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De reflexiones e ideas vagas



           Hoy creo que es un día para reflexionar. O, mejor dicho, una noche. Hay muchas cosas de mí que no me gustan y, si soy sincera, creo que tengo más defectos que virtudes. Me gustaría ser más diplomática, menos rencorosa, y dejar de hacer daño a las personas que me importan. Sé que te hago daño, cielo, pero no soy capaz de actuar de otro modo. Soy tan temperamental, tan impulsiva, que todo me sale al revés. Y luego me siento mal por ti, quien más me importa. Por favor, solo no lo olvides. Te quiero, mucho, y nada lo hago para perjudicarte. Las emociones vienen y me queman. Y no sé hacer nada al respecto. Solo las siento, y estallo. Ser comprensiva, eso necesito, y aprender a encararlas de otra forma. 

           Pienso que uno de los motivos por los que empecé a escribir fue por esto; por las emociones. Me ayuda a ponerlas en su sitio cuando me desbordan y, de algún modo, encuentro la paz. Cuando tecleo todas las cosas salen hacia fuera y el mundo me parece un lugar más sencillo, menos cruel, más brillante. Y encuentro luz, y me gusta. Las palabras me sanan; me hacen ser alguien mejor y me incitan a progresar. Si no fuera escritora no sería nadie.

           Prometo madurar y asimilar que las cosas no siempre pueden ser como a mí me gustaría. Prometo crecer, evolucionar, y seguir amándote con todas mis fuerzas. Dejaré atrás el rencor por ti.





Lágrimas del cielo


            Aquella noche llovía, y llovía. Y de los ojos de Eco también caía agua. Estaban más empañados que las ventanas su cuarto. En su mente también había agua y, junto al ella, una imagen demasiado dolorosa como para ser evocada. Su cabeza la veía en retales; en momentos deconstruidos. Pero sus auténticas intenciones no estaban relacionadas con aquel recuerdo, sino enfocadas en el propósito de poner la mente en blanco y sólo olvidar. El sentimiento que paladeaba se le antojaba pesado, amargo y lleno de almizque. Tenía la sensación de que desde aquel suceso algo había cambiado dentro de él.

            Eco cerró los ojos e intentó dormir pero, por desgracia, sus sábanas también empezaron a llorar. Todas ellas se llenaron de agua, sal y algo demasiado oscuro para poderlo describir con palabras. La ventana había sido abierta por una ventisca tan temperamental que no podía creer que fuera solo viento. El aire entró sin pedirle permiso e inundó el cuarto. Todo, absolutamente todo, terminó lleno de aquellas lágrimas. 

            Eco emitió un bramido repleto de rabia, que se camufló con el sonido de un trueno. Su voz se había convertido en lo mismo que auguraba su nombre. Impotente, se acercó donde estaba la ventana y trató de cerrarla con todo su empeño. Las cortinas, entonces, bailaron un vals demasiado intrincado como para ser mero fruto del azar. Hizo fuerza en su intento de cerrarla. Y más fuerza, y más fuerza… De nuevo, estalló un trueno que enmudeció al resto. 

            Otro relámpago hizo acto de presencia, o eso le pareció. No, no lo era; refulgía demasiado como para ser sólo eso. Frente a sus ojos relució el filo de un cuchillo: un arma, que sostenía con todas sus fuerzas entre sus manos. El recuerdo triste, la imagen amarga. Estalló su pecho como una bomba. Entonces, apuñaló con ira su reflejo en el cristal. 

Dibujo realizado por David ♥
         
            Destruyó todas las pruebas de la lluvia, de las lágrimas. De nuevo, chilló. Y esta vez su voz sí que fue escuchada. La noche cesó; la luz iluminó su cuarto y, en ella, se pudo ver la imagen de un pequeño adolescente con la habitación destrozada: tan lleno de paz, como de lágrimas.






Creo que se llama Odio



El odio, 
creo que es el odio.
Me quema,
me muerde la piel.
Mi rabia
y parte de la tuya.
Me hiere,
y a ti también.

En llamas,
empiezo a arder.

Improperios, insultos,
lleno de llagas tu piel.
Y a mí me salpican
esquirlas frías
 que, candentes,
marchitan mi ser.

En esta batalla,
somos soldados caídos,
perdidos, 
sin porqué.

El odio,
creo que es el odio.
Amigo de la sangre
y la hiel.



 
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