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Crónica de Estocolmo


         Ariadna se despertó en aquella habitación. Su cuerpo estaba desnudo y envuelto por los imponentes brazos de un Duncan que parecía estar más que cansado. Tenía los ojos cerrados y una mueca en su rostro que, de algún modo, suavizaba aquellos rasgos tan imponentes. La sábana alcanzaba a cubrirlos pero, aun así, estaba enredada entre las piernas de ambos, dejando al descubierto su desnudez.

         A su mente acudió la imagen de cómo se entregó a él anoche; desinhibida, con abandono. Buscaba perderse, olvidar de algún modo aquella situación que había tenido que sobrellevar aquellos días, y solo sentir. Y en aquellos instantes, cuando ya no estaba perdida y envenenada por su propia rabia, veía las cosas con claridad. Había sido estúpida; tan estúpida... Y ahora estaba desnuda, como si no llevar ropa fuera un insulto a su dejadez, y se sentía tonta. Se acababa de poner en evidencia y lo peor de aquello era que no había vuelta atrás.

         —¿Qué cojones....? —atinó a escuchar. La puerta estaba abierta y, tras ella, se presentaba la imagen de Thiago, el asesino de mamá. Tenía sus ojos marrón tierra húmeda abiertos por la sorpresa y su rostro contorsionado en una mueca entre la incredulidad y la ofensa.

         Duncan se incorporó desnudo como Ariadna; solo que él no parecía denotar ningún tipo de timidez ante su tesitura. Sus gruesos brazos estaban tensos y sus abdominales ondearon cuando terminó de erguirse. Thiago, enfrentado contra él, daba la sensación de no tener ninguna oportunidad de vencer. Incluso aunque Duncan estuviera desnudo o desarmado llevaba aquella aura tras de sí de ser capaz de eliminarlo con tan solo un parpadeo. Destilaba una fuerza y poder que contraponían el modo en el que se cubría Ariadna, en evidencia por sus circunstancias.

         Los ojos azules de Duncan, tan similares al acero, lanzaron una mirada inexpresiva a Ariadna que, supo, sería la última. Iba a morir. Muerta como mamá el día en el que todas sus ilusiones se desvanecieron; muerta como la oportunidad de escapar de aquel lugar y volver a la vida simple que tanto echaba de menos. Iba a dejar un cadáver patético y estúpido en aquel antro: el de una chica que fue tan imbécil para acostarse con su asesino. 

         La iba a matar, lo sabía, y aun así anoche se lanzó a por él en busca de un resquicio de olvido; de ausencia de pérdida y dolor. Y lo que era todavía peor, todavía más desquiciante, fue el hecho de que no le importara; de desear terminar con aquello. Irse con mamá; morirse como mamá. Perder la vida y dejar de sentirse en evidencia, cautiva bajo aquellas cuatro paredes. Al fin todo iba a terminar.

         —Te dije que no la tocaras ¿Qué cojones se te pasó por la cabeza? —quiso saber Thiago.

         Duncan no contestó; o al menos no lo hizo con palabras. Se inclinó levemente hacia un cajón de la mesita y extrajo de su interior algo afilado. Ariadna tragó saliva y sopesó durante unos instantes si aquella forma de morir le iba a resultar muy dolorosa. Lejos de estar desesperada su aura destilaba la tranquilidad de aquellos que habían perdido la esperanza. Muerta. Muerta como mamá; al fin muerta como mamá.

         La diminuta daga salió volando e impactó contra la frente de Thiago, quien no tuvo oportunidad de reaccionar. Su cuerpo se estrelló contra el suelo como lo haría un saco de patatas; burdo, inerte. Sus ojos marrones lanzaron una mirada entre la incredulidad y el horror hacia Ariadna, mientras se convulsionaba y se escurrían entre sus lagrimales gotas de sangre. La moqueta se inundó del reguero rojo que se escapaba, también, de su frente y boca. Muerto. Muerto como mamá.

         Ariadna supo que la imagen de aquellos agonizantes ojos iba a quedarse grabada con más fuerza, incluso, que el acero azul del iris de Duncan. Y sopesó que, además de aquello, la mueca de disgusto en el rostro de Thiago iba a juego con la que tuvo mamá cuando le pegó aquel disparo. Los dos habían perdido la vida a traición y aquello se sintió como algún tipo de justicia trágica.

         —¿Por qué...? —articuló Ariadna en apenas un susurro.

         Duncan se acercó hacia ella con naturalidad; como si aquella escena careciera para él de importancia. Su mirada fría la recorrió de arriba a abajo, como si tratara de cerciorarse de algo. Acto seguido le tendió la mano y Ariadna la tomó desconcertada.

         —Vístete, nos vamos.

         Durante su estancia en aquel lugar jamás se le habría pasado por la cabeza que aquello fuera posible. Las mismas manos que habían arrebatado tantas vidas estaban frente a ella dispuestas a defenderla; dispuestas a enmendar todo lo que había perdido aquellos días. Ternura, debajo de su miedo y desdicha, Ariadna sintió mucha ternura.



         No me gustó cómo me quedó la historia. Como de costumbre debí de dar más información acerca de todo. De todas formas aquí tenéis el link para quien quiera leerla entera.






Crónica de Estocolmo



Nota: historia corta/idea vaga. No prometo que sea capaz de
 terminarla con los proyectos que llevo acuestas.

Sábado, 4 de julio del 2015

         Ariadna sacudió su cuerpo, tratando de liberarse del agarre de los secuestradores. Mamá la miró asustada, con el cañón del arma apuntando a su sien. Aterrorizada, hizo el mayor de sus esfuerzos para tomar aire. Se ahogaba, se le olvidaba respirar, y aquello no la ayudaba de ninguna forma a continuar con vida. ¿Por qué? Era una pregunta que no paraba de danzar en su cabeza. ¿Por qué ella?, ¿por qué mamá?

         Vio el llanto salir de los ojos de su madre y cómo se arremolinaba el cabello al ritmo de los tirones que hacía tratando de liberarse. El rubio claro se bamboleaba con ímpetu pero sin obtener resultados.

         —Estate quieta —ordenó uno de los captores. El arma continuaba sobre la sien de mamá, que no hacía caso a ninguna advertencia.

         Escuchó el chasquido de la pistola, pero fue demasiado tarde. Ariadna emitió un chillido que rasgó su garganta hasta tal punto que creyó que se había quedado muda. Uno de los secuestradores había disparado. Intentó ponerse en la trayectoria de la bala, pero no lo logró en absoluto. El empujón que efectuó fue vano, dado que ni siquiera llegó a moverse del sitio y proteger a su madre del tiro.

         El cuerpo de mamá cayó al suelo; pesado, roto. Un reguero oscuro de sangre se formó en el asfalto. Estaba muerta. Tenía los ojos abiertos, idos, y la boca en una mueca entre la desesperación y el disgusto. Sus rasgos se habían quedado esculpidos en el horror, como si aquella expresión hubiera sido la más indicada para despedirse del mundo. Ariadna se dejó caer de rodillas y sintió que se había quedado sin fuerzas. Un profundo sollozo se construyó en su pecho, pero nunca llegó a salir. 

         —La has matado… —. A penas pudo reconocer el timbre de su voz.



Miércoles, 8 de julio del 2015

    Descansaba en una habitación sin puertas ni ventanas. Dos tipos se encargaban de, esporádicamente, traerle comida y bebida. Ambos fueron los responsables de la muerte de mamá y ninguno de ellos tenía algún tipo de remordimiento. Ariadna estuvo llorando la mayor parte del tiempo, con la vana ilusión de que alguno de ellos se apiadaría y le proporcionaría algún tipo de respaldo. Absurdo, aquello era absurdo. La idea de pensar que los responsables de la muerte de mamá se sentirían mal por ella era una tontería. No obstante, una parte de sí misma se aferraba a ella como si fuera un clavo ardiendo.

         Mamá había sido una luchadora. Siempre había estado ahí, dispuesta a hacer todo por su futuro. Deseaba que llevara una buena vida; que estudiara en la universidad, tuviera un trabajo decente y, en un futuro, fuera la feliz madre de una familia numerosa. Quería unos nietos a los que consentir con dulces y gastarse gran parte de la pensión en regalos de aniversario y navidad. Había peleado con uñas y dientes por esa vida, por ese futuro, y no había servido de absolutamente nada.

         Su cuerpo ahora mismo descansaba en algún lugar cualquiera, con aquella mueca de horror en los labios y los ojos abiertos. Aquella imagen era un recuerdo imborrable para Ariadna; iba a perseguirla hasta el fin de los días. La culpa, también estaba la culpa. El reproche por no haber sido ella quien recibió el disparo; por no haber tenido fuerzas para impedirlo. Quería morir y que aquellas imágenes desaparecieran de su cabeza.


Jueves, 9 de julio del 2015

         Estaba mirándola con aquellos ojos azules, que parecían atravesar al mismo acero. La miraba acurrucada en una esquina, temblando e indefensa ante aquel iris. No parecía ni divertido ni enfadado; no se podía deducir nada de su postura. Fue quien la sostuvo mientras disparaba su compañero, quien impidió que se interpusiera frente a la bala. Y la miraba, como tratando de averiguar cuánto era su odio hacia él. Nada, en su aspecto no relucían sus intenciones, pero Ariadna estuvo segura de que aquello era lo que estaba pensando.

         Al principio no. Al principio creyó que en realidad sentía pena por ella, por su tesitura. Pero no. ¿Cómo aquellos ojos iban a sentir pena?, ¿cómo aquella pose iba a ser compasiva? La hacía sentir incómoda, sobre todo cuando fijaba la vista en sus manos. Aquellas manos, reforzadas por sus gruesos brazos, fueron las que impidieron su sacrificio. De no ser por ellas mamá seguiría viva. Él había sido el responsable indirecto de la muerte de mamá.

         Su cabello era algo largo, de un tono marrón casi negro. Llegaba a cubrirle las orejas y le rozaba los hombros. Ariadna dedujo que se lo debía de cortar; aquel flequillo tan largo le tapaba la visión y muchas veces tenía que apartarlo de la cara con una mueca molesta. Su rostro, se fijó en su rostro con la idea de memorizarlo por si por fortuna lograba escaparse. Iría a la policía y les diría quiénes son. Y entonces los buscarían y pagarían por lo que le hicieron.

         Tenía la mandíbula cuadrada, los pómulos prominentes y la nariz recta como una flecha. Rasgos marcados, crudos. Destacaba, también, su barba de tres días y sus gruesos labios, que descansaban en una mueca de indiferencia. Aquel rostro era difícil de olvidar. Imponía respeto y daba mucho miedo. Si se hubiera cruzado con un tipo así en la calle habría cruzado la acera.

         Su espalda era ancha, imponente, y tenía una pose erguida, como si siempre estuviera en tensión. Sus brazos estaban tatuados con tinta oscura; a su distancia no podía discernir el dibujo. Con lo llamativo que era supo que a la policía no le costaría reconocerlo entre la multitud. Pensó vagamente que era probable que le hubieran parado por la calle sólo por su estética; para comprobar si era un criminal o narcotraficante.


Viernes, 10 de julio del 2015

         —No me gustan las croquetas —musitó Ariadna en voz baja. No esperaba que la escuchara, por eso lo dijo. El secuestrador se fijó en ella con aquellos ojos endemoniadamente azules. Arqueó una de sus cejas, como si estuviera retándola a continuar hablando. 

        Ariadna se encogió sobre sí misma, asustada, y le dio un pequeño mordisco a la maldita croqueta como si tratara de informarle de que iba a portarse bien. No, no pensaba desafiarlo. No con aquella arma amarrada a la hebilla de su cinturón. Se atrevería a decirle algo si fuera ella quien tuviera cerca una pistola; era más sencillo enfrentar a alguien con la garantía de seguir con vida.

         Pensó de nuevo en mamá, en lo ocurrido. «Estaba muerta». Cuando aquella frase se articulaba en su cerebro, se le humedecían los ojos hasta que parecía que se iba a quedar seca; nunca antes había llorado tanto. Ojalá la hubieran enterrado al menos. No le gustaba la idea de que la hubieran dejado en un descampado como si fuera un derecho. Mamá se merecía la luna y las estrellas, y lo único que había obtenido fue un disparo.

         No habría universidad para ella, ni familia numerosa, ni regalos de navidad. Nada. Solo aquella habitación sin ventanas y un tipo vigilándola con unos ojos azules y una mueca de indiferencia que indicaba que si lo contradecía no dudaría en tomar medidas. Quizá aquella fuera la solución; contradecirlo, morir. Y entonces sería libre y saldría de aquel infierno.



Lunes, 13 de julio del 2015

       —¿Qué hicisteis con mi madre? —se atrevió a preguntar Ariadna, tras varias horas de indecisión. Habló bajo, un tanto temerosa de enfadar al secuestrador.

         —No lo sé, no es mi responsabilidad —repuso seco. Era la primera vez que lo escuchaba hablar y de alguna forma se sintió abrumada. Su voz era decadente, con un punto ronco, y daba miedo. Iba a juego con el resto del conjunto.

      —¿Por qué estoy aquí? —quiso saber ella. Era una duda lógica a la que no le había dado la debida importancia, quizá porque toda su atención estuvo enfocada en la muerte de su madre.

         —Eres hija de Márquez, ¿cierto? Es por eso que estás aquí.

         Ariadna se encogió sobre sí misma e intentó parecer indiferente; que no le doliera que hubiera nombrado a su padre. Sabía poco de él. La única prueba que tenía de su existencia era el dinero que ingresaba a mamá todos los meses y un regalo de cumpleaños y navidad que recibía por correo todos los años. Nunca le había visto la cara, ni siquiera sabía quién era. 

         Durante un tiempo estuvo interrogando a mamá sobre su procedencia; ella solo quería saber cómo había nacido, el porqué de todo aquello. Pero mamá siempre se quedaba callada, le daba evasivas y se ponía muy triste. Entonces fue cuando aprendió a mirar a otro lado y a fingir que las cosas iban bien. De todas formas no importaba; no necesitaba a un padre para ser feliz. Y, en cambio, estaba encerrada por su culpa. La responsabilidad de aquello recaía en una persona que siempre la ignoró y la mantuvo en segundo plano. Tuvo el impulso de llorar; se sentía sola. Mamá se había ido y papá nunca había estado. 

         Recompuso su mueca, que empezaba a asemejarse a la de alguien desesperado, y la convirtió en una máscara de indiferencia. Iba a morir en cuanto descubrieran que papá no quiso saber nada de ella; tenía los días contados y no encontraba posibilidad alguna de librarse de aquello. Pensar, necesitaba pensar, y ordenar las ideas.

     —¿Mi padre vendrá a por mí? —inquirió, tanteando el terreno. No estaba segura de querer conocer la respuesta de aquello.

         —Tu padre vendrá a por ti cuando nos devuelva lo que nos ha quitado.







Fuego gris



           Estabas en el suelo moribunda y cansada. A pesar de llevar una semana encerrada en aquel zulo, el fuego de tu mirada continuaba intacto. Cuando fijaba mi vista en tus ojos, me daba miedo. ¿Cómo era aquello posible? Incluso habiéndote sometido a dolor y necesidad te mantuviste impertérrita, sin temblar; sin ningún atisbo de pánico o duda. Y me desafiabas mirándome fijamente, tratando de desentrañar lo que ocultaban mis pupilas.

           Empezaba a cuestionarme mis acciones: ¿Hacía lo correcto teniéndote cautiva?, ¿por qué todos querían tu muerte? Fuera de la evidencia de que tuvieras una entereza envidiable seguías siendo débil físicamente. Si quería matarte, si me cansaba de tenerte entre aquellas cuatro paredes, podía hacerlo. Y en cambio nunca levanté mi mano para hacerte daño. ¿Por qué? Estúpido, me sentía estúpido, y una parte de mí me gritaba que me estabas sometiendo.

           Sólo con tus ojos, sí. Sólo con tus ojos me hacías darme cuenta de que yo era un ser horrible y que tú estabas por encima moralmente de mí. Qué no te asustaba. Desapego; practicabas el desapego incluso hacia tu propia vida. Y eso, también, me hizo sentir peor. A tu lado yo era un cobarde y quería dejar de serlo: parecerme un poco a ti. Me estaba degradando, debilitando, y tú eras la responsable. Con esos ojos grises estabas asesinándome de la forma que más dolía: desde dentro.

           Fue entonces cuando empezaste a hablarme. Abriste la boca y emitiste dos palabras «¿Estás bien?» a modo de pregunta. Y quise burlarme de ti; la idea de que alguien en una situación tan precaria como la tuya dijera aquello rayaba lo absurdo. Pero no, viniendo de ti tuvo sentido. Tu Yo era superior al mío, que desde que tuvo uso de razón era una amasijo de inseguridades y terrores pasados. Comencé a contarte cosas sobre mi vida, sobre mí mismo, evidenciando que en el fondo uno de mis problemas siempre fue que nadie me escuchaba. Tú asentías, me sonreías, e incluso llegaste a preocuparte por mí. Por la persona que te había encerrado y arruinado tu libertad.

           Me rompí. Llegada la situación en la que te vi tambaleante, con pocas fuerzas por la escasez de comida y agua, terminé haciéndome añicos. Aun casi al borde de la inconsciencia te mantuviste fuerte y me sonreíste como si trataras de relajarme y darme a entender que no estabas enfadada, que yo siempre fui para ti una buena persona. ¿Y qué pasó entonces? Pasó que lo dejé todo, que a pocos días de que terminara el pacto de tu secuestro me fui contigo. Te saqué del país, te di supervivencia, y te pedí perdón por tratar de apagar el fuego de tus ojos grises que, aunque en un principio odié, se terminó convirtiendo en la luz de mis noches más oscuras.





 
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