y yo solo rompo a reír con ironía, porque las lágrimas se me han gastado del todo. Mamá no me dijo que la violó y, probablemente, dentro de los estándares de muchos tampoco lo hiciera. Para la mayoría violar es que te aten a una cama y hagan lo que quieran contigo. Qué te metan una paliza mientras suplicas clemencia e imploras que no te introduzcan un pene dentro de tu vagina.

                    Pero siempre existieron otro tipo de violaciones; más silenciosas pero igual de horripilantes. Violaciones encubiertas; donde no puedes optar a otra cosa que no sea cerrar los ojos y asentir mientras hacen lo que quieran contigo. Violaciones donde te ves intimidada por un señor a rebosar de billetes con los que alardea de un prestigio inmerecido. Lo odias, pero te engañas; como pensando que te está ayudando dándote algo de dinero. Que eres su juguete más valioso. Que tuviste suerte de que estuviera contigo en lugar de con otra. «En realidad, Ofelia, fui afortunada por que apareciera en mi vida. A veces me traía pan blanco o telas para que me cosiera vestidos»; me confesó mamá. Y yo quise, solo quise... Quise muchas cosas pero no sabía designarlas. La rabia me comió la lengua.

                    Ella parecía muy convencida de engañarse con que quería compartir intimidad con ese señor. Y para mí explicarle la complejidad que veía en el consentimiento; decirle todo aquello de la luz de gas o de la coacción se me hacía un mundo. Creo que había roto tanto a mi madre que hacerle juzgar su pasado, terminaría de quebrarla. Prefería hacer como que no pasaba nada. Enfocaba su felicidad en sus aficiones; como sus brebajes de bruja.

                    Cambió de tema y empezó a explicarme por qué me puso Ofelia. Me confesó que antes de que apareciera Saúl en su vida ella iba a la escuela. La formación obligatoria era hasta los dieciséis años y ella, por supuesto, se consideraba una alumna aventajada. Mi madre era muy curiosa y le encantaba investigar las cosas que aprendía en clase por su cuenta. Acudía mucho a la biblioteca para alquilar libros que luego tener que leer en casa. Aquel era su mayor entretenimiento dado que su familia, de etnia gitana, le había declarado la guerra a cualquier ápice de tecnología. No era que la gente de a pie tuviera muchos avances: solo constábamos de un móvil que nos daba el Estado y una Tablet con teclado, que se podía poner o quitar, de muy baja potencia. Ambas eran de la misma marca, BQ, defendida como producto nacional.

                    Fuera de Karolina, donde estábamos nosotros, se podía adquirir más variedad de productos. En Salamina había bastantes tiendas donde grandes marcas ejercían su competencia. Y, además, estaba también la opción de adquirir productos a través de internet; en un mercado menos restrictivo y menos limitado de lo que estaba aquí. Mi madre, como sus padres, tenía sus dispositivos electrónicos pero no les hacía demasiado caso. Las horas de uso que tenía mamá estaban, por supuesto, restringidas por sus progenitores.

                    La abuela Zita a veces le leía la mano. Desde que le llegaba la memoria tenía en la cabeza el presagio de Zita «Naciste con las tristeza bajo el brazo, Ciara. Aléjate de la tecnología porque solo la naturaleza te podrá dar la luz». Entonces mamá Ciara se imaginó a toda ella como un remolino de oscuridad. Le afectó tanto que ni siquiera cuestionó las restricciones irracionales de Zita y yayo Lucas. Así que solo se pasaba las tardes leyendo para matar el tiempo.

                    Confesó, entonces, que el primer libro que le hizo un agujero en el corazón fue Hamlet. Lo cierto era que la mayoría de novelas que leía estaban limitadas; había algunas restricciones en cuanto a la ideología de lo que podríamos leer. La idea era no introducir pensamientos rebeldes dentro de Karolina. Porque, para la periferia, toda Karolina estaba llena de asesinos sin corazón. Hamlet se publicó como excepción: a los patriotas de Salamina les encantaba el ideal de justicia y venganza que imponía aquella obra de teatro. Vengarse del asesinato de tu padre. Qué heroico. Qué patriótico. Qué lícita era la crueldad del honor para defender tu familia y tus tierras. Hamlet, como protagonista, dudó. Dudó sobre si estaba haciendo bien, pero al final nada importaba. El ideal tóxico del héroe, que tanto le gustaba a mamá, seguía estando ahí. Ciara me repetía una y otra vez el monólogo.

Pero silencio. ¡La gentil Ofelia!

¡Ah, ninfa! En tus plegarias

que todos mis pecados se recuerden.

¿Qué es mejor para el alma,

sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,

o levantarse en armas contra el océano del mal,

y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...


                    Así que me dijo que yo iba a ser como Ofelia. Mi primera reacción fue el horror. No quería parecerme a una mujer que caía en la locura por los desaires de un hombre. Al principio la odié. Odié tanto a Ofelia, como a Eco, como a Dafne, como a Penélope y como a una larga lista más de damas cuya existencia solo había sido una premisa para destruirlas a ellas y enriquecer a algún hombre. Luego pensé. Pensaba mucho en si tenían algo que decir. Y quise darles voz. Ojalá ellas tuvieran el poder de hablar. Ojalá no las hubieran creado mudas.

                    Fue en aquel momento cuando redescubrí mi nombre. Le dije a mamá que iba a ser una Ofelia mejor. Que iba a hacer justicia por todas las que jamás tuvimos la oportunidad de hablar. Ciara me sonrió, creo que sin entender las convicciones desde las que hablaba o sin analizar lo horrible que era el ideal romántico de venganza. Mi deber era matar a Hamlet para que, por fin, dejaran de pintarme en cuadros barrocos ahogada en un lago. 
 

Alexandre Cabanel (1823-1889), Ofelia; 1883. Óleo sobre lienzo, 77 × 117,5 cm.


La vida de Deliah (I)




            Deliah apretó el acelerador de su nave, rezando para que Ellos no la alcanzaran. El indicador marcaba que le quedaba poco carburante; no aguantaría mucho más tiempo en su huida. Dentro de poco darían con ella y terminarían con la vida que albergaba en su pecho. Destruirían cualquier vestigio de una nueva y esperanzadora existencia que se iba a gestar para cambiar las cosas. Y el deterioro continuaría hasta que la poca tierra árida que existía desapareciera y fuera sustituida por placas de acero inoxidable y cobre. Dios mío; no, no deseaba aquello. Antes muerta que dejar que se salieran con la suya.

            Sin embargo, Ellos eran muy poderosos: tenían a todos los urbanitas comiendo de su metálica y cableada mano. Deliah no tenía demasiadas esperanzas: las pocas que le quedaban se iban esfumando junto a la escasez de combustible de su vehículo. ¿Qué podía hacer?, ¿qué le quedaba por intentar? Sus ojos se clavaron en el botón de eyección, que se encontraba al lado del volante. Si lo pulsara saldría volando arriba, muy arriba. Su cuerpo se deslizaría hacia donde estaban las nubes y sería capaz de alcanzarlas con las palmas de sus manos.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger
         
            Podría tocarlas y sentir su incorpórea y hermosa estructura. Aquello sería tan hermoso... Y lo hizo; apretó el botón. Y salió despedida a la parte más alta del planeta. Y alcanzó sus anheladas nubes. Y, entonces, le dio la sensación de que le brindaban una calurosa bienvenida; que la querían mantener cerca de ellas y mostrarle, desde aquella altura, todo lo que se podía ver. 

            La mirada de Deliah se fijó en la cantidad de satélites de latón que orbitaban alrededor del planeta; en la cantidad de basura espacial que manchaba la hermosura de la atmósfera; en en lo feas que eran sus amigas las nubes con sus tonos rojizos y amarillentos. Y, tras aquello, imaginó cómo fueron las cosas antes; cómo sería la Tierra fértil, natural y sin adulterar. Se imaginó lo bello que sería el universo con menos basura espacial.

            Deliah sacó del compartimento de su pecho la vida que albergaba en él: era una diminuta semilla de cerezo. Aquel árbol, según vio en documentos antiguos, era mágico; tenía flores, ¡Flores!, de un rosa claro. Debía de conseguir plantarlo, darle vida. Convertirlo en el vestigio de una nueva era en la que los humanos no necesitaran chorradas tecnológicas tanto como ahora; en la que los humanos no llevaran trajes espaciales que los aislaran de sentir el viento impactando contra su cuerpo. 

            Tenía que vencerles; tenía que ganar a Ellos. Tenía que eliminar la frialdad tecnológica que había sumido los corazones de los urbanitas en un perpetuo sueño, en una perpetua pesadilla.





 
Mis Escritos Blog Design by Ipietoon