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El hada mendiga


            Iba caminando cuando la vi, cuando nuestros ojos se encontraron. Estaba en una acera, sentada en una esquina, resguardada por sus harapos como si creyera que tras ellos se haría invisible. La tela estaba gastada y era de colores chillones, rosa brillante y azul celeste, ennegrecidos por la suciedad de las calles. Cualquiera podría llegar a pensar que aquellos tonos eran del traje de una princesa que había terminado desterrada de su reino, pero aquella no fue mi suposición. Más bien pensé que los habría sacado de la basura de alguna tienda de disfraces de carnaval.

            Sus pies estaban al descubierto y, aun a pesar de la roña que los rodeaba, eran perfectos. Diminutos, de uñas cuidadas y apariencia suave. Aquello era contradictorio, no tenía sentido, pero a la vez no dejaba de ser verdad. Su cabello tenía un deje que oscilaba entre el negro y el azul neón, cosa también extraña. Me gustaría saber cómo se vería limpio, brillante y sedoso; alejado del amasijo de nudos y polvo que lo estropeaba. Extraño, el aspecto de aquella mendiga era más que extraño.

            Por alguna razón no pude dejar de mirarla; me tenía cautiva. No hacía otra cosa que no fuera examinarla y tratar de entenderla. ¿Cómo había llegado allí? ¿Pasaba hambre por las noches? ¿Frío? Me la imaginé sin el rastro del dolor en su esculpido y degradado rostro. Me la imaginé vestida elegante, y me abrumé. Ella había nacido para ser hermosa, alguien a quien admirar, alguien que permitiera creer en la existencia de la magia, los bailes a medianoche y los besos a princesas dormidas.

            Sus ojos, estaban ahí sus ojos. De un color que oscilaba entre el amarillo y naranja. Imposible. ¿Cómo alguien iba a tener un iris así? Sin embargo, ahí estaban. Serían lentillas. Llevaría lentillas en los ojos y tinte en el cabello. ¿Una actriz? Tal vez la mendiga era una actriz, ciertamente se la veía tan perfecta como para aparecer en una película de Hollywood. Sus ojos, de nuevo, me llamaron. Y nuestras miradas se cruzaron. Y me vi reflejada en aquel amarillo semejante al ámbar. Y me sumergí en ellos.

            Fue entonces cuando lo corroboré, aquello no era normal. Sus ojos eran de hada, toda ella era un hada. Un bello ser sobrenatural sometido al peso de lo mundano. El hada, que se había convertido en mendiga, extendió hacia mí su cesta pidiendo una limosna que no podía ser reemplazada por billetes. Ansiaba la magia; se humillaba pidiéndola y sintiéndose estúpida porque nadie era capaz de entregársela.

            —Lo siento… —le susurré tan bajo que no estuve segura de que pudiera escucharme. Sin embargo, sí lo hizo. Se encogió de hombros y me regaló una sonrisa suave y lenta, enmarcada por sus dientes, sucios y perfectos a la vez.

            Quise preguntarle quién era en realidad, si mis suposiciones acerca de su procedencia eran ciertas. Pero tuve miedo. Tal vez si forzaba demasiado los engranajes desaparecería llevándose consigo mis dudas, mis ansias de conocimiento. Apareció sobre su cabeza un halo de luz que venía de los cielos, de un lugar muy alto. Y me asusté. ¿La estaban llamando?, ¿la echaban de menos? Sus ojos se fijaron en el añil de las alturas y en aquel instante pude ver reflejado en su pupila de donde venía.

            Era un lugar etéreo: el Mundo Etéreo. Sí, me gustaba aquel nombre. Estaba repleto de color, fantasía y sonrisas. Había hadas, príncipes, princesas y castillos. Sin lugar a dudas aquel era el sitio del que venían los sueños. ¿Cómo habría ido a parar aquí abajo? ¿Por qué estaba condenada a vivir en una tierra sucia y ajena a la misericordia? Las dudas me quemaban y me sentía impotente, como si estuviera perdiendo las fuerzas. Inhalé profundo y lo vi nuevamente reflejado en sus pupilas: el Mundo Etéreo se estaba muriendo. Había sal, mucha sal, y les mataba. Les hacía olvidar, les robaba la magia. Y caían al suelo. Y sufrían esta jaula.

            Me di cuenta, entonces, de que el vestido que llevaba encima no era un disfraz hecho harapos; eran sus malogradas e inútiles alas, que usaba para resguardarse del frío. Rompí a llorar, sintiendo que su pena era la mía; como si las dos fuéramos la misma persona. Su ámbar, me vi reflejada nuevamente en su ámbar. Y en aquella ocasión fui yo la que estaba tirada en el suelo pidiendo limosna, y fue ella la que me contemplaba con tristeza y duda en un iris marrón chocolate.

            No entendía aquello, ¿qué me estaba pasando? Extendí la cesta, pidiéndole una redención que no se conseguía con dinero. Ella me sonrió y me dio un saco diminuto. Cuando atiné a abrirlo me encontré con arena de playa de colores. Olía a mar y a narcisos. El viento se la llevó volando en un despliegue cromático y sensitivo enternecedor. Y mis alas se extendieron. Y empecé a elevarme muy alto en compañía de la arena de playa, que parecía traer la solución a la sal y a la destrucción del, para mí desconocido, Mundo Etéreo.




La magia de los narcisos



          Me acerqué a la pequeña Clara con algo de tristeza y pesadumbre. La echaba mucho de menos y me gustaría poder verla todos los días. Pude apreciar que toda ella estaba rodeada por un aura color añil que oscilaba a ratos entre el gris perla y el aguamarina. Aquellas eran sus emociones, que danzaban con brío sobre el espeso aire que envolvía su pupitre. Apoyó su cabeza sobre la cuenca de su mano, y su codo sobre la mesa. Sus ojos se fijaron donde estaba yo, contemplándola con melancolía y tristeza.

          Tenía muchas cosas que contarle; muchos deseos, ilusiones y sueños por desvelar. Quería hacerla feliz. Su aura cambió, y esta vez se convirtió en una espesa bruma de un rosa claro, con olor a caramelo y algodón de azúcar. Me aproximé e inhalé fuerte con la intención de no olvidarme nunca de aquel aroma. Mis diminutas manos se posaron sobre su cabello color tierra húmeda y lo peinaron con una ternura tímida y comprometida.

          —Me gustaría poder hacerte olvidar todo el dolor y la tristeza pero no soy la indicada —musité en su oído.

          Su pupila se dilató y brilló como la de un gato. Arqueó su espalda y estiró un dedo de su mano derecha para que me posara sobre él. «Eres el hada más hermosa del mundo —me confesó su iris—. Me haces tanta falta...». La culpa se convirtió en una pesada bola de metal que ejercía presión sobre mi garganta. Lloré, cayó un reguero de lágrimas sobre mis pálidas mejillas. Mi tiempo con ella había terminado y aquella debía de ser nuestra despedida. El no me dejes estaba implícito en su gesto y la promesa de que iba a desaparecer de su vida arranaba mi pecho como cuchillas. 

          Batí mis alas y me elevé por las alturas. Debía de ser fuerte, no podía permitirme vacilar. «Prométeme que volverás; Soledad me dijo que lo harías» profirió su boca muda mientras extendía sus brazos en señal de anhelo. Su aura en aquel instante había metamorfoseado a un verde hoja que amenazaba por cubrir completamente el aula. A mi nariz acudió un olor a madera quemada y pólvora. 

          —Tiene que llegar el momento en que no nos necesites, Clara —espeté tratando de sonar firme—. Debes de aprender a vivir por ti misma; no podemos ser el centro de tu existencia. 

          Cerró los ojos y asintió temblando. «Prometo valerme por mí misma pero no pienso renunciar a vosotros» afirmó con una firmeza demasiado conmovedora para salir de aquellos labios silenciosos. Frente a mis ojos, inesperadamente, surgió el castillo de la princesa, el reino olvidado, un lago oscuro y un espejo mágico. Todo ello acompañado por millares de mariposas con olor a pétalos de narciso.





El hada, los elfos y el señor Oso



         Sé que estáis ahí escondidos, esperando a que os encuentre. Sé que estáis ahí, bajo mi cama; entre las grietas del techo de mi cuarto; ocultos bajo un dedal.. Os siento cada madrugada, paladeo el dulce chasquido de vuestros ojos fijos en mi cuerpo de niña inquieta y revoltosa. Y sonrío, porque me gusta saber de vuestra compañía. Y sonrío, porque la soledad es amiga de la sal.

         Mamá me ha dicho miles de veces que no, que no estáis ahí, y me duele. Pensar que me abandonáis hace que mi habitación se convierta en una madriguera oscura e infranqueable. Cuidad de mí cada noche; velad mis sueños y nunca, pase lo que pase, os vayáis de mi lado. Os necesito, por favor...

         ¿Qué es eso? Un suspiro dulce y cítrico. Ácido y oscuro. ¿Eres tú? Ven conmigo; seamos amigos. Me gusta cómo relucen tus ojos de gato y tu sonrisa tímida. ¿Qué eres?, ¿un elfo? Me gustan los elfos. Tenéis las orejas muy largas, ¿sabes? Y suaves, se sienten suaves. ¿Conoces al señor Oso? Gracias a él sé que no me invento las cosas; me dijo que sí existís y que le prometisteis al hada que seríais mis salvavidas si alguna vez mi peluche no estaba. Me siento perdida y sola. Necesito liberar la oscuridad de este lugar.




Dibujo realizado por David Ahufinger


Señor Oso, ¿dónde estás? 



Improvisación





        Había una vez una hermosa princesa, encerrada en una torre, que no paraba de derramar lágrimas. Anhelaba tener unas coloridas alas y poder volar sobre las nubes, para así vislumbrar, extasiada, el reino de su madre. Quería aprenderse de memoria las colinas y los montes; los ríos y los lagos; los pueblos y las ciudades que lo constituían.

         Una noche, la princesa llamó a su hada madrina y le rogó con vehemencia que la liberara de su prisión. Esta, divertida por la situación, le dijo que le era imposible hacerlo porque ese trabajo estaba destinado a un príncipe.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger ♥
         
           Pasaron los años y la princesa continuó en su gélida celda, derramando lágrimas y anhelando sus alas. Hasta que llegó un día en el que se le vino a la cabeza una macabra idea: saltaría por la ventana. De este modo, al menos podría experimentar lo que era ser libre durante los segundos que precedieran a su muerte. Y así lo hizo.

            Lo sorprendente fue que el torreón no era tan alto como parecía y sus alrededores tan bellos como los presenciaba. Cuando cayó a tierra se percató de que en realidad todo era un montaje cutre de cartón piedra. Había estado toda su existencia viviendo en un decorado de un teatro de tres al cuarto y disfrazada con una tela azul celeste de disfraz.





               Siento mucho tener el blog abandonado, pero los exámenes es lo que tienen. Para compensaros subo esta improvisación que escribí hace poco; consistió en dejar la mente en blanco y escribir lo primero que se me pasara por la cabeza. Es una historia sin planear ^^

                 La he ilustrado con un dibujo de David, cuya expresión parece estar acorde con lo escrito. ¡¡Sayonara, peanut!!

El Hada y el Elfo

 

Cuenta la historia, que hace mucho tiempo, existió un hada de largas alas violetas, ojos color miel, y cabello brillante de hebras azuladas; semejantes al tono del mar de la costa brava. Dicha hada, vivía obsesionada con su belleza, y con que, con el paso de los años, ésta marchitaría. Por ello, todas las noches, trataba de capturar en un tarro de cristal el brillo de la luna. De este modo, cuando los años le empezaran a pasar factura, abriría los tarros para que su piel absorbiera el resplandor que contienen, consiguiendo que su tez memorizara la belleza de la blanca luna.

Una madrugada, mientras el hada almacenaba su destello diario de luna, apareció un elfo de piel verde, cual hierba fresca; y ojos amarillos y resplandecientes. Aquel elfo se acercó respetuosamente al hada y se puso de rodillas tomando su azulada mano derecha, besando, acto seguido, sus nudillos con adoración. El hada, sorprendida ante tal reacción, miró inquisitivamente a su compañero, el cual contempló la miel de los ojos almendrados de la dama, y le confesó que llevaba tiempo vigilándola oculto entre la estepa; planteándose cuál sería la mejor manera de confesarle su amor. La aludida se sonrojó vergonzosamente, y decidió aceptar a aquel extraño ser como amante.

Al llegar el alba del día siguiente, todos los tarros con destellos de luna habían desaparecido. Y es que el elfo fue muy astuto, y se aprovechó de la vanidad del hada declarándole su amor, para poco después tener acceso libre a los tarros que ella almacenaba con tanto cuidado. De este modo, el hada perdió todo lo conseguido con años de trabajo.

La podre hada estuvo llorando, apesadumbrada, durante siete días y diez noches, hasta que, finalmente, decidió volver a empezar a recolectar los rayos lunares. Aunque claro, tal vez no consiguiera suficientes destellos para que su piel pudiera memorizarlos antes de empezar con el inexorable proceso de envejecimiento.

El elfo, divertido, acudía muchas noches, oculto en la estepa, a vigilar al hada y reírse de su vano intento de alcanzar la belleza eterna.


Fragmento de una historia que ando escribiendo. Pronto (dentro de un mes) os avisaré dónde la pienso publicar. Hasta entonces toca esperar.

Ah, y deseadme suerte, personajillos, que mañana empiezan las clases y se me terminaron las vacaciones de pascua ;_____;
  
 
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