Aquello en lo que creemos

[...]

—¿Sabéis qué, clase? Somos inmortales— canturreó orgullosa.

Viola puso los ojos en blanco; ese día se encontraba tan aburrida que no le hacían gracia los desvaríos de la profesora.

—¿Cómo que inmortales?— inquirió Ian con curiosidad.

La señorita Laeta dio dos saltitos complacida por la pregunta del joven.

—En mecánica cuántica, hablan de una hipótesis; la teoría del suicidio cuántico.

Viola pegó un codazo a su amigo, enfadada porque le diera conversación a aquella chiflada.

—¿Mecánica cuántica? Creía que estábamos en clase de filosofía— la contradijo Viola jugando con su chicle.

La señorita Laeta frunció el ceño.

—No sé si lo sabes, Viola, pero es bueno saber de todo, ¿quién te dice que en tu futuro no necesitarás esa información?— empezó Athan defendiendo a la profesora—. Además de lo que nos está hablando la señorita Laeta es de una paradoja; algo que tiene que ver con filosofía. [...]

—Sinceramente, no pienso que para ser actor necesite estudiar mecánica cuántica— contestó Ian en tono brusco defendiendo el comentario de su amiga; aunque Viola fuera una borde, a su amigo no le gustaba que se metieran con ella, pues una parte de él se echaba la culpa de ello por la confesión de su homosexualidad.

Athan clavó su penetrante mirada en el chico; taladrándolo, estudiándolo…

Ian se estremeció, evitando sus ojos. A pesar de ello, aún podía sentir como Athan le seguía mirando.

—Y… entonces— habló Viola casi sin querer—. ¿De qué trata esa teoría? [...]

—Trata de un experimento imaginario, que guarda relación con la teoría de los universos múltiples de Hugh Everett. Es… como una variación del experimento del gato de Schödinger, sólo que dicho experimento se realiza desde el punto de vista del gato— dijo la señorita Laeta.

Viola no entendió ni papa de lo que les dijo la profesora. Hizo una pompa con su chicle dándose cuenta de que aquello no le daría ninguna pista sobre algo relevante de Athan. Miró al reloj de su muñeca, desesperada porque sonara el timbre.

—¿El gato del que hablas no era el que estaba dentro de una caja? Ése del que si la abrías te la podías jugar, porque a lo mejor estaba vivo, o a lo mejor estaba muerto— dijo un alumno al cual Viola no prestó la más mínima atención.

Los ojos de Athan brillaron con interés, lo que hizo que, nuevamente la atención de Viola volviera a la clase.

—Sí, pero no es eso lo que os quiero contar— repuso la señorita Laeta en tono paciente.

—No, de lo que usted nos quiere hablar es del experimento imaginario en el que se encuentra un hombre con un arma apuntando a su cabeza— dijo Athan.

Dado que nadie de clase tenía ni idea de lo que les quería explicar la señorita Laeta, la respuesta de Athan se hizo más rara aún.

La profesora tenía una horrenda manía; hablaba de las cosas como si todos los que la rodeaban las conocieran y eso hacía sus clases aún más infumables [...]

La señorita Laeta sonrió, mirando a través de sus gafas. Viola se estremeció; odiaba cuando hacía eso.

Athan tomó aire, ordenando sus ideas para continuar explicando:

—Dicha pistola está manipulada por una máquina que mide la rotación de las partículas subatómicas. Cada vez que el hombre apriete el gatillo, el arma se disparará. Dependiendo del sentido en que rote la partícula el hombre vivirá o morirá— recitó de tirereta. [...]

—¡¡Muy bien, Athan!!— le felicitó—. Pero no es esa la parte del experimento a la que me refiero.

El joven asintió con entendimiento, antes de volver a despegar los labios.

—Usted nos quiere hablar de la división de los universos, ¿me equivoco?

La profesota soltó una risita chillona de aprobación, incitándole a que continuara.

Entre los dos había tan buen rollo que a Viola le entraron arcadas.

—Si empleáramos la teoría de los universos múltiples a dicho experimento, ocurriría algo; cada disparo dividiría el universo en el que se encontrara la persona en dos; uno en el que el sujeto estaría muerto y otro en el que seguiría con vida. Si el sujeto volviera a disparar desde el universo en el que está con vida ocurriría lo mismo, nuevamente dicho universo se dividiría en dos; uno en el que el ser seguiría con vida, y otro en el que estaría muerto. Y así, sucesivamente… [...]

***

—¿Qué piensas?— le preguntó Viola a Ian—. Te encuentro muy absorto.

El chico se encogió de hombros antes de contestar.

—Lo que dijo la señorita Laeta me dio qué pensar.

Viola suspiró exasperada.

—¿Te has pasado las dos horas siguientes pensando en aquella gilipollez?— quiso saber la chica.

El joven no dijo nada. Clavó su mirada en el vacío.

—Oh, venga…— empezó Viola—. Aquello no tenía sentido.

Los ojos verdes de Ian destellaron al clavase en los de su amiga.

—Sí que tiene sentido— la contradijo—. De ser así nuestra vida no terminaría nunca y por lo tanto no tendríamos que preocuparnos de si hubiera algo más al otro lado. Es más, incluso resultaría más sencillo encontrarle el porqué a nuestra existencia.

Viola le miró escéptica.

—¿Ah, sí? ¿Cuál sería entonces el porqué?— pronunció la chica.

—No habría ningún porqué, Viola— dijo Ian, lo que consiguió desorientar a la joven.

—¿Qué…?— logró preguntar Viola confusa.

—Nosotros buscamos nuestra razón de existir en éste mundo como excusa ante el hecho de fallecer. Queremos creer que estamos aquí y que nuestras vidas tienen importancia para creer en el destino, lo que nos lleva a la religión y, con ello, a la vida después de la muerte; queremos creer que hay un cielo y un infierno por el temor a desaparecer y ser olvidados. Si no hay muerte, no hay dudas existenciales porque no nos tenemos que preocupar por un más allá.

Viola le miró, asombrada.

—¿No te parece eso muy rebuscado?— inquirió la joven asombrada ante la reflexión de su amigo.

—Quizá…— le concedió Ian—. Estoy seguro de que lo que me ocurre es lo que a todos; tengo miedo a pasar por este mundo como si nada. Y la teoría que me ha mostrado la señorita Laeta es una manera de auto-engañarme y de pensar en que como no voy a morir nunca no tengo nada de lo que preocuparme.

Su amiga le miró sin saber qué decirle. Ella hasta hace poco tampoco se había planteado aquello, pero el otro día en su diario le surgió una duda existencial, como a su amigo.

La joven nunca había creído en el más allá, o en la vida después de la defunción; su manera de ver las cosas se lo impedía, por eso llevaba tiempo obsesionada con la muerte. A ella le estaba ocurriendo lo mismo que a Ian; miedo a ser insignificante; pánico a ahogarse en el olvido.

—Si te hace bien creerte eso, hazlo— le aconsejó Viola—. Auto-engáñate como hacemos todos.

.
.
.
últimamente estoy vaga, así que no escribo nada XDD. Fragmento de un relato inacabado mío. Los [...] significan que me he saltado partes

1 Response to "Aquello en lo que creemos"

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Porque no hay nada que supere a la fantasía

Érase una vez...

Érase una vez...

Eres el visitante número...